«Soul» y el 2020


El 2020 agoniza. Y en muchas postales de buenos deseos del 2021 se cuela un «hasta nunca» dedicado a este año que ha pasado la guadaña sobre la humanidad. Podríamos fingir todos que hemos aprendido muchas lecciones del 2020. Las deja, pero somos alumnos que, aunque quizás al principio observáramos con interés la pizarra de las grandes enseñanzas, acabamos distraídos por las moscas de siempre, esas que vuelan sobre nuestras cabezas y que convierten los pensamientos en puro zumbido, ese que no deja escuchar. En medio de esta tempestad que supone esta disrupción salvaje, reconforta llegar a ver líneas de tierra reconocibles, un poco de rutina a la que agarrarse mientras dura el terremoto, aunque solo sirva para engañarse un momento y creer que, a su manera, chirriando y agrietándose, el mundo sigue girando. Nada es ni será como antes, pero proporciona una bocanada de oxígeno comprobar, por ejemplo, que Pixar sigue produciendo pequeñas joyas desde el cofre del castillo de la Disney. A pesar de todo. Soul es su último largometraje. Otra vez arriesgado, delicado y profundo. Con Nueva York y el jazz en el alma y con Picasso en el retrovisor. Explorando con esas coordenadas la muerte y el sentido de la vida, abriendo las puertas del más allá y el más acá, obligando a recordar el deleite que supone conversar en una peluquería, saborear un trozo de pizza, o ver el cielo y la luz del sol entre las hojas. Es oportuno traer a la memoria lo sublime de lo leve, esas sinfonías cercanas y sutiles que ofrece la rueda de los días. Viene bien abrir los ojos ante los milagros cotidianos, esos que prometimos que no íbamos a olvidar cuando el 2020 se torció para siempre.

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