Asesinato del «padre» del programa nuclear iraní


Según The New York Times, Trump preguntó a su asesores, a la vista del crecimiento del programa nuclear iraní, si era oportuno bombardear la central de Natanz. Disuadido sobre un ataque de ese tipo, la alternativa sería un golpe quirúrgico contra las milicias iraníes en Irak o quizá un asesinato selectivo como el cometido en enero contra el General Qasem Suleimani. Pues bien, esta idea se ha llevado a la práctica.

Mohsen Fakhrizadeh, científico de 62 años, considerado el padre del programa nuclear iraní, fue atacado -inicialmente se dijo que por cuatro personas que tirotearon su vehículo y ahora se afirma que con medios tecnológicos, tal vez un dron- cuando se encontraba en la localidad de Absard, a unos 90 kilómetros de Teherán. Falleció en el hospital poco después. El Gobierno persa ha acusado directamente a Israel, dado que en una rueda de prensa en el 2018 Netanyahu lo señaló como uno de los personajes «a tener en cuenta». Una clara advertencia para navegantes.

Este asesinato es un duro golpe para el orgullo iraní, al poner en evidencia su debilidad, incompetencia o, lo que es peor, a ojos de sus ciudadanos, su permeabilidad a la infiltración de «agentes extranjeros». Al descontento social, sofocado a hierro y sangre, agravado por la pandemia que ha arrasado el país, se une la humillación que supone esta brecha en la seguridad nacional y ante la cual los más radicales exigen una respuesta contundente. Pero Irán se encuentra en una difícil tesitura, porque responder de manera similar pondría en peligro el previsible cambio de rumbo de la nueva presidencia de Biden en EE.UU. que le permitiera recuperar el diálogo y con él un alivio a las sanciones internacionales. Parece que el presidente iraní, Ali Jamenei ha optado por la segunda vía. Prudencia en el polvorín de Oriente Próximo.

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