¿Por qué Canteli no ha de ser un buen maese?

Alfredo Canteli
Alfredo Canteli

Es el interrogatorio que nos hacemos. ¿Por qué razón o sutiles razones Don Alfredo Canteli no ha de ser un buen maese? ¿Acaso haber nacido en una familia de nobleza semiótica, a la que él mismo añadió grueso grosor, le impide descabalgar de ocasión en ocasión de la yegua linajuda e hincar los pies al lado de los del popular pueblo que, al fin de cuentas, en su escudo de armas, que por algo será, se lee «Popular»? ¿Me están sugiriendo que su augusto cometido de Gran Ventero durante dilatado tiempo y tiempo dilatado de una venta señorial en la que el sediento y hambriento caminante carecía de licencia para avituallarse de no ser de hidalga cuna le nubla el entendimiento ya como regidor de la casona principal de esta principal villa, corte, capital, general y capital general que ayunta a todas «las vecinas y vecinos», que parécenos que es más de agora esta fórmula que la de «los vecinos y las vecinas», que conserva todavía rasgos del macho mozo, fenecido tiempo ha para mayor gloria del Santísimo?

Tenemos el ánimo en dispuesta disposición a desterrar cesura alguna entre el Señor Alcalde y su pueblo popular, al que honra y protege como adalid de la Paz de Dios, movimiento que a bien tuvo engendrar el Concilio de Charroux del 989 para frenar la violenta violencia de los aristócratas contra los aldeanos. Para nos que son los enredos de los oficiales corporativos de la curtis cimavillesca de la simpar urbs castoalfonsina los que impiden que este singularísimo ome no vea lo que ha de ver y quisiera ver para el bien del común servus. Y es un caso casual lo que nos hace sospechar esto mesmo: que son los falsos hijodalgo de los oficios concejiles quienes le ocultan a Don Alfredo Canteli los asuntos que a los villanos ocupan.

El caso es que el casual caso no es otro que el empedrado de diecisiete caminos intra y extra muros, lo que buena cosa es para que las gentes sencillas que laboran, et oran como San Benito de Nursia dictó, que el Altísimo en su gloriosa gloria lo tiene, no se embarren, que la higiene ahuyenta las pestilencias y protege el cuerpo y el alma.

Pero hete aquí que los cofrades, más que endogámicos, incestuosos son, a imagen y semejanza de la Universitas, no incluyeron en la listísima lista una alejada caleya al oeste, bautizada con el discurrir de los anni con el nomine José María Martínez Cachero, que además de los barrosos males de las puestas por escrito en el pergamino con mimo miniado presentado a este Príncipe de la Plebem para su rúbrica, está a un codo de fundirse.

Seguro segurísimo que de poner Don Alfredo Canteli sus infanzonas calzas en esta de los confines del Oveto sanvicentino y, luego, en la orgullosa futura, y de porte-corte inglés, Gil de Jaz, una de las diecisiete agraciadas, como si dijéramos para «aparearlas», y dándose cuenta del entuerto urdido por los trebejos de su funcional funcionariado, que aquella es un Rocinante y esta otra un Babieca, los mandaría a galeras y las escribanas crónicas dirían que los vasalláticos vasallos del lejano oeste, agradecidos por el inesperado y hasta milagroso empedrado in extremis, quisieron renombrar el camino que era de ganadera pecunia y aldeano carromato con el muy ilustrísimo y benemérito suyo, pero que Don Alfredo Canteli declinó pues en humildad virtuoso fue.

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