Agua y neoliberalismo, rey y silencios, ruido y legislatura

OPINIÓN

Mensaje de Felipe VI el día 3 de octubre. El rey acusa a las autoridades catalanas de quebrantar los principios democráticos y la convivendia, y de poner en riesgo la estabilidad de España. «Deslealtad inadmisible», dice.
Mensaje de Felipe VI el día 3 de octubre. El rey acusa a las autoridades catalanas de quebrantar los principios democráticos y la convivendia, y de poner en riesgo la estabilidad de España. «Deslealtad inadmisible», dice.

12 dic 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Al final Adriana Lastra se salió con la suya. Felipe González se calló. Había dicho que a él no le mandaba callar nadie. Pero unos militares seniles rugieron sables con una carta al Rey y a eso Felipe González calla. A muchos kilómetros de donde González habla y calla, el agua empezó a cotizar en Wall Street. El ruido de los que se creen que España es suya no nos deja ver el momento real del país, razonablemente encaminado. Y el momento real no nos deja ver las corrientes de fondo mucho más reales. Porque esa agua que entra en el mercado de futuros es corriente de fondo y un recordatorio contundente de lo que está pasando, que empezó, por ponerle alguna fecha, en 1991. A ello iremos, pero antes no me interpreten mal con González. Él dijo la verdad. Si se calla no es porque se lo haya mandado nadie. Lo malo de hablar con tanta tribuna es que cuando callas se oye tu silencio y se te nota cuándo otorgas. Esas momias militares ya eran herrumbre de jóvenes y la verdad es que no importa si ahora entretienen su vejez blandiendo sables en la habitación o jugando a la petanca. La carta al Rey añorando fascismo sí importa. Importa porque parecen creer que no desentona con los tiempos y porque era solo la apertura de la partida.

El silencio de González y demás veteranos es irrelevante. Felipe González tiene poder, pero no predicamento. El poder no lo da el mérito sino la posición de ventaja. Como diría Unamuno, González puede vencer algunas batallas, cada vez menores, pero no convencer. Lo que sí es relevante es el silencio del Rey. Cualquier republicano entiende que puede haber democracia o dictadura con república o con monarquía. Ser republicano no incapacita para exigir el papel de un rey en una democracia. En una democracia la jefatura del estado solo puede ser hereditaria si es simbólica, es decir de mentira, un juego que mantenga una tradición. El Rey puede tener al menos dos utilidades. Una es la de normalizar lo que debe ser normal en una sociedad, por ese punto de máximo común divisor de la ciudadanía que simboliza su figura. Y otra es ser el gesto del país en el que la gente se reconozca. Al hablar de normalizar, pienso en cosas como homosexuales o inmigrantes, entrevistas banales que normalicen ante la sociedad que cada uno ame a quien le parezca y que haya nuevos tonos de piel en el aspecto de los españoles. En lo que no pienso es en que lo que su simbólica figura normalice sean delirios fascistas.

Después del golpe del 23-F, Fraga dijo que lo condenaba pero que lo comprendía. El ocurrente Alfonso Guerra decía que Fraga parecía el psiquiatra de los golpistas con tanta comprensión y que algunos psiquiatras cogían la enfermedad de sus pacientes. Ahora tenemos nuevos psiquiatras. Ayuso comprende esas cartas porque son la preocupación de muchos españoles. El PP y demás derechas vociferan que el Gobierno nombrado por el Parlamento electo es ilegítimo. Un coro variopinto viene pidiendo gobiernos no elegidos de salvación nacional. Los veteranos socialistas callan y otorgan. Poco bueno tengo que decir de Fraga, pero mucha gente pensó en su día que podía contagiar de democracia al franquismo residual. Los psiquiatras actuales van en sentido contrario, en el de retroceder la democracia hacia fangos fascistas. El que tiene más capacidad de normalizar esos fangos es el Rey, por su simbolismo. Y su silencio lo está convirtiendo en el jefe de psiquiatría. Baltasar Garzón le recordó estos días que la tardanza de su padre en hablar el 23-F llenó de recelos la percepción de su verdadero papel en el golpe. Es pronto para sentenciar que el Rey calla y otorga, pero sigue callado y el tiempo es oro. La monarquía no está débil por la cizaña de nadie. La destrozan los robos y grosería de Juan Carlos I, la opinión de la gente, tan contundente que el CIS no quiere saberla, y la incapacidad de Felipe VI para ser el gesto del país: empezó su reinado con el fanático Rouco Varela de oficiante, en la crisis catalana fue un pirómano más y en la crisis sanitaria solo propuso aceite y azúcar.