Al final Adriana Lastra se salió con la suya. Felipe González se calló. Había dicho que a él no le mandaba callar nadie. Pero unos militares seniles rugieron sables con una carta al Rey y a eso Felipe González calla. A muchos kilómetros de donde González habla y calla, el agua empezó a cotizar en Wall Street. El ruido de los que se creen que España es suya no nos deja ver el momento real del país, razonablemente encaminado. Y el momento real no nos deja ver las corrientes de fondo mucho más reales. Porque esa agua que entra en el mercado de futuros es corriente de fondo y un recordatorio contundente de lo que está pasando, que empezó, por ponerle alguna fecha, en 1991. A ello iremos, pero antes no me interpreten mal con González. Él dijo la verdad. Si se calla no es porque se lo haya mandado nadie. Lo malo de hablar con tanta tribuna es que cuando callas se oye tu silencio y se te nota cuándo otorgas. Esas momias militares ya eran herrumbre de jóvenes y la verdad es que no importa si ahora entretienen su vejez blandiendo sables en la habitación o jugando a la petanca. La carta al Rey añorando fascismo sí importa. Importa porque parecen creer que no desentona con los tiempos y porque era solo la apertura de la partida.

El silencio de González y demás veteranos es irrelevante. Felipe González tiene poder, pero no predicamento. El poder no lo da el mérito sino la posición de ventaja. Como diría Unamuno, González puede vencer algunas batallas, cada vez menores, pero no convencer. Lo que sí es relevante es el silencio del Rey. Cualquier republicano entiende que puede haber democracia o dictadura con república o con monarquía. Ser republicano no incapacita para exigir el papel de un rey en una democracia. En una democracia la jefatura del estado solo puede ser hereditaria si es simbólica, es decir de mentira, un juego que mantenga una tradición. El Rey puede tener al menos dos utilidades. Una es la de normalizar lo que debe ser normal en una sociedad, por ese punto de máximo común divisor de la ciudadanía que simboliza su figura. Y otra es ser el gesto del país en el que la gente se reconozca. Al hablar de normalizar, pienso en cosas como homosexuales o inmigrantes, entrevistas banales que normalicen ante la sociedad que cada uno ame a quien le parezca y que haya nuevos tonos de piel en el aspecto de los españoles. En lo que no pienso es en que lo que su simbólica figura normalice sean delirios fascistas.

Después del golpe del 23-F, Fraga dijo que lo condenaba pero que lo comprendía. El ocurrente Alfonso Guerra decía que Fraga parecía el psiquiatra de los golpistas con tanta comprensión y que algunos psiquiatras cogían la enfermedad de sus pacientes. Ahora tenemos nuevos psiquiatras. Ayuso comprende esas cartas porque son la preocupación de muchos españoles. El PP y demás derechas vociferan que el Gobierno nombrado por el Parlamento electo es ilegítimo. Un coro variopinto viene pidiendo gobiernos no elegidos de salvación nacional. Los veteranos socialistas callan y otorgan. Poco bueno tengo que decir de Fraga, pero mucha gente pensó en su día que podía contagiar de democracia al franquismo residual. Los psiquiatras actuales van en sentido contrario, en el de retroceder la democracia hacia fangos fascistas. El que tiene más capacidad de normalizar esos fangos es el Rey, por su simbolismo. Y su silencio lo está convirtiendo en el jefe de psiquiatría. Baltasar Garzón le recordó estos días que la tardanza de su padre en hablar el 23-F llenó de recelos la percepción de su verdadero papel en el golpe. Es pronto para sentenciar que el Rey calla y otorga, pero sigue callado y el tiempo es oro. La monarquía no está débil por la cizaña de nadie. La destrozan los robos y grosería de Juan Carlos I, la opinión de la gente, tan contundente que el CIS no quiere saberla, y la incapacidad de Felipe VI para ser el gesto del país: empezó su reinado con el fanático Rouco Varela de oficiante, en la crisis catalana fue un pirómano más y en la crisis sanitaria solo propuso aceite y azúcar.

El día de la Constitución las derechas y sus voceros mediáticos siguieron con su juego de acción y reacción, presionando contra la democracia, llamando dictadura a la resistencia de la democracia a esa presión y delirando que su pulsión autoritaria es una lucha por la democracia, «por la que vale la pena morir» llegó a decir Casado en el culmen de la idiotez. Y Vox se animó a leer en público artículos de la Constitución. En su caso es fácil. Les basta reiterar donde dice que España es una nación indivisible, que es lo único con lo que están de acuerdo. La demencia con que repiten que España es una dictadura y el desquiciamiento de Felipe González tienen una explicación chusca. Hay presupuestos, hay legislatura, el independentismo está agotado, llegarán ciento treinta mil millones, habrá vacuna, Europa tiene empuje y nadie cree que Nadia Calviño sea bolchevique. Esa es la explicación de la estridencia de la derecha y de los socialistas asimilados a los Borg. Como decía Antón Losada, no quieren esta estabilidad, quieren la otra, la suya, con democracia o sin ella.

Pero decía que mientras tanto el agua pasa a jugar en bolsa. Tanta trifulca nos oculta lo esencial. En 1991 Gorbachov declaró el fin de la Unión Soviética y pasó algo notable. Ya no había que temer en ninguna parte una revolución. Hasta entonces cualquier revolución que le conviniera a la URSS era viable y había que procurar un aire respirable que la evitara. A partir de entonces ya no. Reagan quitó impuestos a los ricos a dentelladas. Los servicios públicos americanos se debilitaron. Goldman Sachs metió la alimentación en bolsa. El dinero liberado de impuestos se fue a la especulación alimentaria sin intención buena ni mala, solo de ganar más. Ganaron más, los servicios públicos siguieron cayendo y, sin que esa fuera la intención, mucha gente murió de hambre. Cuando un rico compra un cuadro por millones de euros, su siguiente trabajo es conseguir que los valga en el mercado. Quien invierte en alimentos o en agua o en un cuadro luego quiere que eso valga más, así se quede alguien sin comer. Antes de 1991 los ricos ya eran ricos, pero después ya lo querían todo. El ciclo de los alimentos y el que es de temer que empiece con el agua nos muestra para qué sirve que los ricos sean más ricos: solo para eso, para que ellos sean más ricos, los servicios públicos caen, la vida de la mayoría empeora y no se dinamiza más economía que su fortuna. Sin comunismo, arrecia cada vez más el anticomunismo. El truco es ensanchar la idea de comunismo hasta abarcar cualquier elemento de justicia social. La desigualdad se predicará entonces como lucha contra el comunismo y por la libertad.

El reparto justo de la riqueza se hace a través de los servicios públicos. Lo que permite que un sueldo dé para unas cañas, comprar algún libro o irse de vacaciones, es decir, que no sea de subsistencia, es que la sociedad nos cubra nuestra vejez, nos asegure médico o nos abra escuelas. Los servicios públicos se pagan con impuestos y gracias a ellos tenemos algo más que subsistencia, tenemos el efecto de un cierto reparto de riqueza que llamamos bienestar y una cierta igualdad de oportunidades. La forma de acapararlo todo sin repartir nada es quitar impuestos a los ricos, evadirlos (robarnos) por decenas de miles de millones de euros cada año, debilitar los servicios y entregarlos al lucro privado. Así caerá sobre nuestro salario todo lo que ahora se financia entre todos según la renta. Y así cada vez tenemos más determinadas nuestras oportunidades por la familia en la que nacemos. De esto va la batalla de los impuestos en Madrid, donde los ricos de toda España, no los madrileños, evaporan sus impuestos. De esto van las privatizaciones de servicios públicos y los paraísos fiscales. En la educación, la sanidad, las pensiones, la vivienda o la dependencia está el meollo. Hay que responder a los fascistas y exigir al Rey, pero no distraerse. La batalla de la que depende todo empezó en 1991 y la van ganando los que ya ganaban entonces.

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Agua y neoliberalismo, rey y silencios, ruido y legislatura