Les deseo un 2021 sosegado y feliz


Cuando pasaron la Noche Vieja y el Año Nuevo, y se agotaron las uvas, el marisco, los besugos, las campanadas, las melopeas, los matasuegras, las multas por fiestas ilegales, el baile de la conga y los besos robados a la sombra del alcohol, el covid-19 todavía estaba allí, preparando, con paciencia de buen estratega, la tercera ola mundial. Es la crónica de un fin de año que, a pesar de las maldiciones que cayeron sobre 2020, puede tener esta segunda versión: Cuando aquel matrimonio, en vísperas de su vejez, acabó de conectar con sus hijos y sus nietos -para comprobar que todos estaban bien y en casa, con las mesas puestas y sus mejores galas-, después de degustar su sabrosa cena en la dulce soledad de la pareja, y de dormir como benditos hasta las nueve de la mañana, se levantaron, miraron hacia la calle vacía, y comprobaron que la vida todavía estaba allí, y que poderla vivir era su mejor regalo y su perceptible felicidad. La clave de esta doble crónica es que no existe el tiempo, sino la vida. Y que, tanto las fechas como las horas, no son más que una engorrosa forma de hurgar en la contingencia y finitud de la vida, que, por tener una duración nuca predecible, convierte en un error estadístico el cómputo de la edad y cualquier otra perspectiva de la finitud que no sea la congruente unidad de una vida feliz. Aunque el año cambió, la vida que tenemos hoy -con sus riesgos, incertidumbres y esperanzas- es la misma que teníamos anteayer. Porque la certeza de que nuestro fin es inexorable no cambia con las fiestas ficticias, los abrazos rituales o el coronavirus galopando, ya que la única ventura a la que podemos aspirar es ver la vida desde la dulce quietud de un bello y prolongado ocaso.

Quizá por eso estén mejor, y con mayor optimismo, los que dedicaron la fiesta a afirmar la unidad indivisible de su tesoro vital, que los que se empeñaron en contar los años que van pasando, en inexactas y estereotipadas unidades de medida, para alcanzar la única noticia cierta que estas fiestas nos pueden dar: que, en vez de tener un año más, tenemos un año menos, y que, en vez de disponer de la falsa seguridad que nos puede ofrecer una vigorosa juventud o una perspectiva inversa del paso del tiempo, deberíamos pensar, con Manrique, que «pues si vemos lo presente / como en un tiempo se es ido / e acabado, / si juzgamos sabiamente, / daremos lo non venido / por pasado».

Claro que en ningún caso quiero amargarles el año 2021, que entra con esperanza, con un lúgubre recuerdo del 2020, año del estupor, la incertidumbre y la crisis. Solo pretendo decir, y compartir con ustedes, que también hay formas muy eficaces de generar alegría y de reforzar la convivencia que son compatibles con la inteligencia y el buen sentido de la vida. Formas que no son estereotipadas, ni exigen el desbordamiento de una euforia objetiva que en nada nos satisface. Y que el ritmo de esa única vida que tenemos es más dulce y sabroso -como todo buen vino- cuanto menos lo agitemos. ¡Feliz año 2021!

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