Vale, hablemos de Maradona


Al ver las calles de Buenos Aires tomadas por docenas de miles de personas, creí que se había muerto el famoso escritor sin obra Jorge Luis Borges, y que sus lectores mostraban frustración y disgusto comprensibles porque se marchase al Parnaso sin haber recibido en vida el Premio Nobel. Pero fui a la Wikipedia y vi que no, que Borges llevaba casi 35 años muerto. Ya fijándome bien, descubrí que lloraban la muerte de un líder espiritual que jugaba al fútbol de manera sobrehumana, solo posible tratándose de un dios, o mejor aún, de Dios. Diego Armando Maradona, conocido por el Pelusa -como Theotokópoulos por el Greco o Cervantes por el Manco de Lepanto-, había nacido en un entorno humilde y no había tenido acceso a la educación. Luego, ya con dinero, lo tuvo, pero lo rehusó prudentemente. Prefirió acceder al mundo del polvo blanco y del alcohol. Es verdad que su carrera se vio frenada nada más llegar a España, muy joven, y aquí le rompimos la tibia y el peroné de la pierna de meter goles -bueno, yo no y usted tampoco, fue una tremenda coz de un vasco llamado Goikoetxea-.

 Pero se recuperó en Italia, rodeado de pícaros y camellos. La semilla de la divinidad fue sembrada en el mundial de fútbol de 1986, donde metió dos goles divinos. Uno con la mano y otro con el pie. Desde entonces, mientras sus fieles se tatuaban los brazos o la espalda con su cara, él iba del caño a Cuba y de Cuba al caño. Y algunos dicen que a veces le soltaba un sopapo a su mujer. En fin, un ídolo, y no como el tal Borges.

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