Comparaba hace unos días un periódico portugués el inicio de la vacunación contra el Covid con el desembarco de Normandía que abrió la puerta definitiva a la liberación de Europa del nazismo y el fascismo, con la conocida excepción ibérica; no sufrimos ahora el mismo tipo de tiranía, pero es cierto que celebraremos con entusiasmo la recuperación de la libertad y la seguridad tras un año que bien puede definirse como opresivo. La analogía que establecía el diario luso conduce de inmediato a la reflexión de que el ser humano puede ser más letal para su especie que la mayoría de virus o bacterias, aunque la peste negra medieval haya superado en ese aspecto a Hitler. Un motivo más para valorar las virtudes de los valores de libertad, igualdad y fraternidad que sustentan, o deberían sustentar, a las democracias contemporáneas.

Paradójicamente, la epidemia ha coincidido con un renacer de los autoritarismos, que, como ya sucedió en el pasado, no han tenido empacho en manipular el propio concepto de libertad para fortalecerse en medio del desconcierto y el malestar que han provocado la enfermedad y la crisis económica. Tampoco ha sido ejemplar el comportamiento de las fuerzas políticas democráticas. Sería llevar muy lejos las cosas exigirles a los partidos españoles una unidad similar a la que mostraron los británicos para resistir al nazismo, pero si algo caracterizó la política en 2020 fueron los excesos verbales, que bordearon con frecuencia el ridículo y poco contribuyeron a que se adoptasen las medidas más convenientes y se trasmitiese tranquilidad a la ciudadanía, algo que se extendió a los medios de comunicación más militantes.

Todo ello no empaña el sereno y solidario comportamiento de la mayoría, la actitud ejemplar de los profesionales de la sanidad y de todos los que garantizaron con su trabajo, a pesar de los riesgos, la convivencia, los servicios esenciales y el abastecimiento de los productos indispensables. Reconforta especialmente y refuerza la confianza en el progreso la rápida respuesta de la ciencia, la eficacia de los investigadores. Gracias a todos ellos, los efectos de la epidemia serán duros, pero incomparablemente menores que los de otras que la humanidad sufrió y superó en el pasado, incluso no hace demasiado tiempo.

Eran injustificadas las previsiones apocalípticas y meros ejercicios literarios las disquisiciones sobre un futuro radicalmente distinto. Cambiarán algunas cosas, sin duda, pero, para la inmensa mayoría de los más de 7.000 millones de personas que pueblan la tierra, en unos meses todo volverá a ser como antes, en lo bueno y en lo malo. Quedarán las víctimas, tanto las fallecidas como las que padezcan secuelas o hayan perdido su fuente de sustento; serán siempre demasiadas, pero lo cierto es que, en términos históricos, los modernos Estados, la medicina y la investigación habrán logrado que su número no tenga parangón con el de las provocadas por otras catástrofes de alcance mundial o incluso regional.

En la comparación con la Segunda Guerra Mundial quizá sea más acertado mirar hoy a 1943, el año del triunfo soviético en Stalingrado, la expulsión de los ejércitos de Hitler y Mussolini del norte de África y el comienzo de la liberación de Italia, que a 1944. Se ha iniciado el camino de la victoria, pero todavía quedan meses peligrosos y cierto margen para la desilusión con la eficacia de algunas de las vacunas que comienzan a utilizarse o para que se produzcan contraataques del virus, como el protagonizado por la llamada cepa inglesa. Todos deseamos recuperar la libertad que la epidemia nos ha quitado y la seguridad que hemos perdido, pero es necesario conservar la paciencia.

Los países anglosajones han decidido correr cierto riesgo con la rápida aprobación de las vacunas y han ido por delante de la UE, incluso la han forzado a acelerar sus decisiones, quizá no sea una estrategia equivocada. Disponer de tres vacunas diferentes, o más en el futuro, agilizará el proceso, lo peor sería que la burocracia lo ralentizase. En ese sentido, no está clara la bondad de la decisión de que solo vacune la Seguridad Social, salvo mientras la disponibilidad sea escasa. Contra la gripe lo hace también la sanidad privada, la Universidad de León vacuna todos los años a su personal, utilizar todos los recursos parece lo más razonable.

Por encima del ruido político/mediático y de las manipulaciones de ultraderechistas y visionarios, la evolución de la pandemia demostró que todos los países y autonomías se vieron obligados a adoptar medidas parecidas y que los éxitos se tornaron en fracasos con extrema rapidez y viceversa. Los que clamaban contra Sánchez, Illa y Simón cuando España se puso peor no los elogian ahora que está mejor que sus vecinos. Yo me quedo con gestiones como las de Asturias, Galicia o Castilla y León, con gobiernos de signo distinto, pero que siempre demostraron coherencia y seriedad a la hora tomar decisiones, por mucho que incomodasen. A mí me tocó sufrirlas especialmente, dada mi situación personal y mi vinculación con esas tres comunidades, pero lo importante fue el esfuerzo para evitar que los contagios y muertes se desbordasen. Más censurable fue la actitud del gobierno madrileño, literal responsable de algunos repuntes de la enfermedad e inclinado a una costosa propaganda, que en el caso del carísimo hangar Zendal puede considerarse verdadero derroche.

Por último, es importante que las Cortes hayan aprobado el presupuesto, esperemos que la buena gestión de los fondos europeos permita que la crisis económica sea tan breve como la sanitaria, por largas que se nos hayan hecho ambas, y que el verano devuelva en todos los aspectos la plena libertad y la alegría.

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Comienza el año de la liberación