Navidad, vida pública, vida a secas y lapso marciano

OPINIÓN

Ballesteros | Efe

26 dic 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

La mayoría de la gente leyó alguna vez una novela y quienes no lo hayan hecho al menos saben cómo se hace. No podríamos entender un relato de trescientas páginas si olvidásemos en cada momento lo que llevamos leído. Y nadie puede recordar todo lo que lee. El que se empeñe en avanzar la lectura sobre el recuerdo exhaustivo de lo que leyó solo leerá las pocas líneas que sea capaz de memorizar. Leemos una novela recordando, pero también olvidando. Lo que olvidamos no fue material inútil introducido por error del novelista. Dio textura a la lectura y volumen al hilo de lo que vamos recordando. Tuvo su función.

El tiempo en Navidad se vive de manera especial. No podemos ver el tiempo, ni tocarlo, ni recorrerlo, como el espacio. Solo podemos sentirlo a través de símbolos. Y pocos símbolos hay más contundentes que el final de un año, con la densidad simbólica añadida de la tradición navideña. Si el tiempo se parece a algo que fluye, el período de Navidades y fin de año tiene algo de dique en el que se remansa. Por eso se superponen los recuerdos y tendemos a llamar a todo el mundo y acentuar la melancolía por los muertos. La contención del tiempo de Navidad y fin de año suprime la sensación de trascendencia, como si por un momento se parase todo y las cosas no tuvieran consecuencias. Es ese ambiente peculiar que se forma cuando varios desconocidos se resguardan de un chaparrón de verano en un techo casual y apuran esa convivencia improvisada intercambiando complicidades sabiendo que nada tendrá continuidad en la vida posterior al chaparrón. Kim Stanley Robinson trazó ese estado psicológico en Marte rojo con lo que en la novela se llama lapso marciano. La rotación de Marte es más lenta que la de la Tierra y un día marciano dura 39 minutos y medio más que el día terrestre. Como a los colonos les resultaba práctico que sus relojes y su calendario fueran los mismos que los de la Tierra, todos los días a las doce de la noche se paraban los relojes 39 minutos y medio. Esos minutos no contaban para ningún plazo ni medida, no existían oficialmente. Era el lapso marciano, una burbuja de 39 minutos y medio diarios en los que los colonos tenían esa distensión que flota en el tiempo navideño detenido por el dique de fin de año.

Pero en este año de pandemia la Navidad también afecta a nuestras sensaciones con la vida pública. Sabemos que hay vacuna, que hay plan de ayudas, que hay presupuestos, que hay legislatura. Pero el lapso marciano navideño no está propiciando reflexión o buenos deseos, sino acentuando el nihilismo descreído al que lleva el aislamiento y el cansancio. La detención del tiempo, en vez de favorecer que nuestra memoria repare el tejido de un país en marcha, parece estimular la imagen de un país ralo donde las cosas que nos afectan fueran tropezones flotando ajenas unas a otras. Será temporal seguramente.