Data, la postverdad y el espectáculo. Feliz año de todas formas

Araceli, de 96 años, recibe la vacuna contra la Covid-19
Araceli, de 96 años, recibe la vacuna contra la Covid-19

El programa asesino Isaac, de El infierno digital de Kerr, había encerrado y asfixiado a tres personas en un ascensor. Pero el programa quería saber algo más de los humanos. Isaac retenía los cadáveres para mostrarlos y ver si eso afectaba a sus compañeros. Si les afectaba ver con los ojos lo que ya sabían, entonces en los humanos eran más fuertes las sensaciones que la razón. El androide Data tenía la misma curiosidad, cuando el capitán Picard tocaba con sus dedos la máquina de Cochrane que ya estaba viendo. No entendía que por tocarla le pareciera más real. Araceli Hidalgo e Isabel Díaz Ayuso hubieran atrapado estos días la atención de Isaac y Data, cada una a su manera. Las dos nos mostraron cuánto más reales parecen las cosas cuando llegan a los sentidos, aunque ya las supiéramos de sobra.

La imagen de Araceli recibiendo el pinchazo de la vacuna produjo una ola emocional colectiva. Ya sabíamos que había vacuna y ya sabíamos que ese día empezarían a inyectarla. Pero, como le pasaba a Picard, ver lo que ya sabíamos nos lo hizo sentir más real. De no ser tan devastadora la enfermedad y tan comprensible la emotividad, la narración de la radio hubiera parecido una coña de Monty Python, por el suspense con que el locutor acompañaba el momento en que la enfermera abría el envase de la vacuna, la tomaba con la jeringuilla y se acercaba a Araceli, y cómo ella extendía su brazo. Todos los medios divulgaron las palabras de Araceli. La Razón prefirió el estilo de Linton, un halcón del Pentágono de la película In the loop, que manipulaba las actas de las reuniones porque no debían ser «un registro limitador de lo que resulta que se dijo, sino un registro completo de lo que pretendía decirse». Araceli dijo «gracias a Dios», pero La Razón no reprodujo con criterio limitador las palabras de Araceli, sino que hizo un registro completo de lo que pretendía decir: «Araceli da las gracias a Dios y no a Sánchez», fue el titular. Periodismo, dicen.

Díaz Ayuso escandalizó con su afirmación, a propósito de las andanzas delictivas del rey emérito, de que no todos somos iguales ante la ley. Data se hubiera sorprendido de nuestro escándalo y nos habría preguntado si oírlo hace que lo sintamos más real. Todo el mundo sabe que no somos iguales ante la ley y desde luego todo el mundo lo sabe del Rey, y más los juristas que entienden mejor que nadie lo que quiere decir que alguien es inviolable. Y todo el mundo sabe que Díaz Ayuso nos quiere desiguales ante la ley. Ella solo nos hizo oír lo que ya sabíamos, pero los sentidos nos dan más sensación de realidad que la mente. En el caso de Araceli, la emoción por ese plus de realidad fue la esperanza y la compasión, en el de Ayuso fue la indignación y la ofensa, pero el mecanismo es el mismo. La realidad, es decir, la verdad, es como el oxígeno. En su dosis adecuada nos permite respirar, pero en dosis más altas provocaría incendios. 2020 nos recordó que en la vida pública sucede como en la vida privada. Una señora y su marido salen una noche por separado, cada uno con sus compañeros de trabajo. Se cruzan esposa y esposo casualmente y cada uno está siendo infiel a la otra parte con una pareja ocasional. Los dos fingen no haberse visto y no se habla del asunto. Eso puede funcionar bien: fingir creer que la otra parte ignora lo que sabe. Necesitamos un margen de engaño para respirar y eso se hace fingiendo ignorar que los demás fingen. La pandemia de 2020 provocó un juego curioso con la esperanza y la desesperanza. Nos cegó el futuro y eso produjo desesperanza. Pero en política la caída del tejido social hizo concebir a todo el mundo la esperanza de conseguir sus objetivos máximos. Por eso se disparó el cinismo y se dejó de fingir. Si el marido hace explícito que tiene una amante, aunque la esposa ya lo supiera, la ostentación la obliga a hacer algo al respecto, lo que sea. Sabemos que la sociedad es injusta, pero cuando nos dicen ante un derrumbe económico que no se pueden subir los salarios más bajos y que no se pueden subir los impuestos de las fortunas más desmedidas, nos pasa como a la esposa: ostentarlo de manera tan cínica nos obliga a decir o hacer algo. Pueden andar por el ejército sujetos deseosos de darle gusto al gatillo y pasar por el paredón a unos cuantos rojos y podemos vivir con eso fingiendo que no lo sabemos y ellos fingiendo que no saben que lo sabemos. Pero cuando aparecen WhatsApp fantaseando con fusilamientos e invasiones de Trump, cuando se mandan cartas al Rey, cuando en el Parlamento se dice en voz alta que esos son los nuestros, pues volvemos a alcanzar esa sensación de realidad que desconcertaba a Data y provocaba la curiosidad de Isaac, y nos obliga a hacer algo al respecto. Eso genera la réplica correspondiente y así el ambiente va tomando el aire de trinchera que les gusta a algunos, que siempre son los mismos. Pasó continuamente en 2020.

Isaac y Data solo vieron que una cosa parece más real si además de conocerla se toca, se ve o se oye. Hubieran quedado perplejos con la inversa. La prioridad de una emoción lo bastante firme es tal que el sujeto es capaz de negar lo que toca, ve y oye. En 2017 el diccionario de Oxford declaró a «postverdad» palabra del año. Los neocon llevaron a la política el principio que ya habían puesto en práctica las empresas y las televisiones con sus realities: buscar la manera de obtener el beneficio degradando el producto y bajando los costes. Felipe González tuvo enorme influencia porque tenía enormes cualidades de oratoria, presencia y comprensión de las situaciones. Aznar ya fue el modelo low cost que trajeron los neocon. Si agitas las emociones negativas hasta el sectarismo y desfiguras al contrario hasta el odio, sin oratoria, ni conocimientos, ni especial inteligencia logras el máximo impacto público. Y esa bola no hizo más que crecer y degradar el debate público hasta donde llegó este 2020. La onda expansiva de la bajeza moral de Trump nos alcanzó como a los demás y tenemos prácticamente inutilizadas las instituciones representativas.

Hay otro factor que hace raro nuestro trato con los hechos. Los hechos nos llegan a través de los medios y los medios también quieren alto impacto con bajo coste. La vida pública es cada vez más proyectada como un espectáculo. El espectáculo no busca análisis ni comprensión, busca atención inmediata y la forma más rápida de obtenerla es con la estridencia y el sobresalto. En los últimos días de 2020 hicieron flotar una polémica que es poco probable que se produzca sobre la vacunación. Pero es que solo hay espectáculo si hay polémica, no hay espectáculo si no se desfiguran los hechos, aunque no se llegue a mentir. Ayuso, máximo exponente de inteligencia política low cost, ya está gritando que no habrá vacunas para Madrid y que hay una conspiración para quitarles los fondos de ayuda. El espectáculo se compone de picos emocionales y solo muestra una caricatura distorsionada de los hechos, a base de disparar el efecto de los sentidos y la emoción sobre la razón. El efecto es tan cegador que suprime las últimas rutinas de la inteligencia, que son las que dan coherencia y separan de la locura. Un día el PP puede decir que las ayudas europeas nos humillan y que no deben dárnoslas porque estamos en una dictadura. Otro día puede apoyar a Orbán y exigir ayudas europeas para Madrid. Un día el Gobierno puede decir que no se puede hacer electoralismo con la desgracia de la pandemia y otro día encargar al CIS que eche un ojo a la valoración electoral de su ministro de pandemia.

El cinismo (supresión de ficción de ignorancia), la postverdad (negación necia de lo que se ve y se conoce) y el espectáculo (distorsión de la realidad reducida a picos amnésicos de atención rápida) están haciendo de la cosa pública y la racionalidad política una pesadilla para Data y un asombro para Isaac. Puede que nuestros dirigentes infravaloren nuestra inteligencia y mayoría de edad. Lo creeré cuando dejen de ser políticamente rentables los cabestros. De momento, dejaré en la retina el pinchazo de Araceli. Feliz año.

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