Las profecías de la bolsa


L legan buenos augurios de la bolsa. El oráculo, a través del subidón de la última semana, anuncia que comienza a disiparse la incertidumbre. La euforia bursátil sería el preludio, si se cumplen las expectativas de los inversores, de la recuperación económica. Lo que me lleva a reflexionar, para que no se desboque el optimismo, sobre la capacidad profética de los mercados. Porque la bolsa no es una bola de cristal infalible, pero tampoco el juego de la gallina ciega.

El mercado de valores engulle y procesa toneladas de información antes de emitir su veredicto alcista o bajista. Como la pitonisa avispada que, antes de vaticinar el futuro, procura enterarse previamente de los antecedentes del cliente: su estado de salud, su estado civil y el estado de su cartera. Lo cual incrementa sustancialmente las probabilidades de acierto.

Tampoco la bolsa lo fía todo al azar como la lotería. Se parece más a las quinielas: la suerte influye, pero también un mínimo conocimiento de los equipos en liza. Si apostamos sistemáticamente por la derrota de los grandes y la victoria de los pequeños, las probabilidades de acertar disminuyen. Las profecías de la bolsa son falibles, pero a veces basadas en datos reales. Como los que catapultaron el Ibex la semana pasada. El anuncio de la farmacéutica Pfizer -y ayer de Moderna- sobre la eficacia y proximidad de la primera vacuna contra el covid. La victoria de Joe Biden en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Los vientos favorables que soplan de Asia, donde las economías china y japonesa comienzan a remontar el vuelo.

Esas inyecciones de confianza han tenido singular impacto en los países y sectores más vulnerables. El Ibex español, el más castigado por la pandemia, es el selectivo que más se revaloriza en el mundo. El destrozado sector turístico -aerolínea IAG, Hoteles Meliá...-, el que más repunta. Los seis primeros bancos, que acumularon pérdidas superiores a 7.700 millones de euros en los primeros nueve meses del año, levantan cabeza. Y el BBVA culmina su negocio del siglo: vende su filial estadounidense por 9.700 millones de euros, un 45 % de lo que valía la entidad financiera en la bolsa el pasado viernes. De un plumazo, el banco hace caja, elimina suspicacias sobre la solvencia del sector y se convierte en el gallo del corral y primer candidato a engullir el grupo Sabadell.

Ya solo falta que la racha alcista se consolide y que las expectativas se cumplan, a no tardar, en la economía real. Sabemos que el oráculo puede equivocarse y, de hecho, cosecha una larga ristra de sonoros fracasos. Bien sea porque no supo leer correctamente las rayas de la mano, bien porque acontecimientos imprevistos dieron al traste con sus pronósticos. Al igual que en el crac del 29: quienes confiaron en sus augurios de alzas incesantes -el enriquecimiento al alcance de los jugadores- acabaron hundidos en la miseria o arrojándose al vacío desde la azotea de los rascacielos. Pero muchas otras veces anticipó el desastre o la recuperación que se avecinaba. Confiemos en que esta sea una de ellas.

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