Gloria a Dios y paz a los hombres


En su intento de abolir los dictados morales, cuyo absolutismo y abstracción los hacían paradójicamente efímeros, y para asentar en su lugar la autonomía moral de las personas, Emmanuel Kant dejó escritas estas palabras en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres: «No hay absolutamente nada en el mundo -ni es posible pensarlo fuera de él- que pueda ser tenido por bueno, sin acotaciones, salvo una buena voluntad». Lo que hizo el filósofo de Königsberg fue trasladar el fundamento de la ética, desde un bien esencial, presuntamente objetivo, a la voluntad individual de actuar rectamente. Y con ello produjo una liberación normativa de enorme alcance, que abrió el camino a los modelos éticos -más personales y responsables- de nuestro tiempo.

Pero Kant, en esto, no era original. Porque, aunque lo que voy a decir no se enseña en las universidades de hoy, es evidente que copió del capítulo 2,14 del Evangelio de Lucas, donde se contiene la fórmula que deposita en la conciencia de cada hombre, de todos los hombres, el orden moral del universo. Allí se dice que, a la hora de anunciar el nacimiento de Jesús, los ángeles de Dios escogieron como destinatarios del mensaje de paz «a los hombres de buena voluntad». Y, haciendo del pesebre un trono, y teniendo al burro y a la vaca por ilustres notarios de su saber infinito, el Dios todopoderoso renuncia a verter sobre las cosas un juicio universal e infalible, para invitar a todos los hombres y mujeres a construir un mundo de paz sobre el único valor ilimitado e incuestionable que poseemos: la buena voluntad. El mensaje de la Navidad -Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis- no es la fe, sino la paz, que, en vez de dejarnos atados a la ley y a sus sanciones, ideó una redención que solo se basa -porque «no está hecho el hombre para la ley, sino la ley para el hombre»- en la conciencia limpia y en la recta voluntad.

La primera vez que leí a Kant, bajo la dirección del profesor Gómez Caffarena, lo tuve por absolutamente original. Y, hasta que empecé a pensar al margen de los libros, no descubrí que había plagiado un pensamiento generado dieciocho siglos antes. Pero, lejos de acusarlo por ello, o de rebajarle su mérito, le agradezco que haya aceptado el difícil papel de recordarnos que el profundo mensaje de la redención tiene una cara inmanente y otra trascendente, y, sin guardar privilegio alguno para los que tienen fe, compromete a los hombres de buena voluntad. Solo así se explica que la Navidad se haya hecho universal, llevando consigo valores y rituales de hermandad familiar y social reconocidos por todas las culturas y todas las religiones; y que, en su esencia de paz y hermandad, siga resistiendo el embate consumista y desacralizador de las sociedades más avanzadas. Porque, en medio de tanta miseria, tanta enfermedad y tan desabrida competitividad, nos recuerda que estamos llamados a ser voluntarios agentes de la felicidad y la solidaridad que tanto anhelamos. ¡Feliz Navidad!

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