Vacunas, expectativas y decepción


Un exdirectivo de la Organización Mundial de la Salud lo dijo así: «habría que vacunar como si fuese una operación militar». Y la verdad es esta: en el mundo occidental, solamente Israel, con toda su experiencia bélica y su militarización constante, planteó así la vacunación. El resto de las naciones se lo tomó con calma. La Unión Europea ni siquiera supo contar bien el número de personas que había que inmunizar y ha tenido que pedir a Pfizer cien millones de dosis más.

En España, el comienzo del Plan Nacional, convertido al final en 17 planes autonómicos, mereció la calificación de «pésimo inicio». Desde el 27 de diciembre hasta el día 4 de enero se vacunaron 83.000 personas. Dado que hay 13.000 centros de vacunación, no llega a siete personas la media de vacunados en cada centro.

La eficacia del trabajo oscila entre la dispensación del 83 por ciento de las dosis disponibles en Asturias al 5 por ciento en su vecina Cantabria, con un honroso 51 por ciento en Galicia.

Cuando escribo esta crónica, no se dispone de los datos de ayer, pero temo que no se pueden esperar grandes cambios estadísticos.

El resultado es de una cierta decepción. Los servicios públicos distan mucho de las expectativas creadas. Se produjeron fallos logísticos, quizá porque Pfizer se precipitó en poner la vacuna a la venta, urgida por conquistar cuotas de mercado. Los gobiernos se precipitaron también en salvar su imagen con grandes operaciones propagandísticas que no respondían a las posibilidades reales. No se tuvo en cuenta el factor técnico del tiempo necesario para la descongelación -un mínimo de siete horas-, con lo cual se produjeron retrasos sobre el calendario previsto.

El colmo de las disculpas de algunas comunidades autónomas consistió en decir que el personal no podía vacunar en fines de semana ni festivos por falta de acuerdo con los sindicatos. Y la mayor inquietud es que los ya vacunados no tienen garantías plenas del plazo para recibir la segunda dosis. En algunos lugares se tiende a no gastar las dosis hoy disponibles para poder cumplir con la segunda vuelta.

¿Queda algo por anotar? Sí. Lo primero, que no existe relación entre la dramática realidad de 50.000 muertos oficiales y la parsimonia demostrada para inmunizar a la población. Lo segundo, la perversión política de discusiones ideológicas sobre si es mejor pagar a la Sanidad privada para que eche una mano ¡en un estado de emergencia!, o dedicar ese dinero a contratar personal para la Sanidad pública, como si ambas cosas fuesen excluyentes.

Y lo tercero, que hoy, última festividad navideña, se acaban las disculpas de los trabajos en festivo y otros argumentos que estos días se utilizaron. A partir de mañana, no sé si se debe exigir, pero debemos esperar, toda la eficacia que el desastre sanitario requiere. Y quizá sea cierto: con mentalidad de una operación militar.

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