Si las únicas siglas que interesan a Pedro Sánchez son las siglas PGE (Presupuestos Generales del Estado), ya tiene colmado su interés. Con el apoyo de los nacionalistas del PNV y de los independentistas de Esquerra Republicana le sobran votos. Y como puede añadir los de Bildu, que fueron los primeros en garantizárselos, mayoría apabullante. Nunca con menos fuerza parlamentaria propia logró un Gobierno tanto respaldo. Hasta se puede permitir el lujo de chulear a Ciudadanos, tan dispuesto a echar una mano, y de vetar las enmiendas del PP, a pesar de que le había pedido su hombro. A ese Gobierno hay que felicitarlo por su éxito: ya puede terminar tranquilo la legislatura. Y, si la cosa va bien, quizá haya empezado a consolidar una mayoría de larguísima duración.

Al país no me atrevo a felicitarlo. Y no por estas alianzas, que son legítimas, aunque sean radicales. No puedo felicitar a España por tres razones. La primera, porque los miembros de esa mayoría son excluyentes, como demuestran los vetos a otros partidos e ideologías. Pretenden dividir a España entre demócratas, condición que se reservan para sí mismos, y fachas, que son los demás. La segunda, porque sus palabras, gestos y hechos no hacen otra cosa que amenazar a instituciones y agravar la polarización que tanto perjudica la convivencia y la concordia. Y la tercera, por el carácter de feria o de subasta que tuvo la negociación.

Ya se sabe que negociar es exigir por una parte y ceder por la otra. También se sabe que sin cesiones no hay pactos. Pero lo menos que se puede exigir es que exigencias y cesiones tengan algo que ver con las materias de que trata una ley. Y aquí se ha negociado todo, y no precisamente con la ministra de Hacienda, autora del Presupuesto. Pablo Iglesias negoció con Bildu, y sabe Dios qué ensoñaciones han barajado para que la aspiración de futuro confesada de Arnaldo Otegi sea democratizar este país, sabiendo lo que Otegi entiende por democratizar. Alguien cedió ante Esquerra para darle el caramelo del idioma vehicular, que no es la peor concesión, pero es la más estruendosa cuando el idioma para un catalán es la base de la independencia. Y alguien negoció con el PNV y le hizo la más insólita de las concesiones: el cuartel militar de Loyola en San Sebastián. Veremos el festival que monta el independentismo cuando entre allí la piqueta y se venda como la expulsión de Euskadi del Ejército español.

La imagen que queda de todo esto es una política de mercadeo prácticamente sin límites y de una debilidad extrema del Estado, sometido a infinidad de interminables erosiones. Todo, en nombre de la estabilidad. Pero es una estabilidad de Gobierno, no del Estado. Y la destrucción de ese Estado, camuflada bajo el nombre de «régimen del 78», es lo que la mayoría de las siglas ahora coaligadas pretenden como objetivo final.

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Gobierno fuerte, Estado frágil