Navidad, vida pública, vida a secas y lapso marciano


La mayoría de la gente leyó alguna vez una novela y quienes no lo hayan hecho al menos saben cómo se hace. No podríamos entender un relato de trescientas páginas si olvidásemos en cada momento lo que llevamos leído. Y nadie puede recordar todo lo que lee. El que se empeñe en avanzar la lectura sobre el recuerdo exhaustivo de lo que leyó solo leerá las pocas líneas que sea capaz de memorizar. Leemos una novela recordando, pero también olvidando. Lo que olvidamos no fue material inútil introducido por error del novelista. Dio textura a la lectura y volumen al hilo de lo que vamos recordando. Tuvo su función.

El tiempo en Navidad se vive de manera especial. No podemos ver el tiempo, ni tocarlo, ni recorrerlo, como el espacio. Solo podemos sentirlo a través de símbolos. Y pocos símbolos hay más contundentes que el final de un año, con la densidad simbólica añadida de la tradición navideña. Si el tiempo se parece a algo que fluye, el período de Navidades y fin de año tiene algo de dique en el que se remansa. Por eso se superponen los recuerdos y tendemos a llamar a todo el mundo y acentuar la melancolía por los muertos. La contención del tiempo de Navidad y fin de año suprime la sensación de trascendencia, como si por un momento se parase todo y las cosas no tuvieran consecuencias. Es ese ambiente peculiar que se forma cuando varios desconocidos se resguardan de un chaparrón de verano en un techo casual y apuran esa convivencia improvisada intercambiando complicidades sabiendo que nada tendrá continuidad en la vida posterior al chaparrón. Kim Stanley Robinson trazó ese estado psicológico en Marte rojo con lo que en la novela se llama lapso marciano. La rotación de Marte es más lenta que la de la Tierra y un día marciano dura 39 minutos y medio más que el día terrestre. Como a los colonos les resultaba práctico que sus relojes y su calendario fueran los mismos que los de la Tierra, todos los días a las doce de la noche se paraban los relojes 39 minutos y medio. Esos minutos no contaban para ningún plazo ni medida, no existían oficialmente. Era el lapso marciano, una burbuja de 39 minutos y medio diarios en los que los colonos tenían esa distensión que flota en el tiempo navideño detenido por el dique de fin de año.

Pero en este año de pandemia la Navidad también afecta a nuestras sensaciones con la vida pública. Sabemos que hay vacuna, que hay plan de ayudas, que hay presupuestos, que hay legislatura. Pero el lapso marciano navideño no está propiciando reflexión o buenos deseos, sino acentuando el nihilismo descreído al que lleva el aislamiento y el cansancio. La detención del tiempo, en vez de favorecer que nuestra memoria repare el tejido de un país en marcha, parece estimular la imagen de un país ralo donde las cosas que nos afectan fueran tropezones flotando ajenas unas a otras. Será temporal seguramente.

Hay demasiada gente empeñada en tenernos en el estado de ansiedad de los momentos históricos del todo o nada. Hay un problema con la memoria de la transición y del pacto constitucional. Hubo un cierto adanismo, en evidente retroceso y que solo duró dos años, en el que cuajó en una izquierda emergente el impulso de un proceso constituyente desde cero, como el empuje de continuar la lectura de una novela olvidando en cada momento lo leído antes y como si pudiera haber un presente sin historia reciente. La aspiración de modificar la Constitución se mantiene, pero ya no la de reiniciar la democracia en un período constituyente como el de finales de los setenta. Lo que fue creciendo fue el vicio inverso, el de quienes pretenden no saber que avanzar la lectura de una novela exige olvido, que no se puede mantener la lectura sin dejar que decaigan de la memoria materiales leídos. Por razones diferentes pero que forman una de aquellas familias de Wittgenstein, están en ese empeño la extrema derecha, la derecha, algunos socialistas históricos y las terminales mediáticas de todos ellos. El empeño es el de congelar la transición, con los acuerdos de entonces con las circunstancias y peligros de entonces, y hacer una plantilla rígida con la que denigrar a lo que sobresalga como desleal con la convivencia y el bienestar que se iniciaron en la transición. Como si cualquier sentido de la idea de avance fuera una desautorización de lo anterior y un desprecio de legados recibidos. Como si avanzar la lectura de una novela fuera faltar al respecto de los materiales que se olvidan.

Las razones varían. La extrema derecha siempre inventa un pasado de peligros o glorias al que se debe un presente amenazado o en trance de heroísmo para justificar la situación de excepción autoritaria. Deliran ser herederos de una transición que en realidad era a lo suyo a lo que dejaba atrás. Se inventan la Constitución para ser constitucionalistas. Con la Constitución les pasa como aquel señor al que le encantaba King Kong, menos la parte esa del mono gigante. A ellos les encanta la Constitución menos la parte esa de libertades y derechos. La derecha también petrifica situaciones pasadas para armar una propaganda de terroristas, víctimas o hipérboles de estalinismo. Política zombi, la llamaría Xandru Fernández. Los socialistas veteranos no buscan propaganda. El avance de los tiempos y la creación de situaciones que los hace irrelevantes a ellos y sus gestiones pasadas les hace confundir su decadencia con la del sistema. Y funden sus miedos y desconciertos con la propaganda de la derecha y la ultraderecha. Los medios afines a la derecha siempre fueron sus voceros y ahora también. Resultan más notables los equilibrios del grupo editorial que siempre fue de la mano de los socialistas veteranos. La línea editorial es antifascista, pero quieren trazarla de manera que el mismo impulso de denuncia del fascismo abarque a Podemos. Y el punto en el que hay que poner la cámara para enfocar a la vez a Vox y a Podemos inevitablemente hace pasar al fascismo hasta la cocina de la democracia.

Al Rey le llueven injurias. El otro día utilizaron su figura e institución para proclamar que no todos somos iguales ante la ley. A él le dirigen con lealtad de súbditos cartas para que vuelva las armas del ejército contra la nación. En su nombre chatean algunos militares sobre fusilamientos. Lo invocan para manifestar que el Gobierno que nombra el Parlamento es ilegítimo. Su padre solo habla con abogados sobre dineros escondidos y maletines de millones recibidos de dictaduras incalificables. Las derechas lo ungen como Rey de una parte de España y frontera de división entre españoles. Todos los días lo injurian. Parte del PSOE (solo parte) y todo lo que está a su izquierda es republicana y arrecian contra la Monarquía. El único apoyo sincero y leal que tiene es el PSOE. Pelea por la Monarquía y paga precio por ello, no gana nada. No lo hace por propaganda, como las derechas. Pero al PSOE de Pedro Sánchez no lo quieren en el cotarro monárquico. Para un apoyo leal que tiene, su amor no es correspondido. Quizá en Nochebuena no era el momento. Pero el Rey tendrá que hacer algo para dejar de ser el Rey de las derechas y de los fusileros. Y tendrá que ser neutral entre la ley Celaá y la de Wert, pero no entre quienes proclaman que el Gobierno nombrado por el Parlamento es legítimo y los que lo niegan. Ningún republicano, como quien escribe, debería apetecer una República que fuera los cascotes de la Monarquía. Nadie quiere el derrumbe de una institución. ¿Nadie asesora al Rey?

Estamos en Navidad. La vida pública ofrece pocos materiales nobles para estos remolinos en que se disuelve la memoria con el tiempo detenido. Pero en la vida personal de cada uno seguro que se están superponiendo recuerdos, amores renovados, llamadas y propósitos. Las tradiciones están para eso, para renovar vínculos, reparar recuerdos y reencontrarse. Y la tradición navideña, por lo que tiene de lapso marciano, para estirar las piernas, relajarse y tomar algo saludando a desconocidos como si nos refugiáramos de un chaparrón de verano.

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