El ocaso de la primavera árabe


Han pasado diez años desde que la autoinmolación de Mohamed Buazizi (17-12-2010) catalizó un movimiento de protesta contra la dictadura y la pobreza que se extendió, desde Túnez, a diversos países del Magreb y el Medio Oriente. Sin analizar a fondo lo que estaba pasando, y sin aplicar ningún prontuario adecuado a las transiciones democráticas, muchos países occidentales, especialmente los de la UE, volvimos a titular nuestros periódicos con el manido «un antes y un después» que solemos aplicar, con creciente frecuencia, a todos los procesos que nos sorprenden con los deberes sin hacer. Nadie previó que aquello podía quedar en agua de borrajas, o favorecer una regresión a autoritarismos más represores. Y por eso parece oportuno que, en busca de las lecciones que tanto necesitamos, repasemos aquellos episodios, y nuestras propias actuaciones, a la tenue luz de los rescoldos que quedan de aquella primavera.

La teoría de las transiciones democráticas insiste mucho en que la flor de la libertad no arraiga ni crece en cualquier ambiente, y que no hay ninguna transición que tenga éxito si carece de las ayudas y protecciones adecuadas. Y por eso cabe afirmar que nuestro entusiasmo por la democratización del Magreb y Medio Oriente, o de lo que los americanos llaman, con soberbia, «nuestro patio de atrás», fue tan improvisado y buenista que nos olvidamos de que aquellos gromos de libertad tenían que ser abonados, regados y protegidos. Nuestro error fue que, en vez de ofrecer ayudas y acuerdos económicos preferenciales, en función de nuestros propios intereses políticos y comerciales, optamos por hacer altisonantes declaraciones de apoyo a la democracia que, carentes de fuerza y de presencia en la zona, nos llevaron a apostar por revolucionarios advenedizos y no testados, que, en general, nos salieron ranas.

El resultado fue que los gromos se marchitaron, y los amigos improvisados sembraron la guerra o favorecieron las reacciones dictatoriales como ya había sucedido -o sucedió después- en Siria, Ucrania, Afganistán, Bielorrusia, Venezuela, Egipto y Libia. Solo Marruecos y Argelia nos dieron la alegría de quedar como estaban, mientras Túnez optó por, en vez de congelar de golpe su primavera, como si fuese una vacuna de Pfizer, enfriarla lentamente, hasta desactivarla por completo.

Lo malo es que este modelo se repite en todos los movimientos que confían en que una Europa que tiene 27 políticas exteriores, 27 ejércitos, 27 ambiciones, 270 banderas y 2.700 gabinetes de asesoría estratégica puede hacer, en política exterior, algo más que barallar y cazar aliados a la pillota. Por eso fracasamos. Porque nuestros vecinos prefieren apostar por la realpolitik de Trump -que, para Israel, Marruecos y algunos emiratos funcionaron-, o por las crípticas diplomacias de Rusia y China -que no dejan solos a sus amigos-, antes que fiarse de una diplomacia europea que carece de objetivos y medios, y que va perdiendo influencia y oportunidades en todos los escenarios del mundo.

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