Una nevadona que ni las de antes

La Raya
La Raya

Cuando uno  llega al concejo de Aller el blanco se apodera de todo, el blanco de la nieve y el hielo que desde cotas muy bajas y no usuales empieza a reinar en el paisaje. A las ocho de la mañana Moreda palpita tranquila y fría, el vaho de la respiración de los pocos ciudadanos que pisan a esa hora las calles es iluminado por la decoración navideña que aún sigue instalada. Aquí, Paola Santín, profesora de esquí en San Isidro y con casa en El Pino, habla de una nevada exagerada: «No paraba, cada vez que miraba por la ventana eran treinta centímetros». Los coches en Felechosa quedaron cubiertos por la nieve, una nieva tan fina y seca que parecía azúcar glas. Durante más de cinco días cayó nieve del cielo, sin parar, unos copos grandes y espesos, como de anuncio, que se adosaban allá donde caían, conquistando en poco tiempo todo el relieve. 

La estampa no puede ser más alpina, el blanco elemento se apodera de todo, y pese a estar ya la carretera despejada, todo lo demás sigue cargado. Da la sensación de estar adentrándose en un pueblo suizo en lugar de en un valle minero asturiano. «Llevo aquí diecinueve años y nunca vi tanta nieve, tengo los coches enterrados, no me queda otra que tirar de pala», dice José Abel, dependiente en Telesqui. Porque la nieve es muy bonita para verla desde casa o para disfrutarla en una estación de esquí, pero en Felechosa, como en todos los pueblos, es un engorro. «La nieve por encima de Cuevas», me dicen todos los vecinos. La zona de Aller trata de sacudirse la nieve y volver a la normalidad mientras espera le llegada de un nuevo temporal, Filomena, para el fin de semana. La cartera de la zona hace milagros para continuar con el reparto del correo, al igual que los camiones de reparto que abastecen la zona. «Lo peor no es la nieve, es el hielo que se forma luego y hace casi imposible caminar. Tarde o temprano acabas patinando y en el suelo». Caminando por el pueblo uno debe de estar atento a las cornisas de los edificios, carámbanos afilados y montones de nieve se precipitan sin previo aviso.

Lidia Bigotes, trabajadora de la estación invernal Fuentes de Invierno, me dice que le gusta mucho ver nevar, pero que no cree que nunca haya visto nada parecido. Esta vez, a diferencia de otras, el mal tiempo no ha provocado cortes eléctricos, «de lo malo, de eso, por una vez, no nos podemos quejar». 

A todos estos inconvenientes que trae la nieve a los vecinos, hay que sumarle la cantidad de curiosos, conjunción entre intrépidos y osados, que se acercan hasta el lugar a ver la nieve, a jugar con ella o a sacarse fotos para las redes sociales. Gente que deja su coche abandonado en cualquier lugar obstaculizando aún más el devenir diario del lugar.

Las tiendas, bares y restaurantes tratan de sobrevivir como pueden, al coronavirus y sus limitaciones ahora tienen que sumarle las inclemencias meteorológicas. Todos deseábamos unas blancas navidades, pero a veces hay que tener cuidado con lo que se desea. En los concejos de montaña asturianos lo más pedido a los reyes fue que dejase de nevar, y parece que los magos han desoído sus deseos.

Más arriba de Cuevas está La Raya, el pueblo más alto de Asturias, aislado del resto de la región por el fatídico alud que el 1 de enero, fecha ya aciaga para el Principado, segó la vida de un operario de carreteras y mantiene a otro desaparecido. Aquí vive Iván Piñeiro, que duerme rodeado de tres metros de nieve y un paisaje glaciar lo más parecido a Alaska. Piñeiro cada poco tiene que tirar de pala y de soplador de nieve para abrir hueco y poder salir de casa, por encima de su tejado se agolpa más de un metro de nieve. Fernando Cordero, vecino de Piñeiro, propietario del Hotel Restaurante La Braña y uno de los héroes que salvaron la vida al accidentado en el alud, también ha tenido que emplearse a fondo para despejar la nieve alrededor de su establecimiento. Llegó a cubrir tanto que tuvieron que alzarse hasta el tejado a varear la nieve y desatascar la salida de la chimenea. La Raya está hasta los topes, las calles han desaparecido, y los vecinos avanzan entre surcos hechos en la nieve como si de topos se tratasen.  Los que no están, cuando puedan llegar, no les queda otra que armarse de paciencia y valor y tirar de pala varias horas para acceder a sus casas.

Es una locura lo que ha soltado el cielo, tanto en tan poco, y estamos a la espera de más. Una verdadera pena que el maldito virus no nos permita disfrutar como se debe, como se merece. 

Conoce nuestra newsletter

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Comentarios

Una nevadona que ni las de antes