Pablo Iglesias, vicepresidente vehicular


Algunos en la parte contratante de la primera parte del Gobierno han abierto los ojos y empiezan a ver en Pablo Iglesias a un caballo de Troya cuya misión es acabar con el PSOE. Pero el animal racional o irracional que es Iglesias sigue pastando a sus anchas, ayer contra la monarquía, hoy yéndose de guateque con Bildu o revolucionando el Sáhara. La cosa está tan rara que Iglesias, que luce prendas de combinación anarquista, a pesar de su vida, digamos, de señorito acomodado, se sienta en su escaño y pone esos ojitos de «te parta un rayo» sin que ya sea posible diferenciar si ese rayo va dirigido a un socialista o a uno de Vox. Laminado el castellano como lengua vehicular del Estado por la coalición, pareciera que Rasputín Iglesias quisiera convertirse en el primer vicepresidente vehicular del país: primero, yo. Mientras, Pedro Sánchez anda por la vida como si ignorara una parte esencial de la Historia. O sea, de qué manera acabaron tanto Rasputín, como los Románov.

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