Semana laboral de cuatro días

E. Parra. POOL

Íñigo Errejón aboga por trabajar cuatro días a la semana, librar tres y cobrar lo mismo. Es decir, propone reducir un 20 % el tiempo de trabajo semanal: de 40 a 32 horas. El ministro Escrivá se opone a la iniciativa con un argumento parcialmente discutible: España no tiene «margen», «con sus niveles de productividad y competitividad», para implantar esa medida. Maticemos. La reducción de jornada no disminuye la productividad por hora de trabajo, sino que la aumenta. Aunque solo consideremos el cansancio acumulado, un trabajador produce más riqueza en la primera hora que en la decimotercera. La cuestión estriba, por tanto, en determinar el incremento de productividad que produce el recorte de jornada. Si alcanza el 20 %, miel sobre hojuelas: trabajas cuatro días y produces lo mismo que cuando trabajabas cinco. Si el incremento es inferior, el empresario tiene que contratar más empleados, sus costes laborales crecen y su capacidad competitiva mengua.

¿Y qué nos dice la historia al respecto? A finales del siglo XIX, la jornada laboral habitual duraba doce horas y seis días: más de setenta horas a la semana. El movimiento obrero, después de mucho sudor y lágrimas y no poca sangre, logró rebajarla a ocho horas: 40 horas a la semana en gran parte de los países occidentales. La reducción no hizo mella en la expansión de la riqueza y de la productividad, que se multiplicaron siete u ocho veces en poco más de un siglo.

En junio de 1930, en una conferencia pronunciada en Madrid que tituló Las posibilidades económicas de nuestros nietos, Keynes nos prometió una jornada laboral de tres horas al día. Quince horas a la semana: menos de la mitad de las que propone Errejón. No era una promesa lanzada al tuntún, sino fundamentada en pronósticos que se demostraron certeros: la riqueza se multiplicaría por 7,5 en cien años -meta alcanzada antes del plazo indicado- y eso permitiría a sus nietos, redimidos de la esclavitud de conquistar el pan, disponer de tiempo libre para cultivar los huertos del espíritu.

¿Por qué, después de acertar la premisa mayor, el ilustre economista erró en la conclusión? Por dos motivos. La riqueza creada no se destinó a comprar tiempo libre o rebajar las horas de trabajo, como preveía Keynes, sino a alimentar al insaciable monstruo consumista. Y, aún más importante, la riqueza fue repartida de manera cada vez más desigual. La productividad multiplicó los panes y los peces, pero la mayor parte de estos se los apropiaron unos cuantos comensales y los otros se escurrieron por el desagüe del consumismo.

La reducción de la jornada laboral ya no seduce desde el escaparate electoral. Ni siquiera ocupa ya el centro de las reivindicaciones sindicales. Hace veinte años que Francia la fijó en 35 horas, pero la efeméride pasó inadvertida en aquel país. La enmienda de Errejón, que proponía una partida de 50 millones de euros para subvencionar a las empresas que implantasen los cuatro días, fue despachada por el Congreso sin pena ni gloria. Pero al menos ha reactivado un debate que, antes o después, volverá por sus fueros.

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