Todos hemos comprado lotería de Navidad alguna vez, y prácticamente todos hemos perdido dinero al hacerlo. Sin embargo, el 22 de diciembre todos los noticiarios y periódicos nos inundan con imágenes de gente posiblemente ebria celebrando que le ha tocado la lotería. A veces, la sensación que se transmite es que aunque ese día tuvieras mala suerte, tienes muchas posibilidades de que en el futuro seas tú quien salga en televisión descorchando una botella de cava. 

La realidad, se venda como se venda, es que los premios no están «bien repartidos», como suelen decir. La realidad es que a casi nadie le toca la lotería, y eso está en la misma naturaleza del juego. Si le tocara a todo el mundo no tendría ningún sentido.

Este sesgo es muy común. Ponemos el foco en el ganador obviando que es una excepción. Es lo que ocurre con todas las loterías. Pero a veces, ese sesgo forma parte de ideologías dañinas que tratan de presentarse como el faro de la razón. 

Las historias edificantes sobre triunfadores como Elon Musk, Amancio Ortega, Jeff Bezos u otros más abajo de esas cumbres, caen siempre en esto. Se nos cuenta que se han esforzado mucho en la vida para llegar hasta donde han llegado, y que su éxito es fruto únicamente de su tesón y brillantez, del sacrificio y la voluntad. Esta visión sesgada que prescinde de cualquier otro factor como la suerte, el apoyo estatal, que tu padre tenga más dinero que el cartel de Sinaloa o que tengas a tus trabajadores bajo condiciones inaceptables, forma parte de un discurso ideológico. 

El gran timo de la meritocracia se sustenta en la media verdad de que para triunfar hay que esforzarse y en la mentira de que únicamente con tu esfuerzo acabarás obteniendo el éxito. Así, a los que quedan en el camino, a quienes no hemos alcanzado el éxito en ningún sentido, se nos culpa de no habernos esforzado lo suficiente. Si sale cara, yo gano. Si sale cruz, tú pierdes. 

Las historias de éxito empresarial o no que con tanta pasión nos venden los medios y ante todo, los propios personajes protagonistas de esas historias, no son muy diferentes de los libros de autoayuda tipo Los diez pasos para hacerse rico. De hecho, vienen del mismo legado que, como reflejó en su día Barbara Ehrenreich en su imprescindible libro Sonríe o muere, se remonta a la charlatanería evangélica cuyos promotores en su momento pasaron sin sonrojo alguno a ser gurús económicos que enseñan a la gente a hacerse rica y a pensar positivamente, sea lo que sea eso. 

Hay muchos motivos por los que esta ideología, que es lo que es al fin y al cabo, es perversa. Solo quienes verdaderamente se esfuerzan llegan a alcanzar la cumbre, y quienes no lo hacen lo suficiente, se quedan atrás. Es decir, se lo han buscado. Es imposible que todos seamos millonarios, pues si todos lo fuéramos tendríamos un problema económico muy grave, y esto lleva inevitablemente a la conclusión de que solo unos pocos elegidos están genéticamente capacitados para el éxito. Luego quienes no lo alcanzamos, somos inferiores. 

El éxito no está al alcance de todos y depende en gran medida de tu herencia y tu suerte, pues no tiene los mismos contactos alguien criado en Vallecas que alguien criado en La Moraleja. Aunque ambos se esfuercen, el segundo tiene más posibilidades, y aunque el segundo no se esfuerce lo más mínimo, las seguirá teniendo. 

La meritocracia no existe en ningún lugar. El esfuerzo solo sirve a la mayoría para salir adelante con mayor o menor fortuna, y desde luego, el éxito no depende únicamente de ti. Decir que quien no tiene éxito en la vida es por ser un vago, es obsceno, y tiene un propósito. Ese propósito se adapta al sesgo como un guante, y la única manera de contrarrestar este discurso ciego y egoísta es tener un estado del bienestar fuerte que al menos lime las desigualdades creadas por personas como Jeff Bezos o Elon Musk. De otro modo, solo nos queda seguir haciendo ricos a esos dos con nuestro inútil esfuerzo. Seguir engordando su meritocracia, seguir dejando a esta gente vender sus mentiras a costa del esfuerzo siempre negado de quienes estamos más abajo. El éxito de estos personajes es más parecido al de quienes celebran un premio de la lotería de Navidad que al esfuerzo. No se engañen. 

Conoce nuestra newsletter

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Comentarios

El gran timo del esfuerzo y el mérito