El virus de la propaganda


Confirmado: la política mancha los pasos más limpios de la humanidad. El partidismo y los intentos de apropiación, sin duda indebida, del éxito del comienzo de las vacunaciones puso la nota polémica y amarga de la jornada. Me refiero a dos hechos vistos en las televisiones. El primero, el afán de colocar carteles del Gobierno en las cajas que contenían las vacunas. El segundo, la lluvia de mensajes de ministros en las redes sociales con similar contenido laudatorio y triunfalista. No les bastó resaltar lo histórico del momento -«este es el principio del fin» de la pandemia-, sino que se lanzaron a un ceremonial de palabras de ensalzamiento con la voluntad de que pareciese que todo era un triunfo de la política seguida por el Gobierno. También varias comunidades autónomas cayeron en parecida tentación, colocando carteles con la bandera regional. Entre las excepciones es preciso citar al presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijoo, cuyas palabras se limitaron a decir que el peligro no estaba conjurado, que había que mantener la prevención y seguir actuando «con sentidiño».

Ante ello, conviene recordar que ningún gobierno español, europeo o mundial se puede atribuir el éxito de la vacunación. Si hoy está en marcha es porque algunos laboratorios hicieron un extraordinario esfuerzo de investigación. La ciencia y los científicos son quienes merecen reconocimiento y homenaje por su eficacia. La logística fue y será tarea de la empresa Pfizer. En la Unión Europea la labor política, siendo importante, se limitó a reconocer la validez de la vacuna examinada. Y en cada país se dispuso que la dispensación fuese gratuita, para lo cual solo se requiere presupuesto, y se organizó el reparto interior, que tampoco parece una compleja obra de ingeniería.

Pero claro: en los mensajes del domingo no hemos visto ni una palabra sobre eso; ni un testimonio de reconocimiento a los únicos que tienen capacidad para detener una pandemia; muy poco, o demasiado poco, de empuje y aliento a los sanitarios que tienen la responsabilidad de vacunar a la gente. La obsesión, el instinto inicial de los gobiernos, es que nada pase sin obtener rentabilidad electoral. Y si al Gobierno se le va la mano en ese objetivo como se le fue, ahí está la oposición para salir rápidamente al contraataque y acusarlo de hacer una operación de propaganda. Todo se convierte en propaganda en este país, aunque se trate de combatir una pandemia. Es como una enfermedad contagiosa cuyos virus son el tacticismo y la carrera por la imagen.

Contra esos virus parece que las vacunas no funcionan. Y es que empiezo a sospechar que el mal no tiene cura por una simple razón: porque los políticos piensan que todo se lo debemos a ellos. Ellos no se consideran meros intermediarios. Se consideran seres imprescindibles sin los cuales nadie se podría curar.

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