El error Bildu


Al señor presidente del Gobierno no hay quien le haga pronunciar el nombre de Bildu ni cuando habla de Bildu. Ni siquiera acude a aquello de Mariano Rajoy: «el partido por el que usted me pregunta…» Nada. Tiene miedo a mancharse la boca con el nombre del detestado partido político.

Tiene que venir un psicólogo a explicarlo, porque eso no tiene explicación política. Quizá forma parte de su libro de estilo, en el que figuran otras prohibiciones: por ejemplo, no hablar de muertos del covid, ni aparecer a dar malas noticias de la pandemia. Pedro Sánchez quiere ser el hombre de lo positivo. «Positifo, siempre positifo», que decía el entrenador aquel. Y se nota que Bildu no es «positifo». Se pueden aceptar sus votos, incluso permitir que Pablo Iglesias haga acuerdos con esa fuerza política, pero no hablar de ella en público. Es como una amante que no se puede reconocer.

Al margen del pintoresco silencio, la incorporación de Bildu «a la dirección del Estado», como dijo en mala hora el señor Iglesias, hizo gastar toneladas de tinta y consumir todos los tópicos que permite el diccionario. Se dijo que, como es un partido legal, es lícito pactar con él; que hacerlo supone una humillación del Estado porque sus diputados jamás condenaron un atentado terrorista; que Pedro Sánchez se presta a blanquearlo por puro interés personal, y Felipe González lo incluyó, también sin citarlo expresamente, en el grupo de los que se proponen destruir a España. Más allá de las palabras, lo cierto es que esta formación adquirió un protagonismo y una presencia mediática que no había tenido nunca. Y su líder Arnaldo Otegi, que es una discutible persona, pero un hábil político, aprovecha el momento como si le fuese la vida en ello: parece que, efectivamente, Bildu ha pasado a ser el agente decisivo del devenir político de este país.

Y esa es la equivocación cometida. El error no ha sido aceptarlo como aliado, si se queda en la aprobación de los Presupuestos. El error es que se le cedió un espacio de propaganda desproporcionado a su importancia numérica en el Parlamento español. El error es darles una importancia que unos radicales intransigentes no merecen en una democracia madura. El error es dejarles un altavoz para que difundan sus teorías, y sus provocaciones. Y el gran error es darles un trato de normalidad, por no decir de privilegio, ante el Partido Nacionalista Vasco, que tiene vocación soberanista, pero no plantea la independencia, hace aportaciones a la gobernación del Estado y trabaja siempre desde la moderación.

Si de ese tratamiento y de esos regalos irresponsables se desprende que el PNV se radicalice también o que Bildu pase a ser la primera fuerza en el País Vasco, el señor Sánchez o el señor Iglesias habrán hecho un pan como unas hostias. Y habrán demostrado mucho más que ingenuidad: habrán demostrado su insensatez.

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