A nuestro alrededor suceden cosas que no siempre vemos, aunque ocurran delante de nuestros ojos. La cosa es que el día que pasamos a percibirlas, ya nunca más nos pasan inadvertidas. Las violencias machistas, en sus distintas manifestaciones, han estado presentes en conversaciones, en actitudes, en gestos sin que pasara nada. No hablo, claro, aunque podría, de las agresiones físicas, sino de aquella violencia que es verbal, que es simbólica, que hace daño y mella y cuya mayor perversión es que se diera por natural, por inocua, por chiste o por cuestión puntual.

Recrea la campaña del Ministerio de Igualdad una escena que nos caló cuando la conocimos: «cuídala (refiriéndose a una tableta digital que los padres dan a su hija para que estudie) vale más que tu madre». Esta broma no lo es cuando en el año han sido asesinadas a manos de sus parejas o exparejas cuarenta mujeres. Esta broma no lo es cuando desde el 1 de enero del año 2003 contamos 1074 mujeres asesinadas. Y esto sólo si nos referimos a lo que a día de hoy recoge la ley 1/2004: los asesinatos en el ámbito de pareja o expareja. Es decir, ahí no estarían ni Laura Luelmo ni Diana Quer, por poner dos ejemplos.

Sin embargo, como sociedad sabemos que ellas fueron víctimas de la violencia machista. Y como sociedad sabemos que los asesinatos son la punta del iceberg de las manifestaciones de violencia contra las mujeres. Sabemos que es necesario ir a la raíz del problema, a la causa, y que esta es el machismo, es un sistema patriarcal, que oprimer a las mujeres por el hecho de serlo, que las acalla, invisibiliza, agrede, viola, ignora.

Parecen palabras viejas, pero son monstruos actuales, es la realidad cotidiana de muchas mujeres. Tantas que la macroencuesta del Ministerio de Igualdad reveleba, hace tan sólo un par de meses, que una de cada dos mujeres en España reconocen haber sufrido, alguna vez, violencia machista. Una de cada dos es que si estás leyendo esto y eres mujer puedes ser tú, o una amiga tuya. Tú, o tu madre, o tu hermana. Pensar en esto es para que se le haga un nudo en la garganta a cualquiera. Pero hay algo bueno: toda esa violencia ha estado ahí antes, la diferencia -y este es un salto importantísimo- es que ahora hablamos de ello. Y hablar siempre es el primer paso para desenredar los nudos, resolver los conflictos, acabar con el daño.

Primavera de 2015. Estoy en un colegio de Avilés, con alumnado de secundaria. He ido a proyectar, invitada por una profesora comprometida con la enseñanza y con educar en igualdad, la versión corta de una película documental que dirigí y que hablaba de la capacidad del lenguaje para transformar realidades. Hablaba de machismo, y de la respuesta emancipadora que ofrece ante eso el feminismo. Esta tesis no tuvo una acogida unánime: una alumna, muy aplaudida por los chicos, preguntó como quien en realidad da una solución, si hablar sobre un conflicto no lo volvía más grande. Esa pregunta me dejó entonces tan sobrecogida como hoy. ¿Admitimos que existe un conflicto y pensamos que aún así es mejor no hablar de ello? Si es conflicto, es porque daña de alguna manera. ¿Pensamos que algo se soluciona solo, por sí mismo, y desde el silencio? ¿O es en realidad la renuncia a admitir el daño, asumir que ese conflicto formará parte de nuestra realidad, que las cosas son así y la mejor estrategia es hacer que no nos duela?

A nuestro alrededor suceden cosas y aquellas que reproducen disitintas manifestaciones de violencias machistas cada día se aprecian con más claridad por una parte mayoritaria de la sociedad.

El 25 de noviembre luchamos contra las violencias machistas como toca hacerlo cada día. La fecha adquiere peso porque el 25 de noviembre debemos además reafirmarnos en el consenso social, institucional, gubernamental de reconocer su existencia, en todas sus expresiones, y no dejar que ni una sola mujer tenga que enfrentarse a esto como un problema personal. No te pasa por ser tú, te pasa por ser mujer. Y frente al machismo, frente a todas las violencias machistas, sólo cabe responder con feminismo, con justicia social y con democracia.

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Las violencias machistas que no ves son violencia porque dañan