El otro día murió Pierre Cardin. Cuando yo era niño su invento se llamaba prêt à porter. Tuvo tanto éxito que ahora ya no se llama de ninguna manera. La generación anterior a la mía, cuando quería ropa, tenía que llamar a un sastre, que le tomaba medidas y lo llenaba de alfileres y pespuntes. Se hace raro que aún viviera el señor que había inventado las tiendas de ropa. Recordé por asociación la primera vez que leí un trabajo de Stokoe, aún vivo entonces, sobre el lenguaje de los sordomudos. Cuando él empezó, se pensaba que los sordomudos eran discapacitados intelectuales. Todo el mundo suponía que los gestos con los que se entendían eran un apaño como el que haríamos nosotros para pedir melocotones a un ruso. Necesitó tiempo para explicar que aquello era una lengua natural, que el lenguaje está en el cerebro y que se expresa igual con la laringe que con las manos. Y se necesitó tiempo para que se aceptara que aquello definía un derecho: resulta que los sordomudos tenían una lengua y tenían el mismo derecho que todo el mundo a que se usara para su formación. Costaba creer que una persona aún viva hubiera vivido todo esto.

La gente humilde y pobre lo es casi siempre por estar en desventaja. Quien nace en una familia pobre será pobre o poco más. Hubo muchas luchas por un equilibrio más justo. Muchos sordomudos eran humildes por lo mismo: porque estaban en desventaja. En su caso había una discapacidad que los dejaba fuera del reparto de oportunidades y también fuera del foco de esa lucha por un equilibrio más justo. A la mitad de la población le pasó lo mismo por ser mujer. A otros por ser negros, a otros por ser extranjeros y pobres, a otros por tener la nariz ganchuda o por amar a gente del mismo sexo. A los desfavorecidos siempre se les deshumanizó y la misma deshumanización que hace tolerable la burla, el insulto y el estereotipo tiene en el límite el maltrato y la violencia. Por eso a veces la lucha de los que están en desventaja se modula con reclamaciones de minorías que quedan al margen del caudal general. Al final, siempre es cuestión de estar arriba o abajo.

El neoliberalismo es el orden social de los ricos. Predica que cada uno se proteja a sí mismo y que nadie tiene obligaciones con el que no se busca bien la vida. Lo que predica ya es barbarie. Pero lo que realmente quiere es peor. No quieren un sistema desalmado de competición feroz. Quieren un sistema desalmado y feroz en el que todas las opciones las tenga una minoría. Quieren un sistema que acumule riqueza en quienes ya la tienen. El fascismo es la horma más brutal del neoliberalismo. El fascismo histórico es una cosa diferente del liberalismo. Pero mutó, como tantos patógenos. El fascismo ya no necesita enfrentarse a la democracia. Hoy es posible ocupar la democracia, degradarla sin quebrar su forma e instaurar un sistema autoritario. Por eso las palabras ya no separan la democracia de la dictadura. Oímos a fascistas gritar libertad en nuestro Parlamento. Los oímos defender la Constitución. Los vimos en Washington exigiendo democracia «auténtica».

En Washington el fascismo actual hizo su estriptis. El fascismo necesita guerra y para eso hace falta odio. El odio requiere grupos enemigos identificables y para cualquier miserable el mejor enemigo es el indefenso. Por eso vuelcan su furia contra esas minorías que, como los sordomudos, están en desventaja. Un estriptis se hace paso a paso, no de golpe. Hispanos, mujeres, negros, perdedores, cada grupo fue desfilando con su estereotipo y su estigma. A los humildes se les fue diciendo que eran víctimas por los privilegios de otros humildes. Esos otros humildes han de ser identificables e indefensos, alguna de esas minorías en desventaja. Así se cultivaba el odio. La crispación feroz estimulaba inseguridad y miedo en los acomodados. Las minorías son siempre una causa fácil para lo que nos asusta. Más odio. Los ricos se emplearon en la lucha de clases con especial impiedad.

Los derechos son cosas abstractas, son solo el compromiso de que no te pasen ciertas cosas malas (como que te roben) y que te pasen ciertas cosas buenas (como que te curen una enfermedad). Ese compromiso requiere personas que impidan las cosas malas y provoquen las buenas. Las instituciones son racimos de esas personas y son la sustancia de nuestros derechos. Los fascistas atacan nuestros derechos fingiendo que se defienden de las instituciones y llaman oligarquías a la gente que las forma. Así disfrazan también el ataque a la democracia de rebeldía contra la corrupción. Todo fue poco a poco pero continuo.

El fascismo necesita la irracionalidad del odio y para ello necesita la mentira. No es el engaño habitual de los políticos. Es la intoxicación, esos bulos de poca monta, pero provocadores y difundidos en gran cantidad que se propagan como las malas hierbas. El embrutecimiento que necesita el fascismo solo se alcanza en estados emocionales extremos. Quien dice que la República fue una dictadura o que las Trece Rosas mataron y violaron lo grita, pero no porque crea estar bien informado. Es una ignorancia más profunda. Es que cree que no hay que estar informado para tener las ideas claras, el conocimiento en sí mismo les resulta sospechoso de manipulación. Es una barbarie plana.

Ese caudal de barbarie tiene sus afluentes. El racismo, el machismo y el clasismo los delata en cualquier dosis que se den, porque no hay dosis aceptable de ninguna de las tres cosas. Pero las emociones colectivas más movilizadoras fueron siempre la nación y la religión. Ahí se camufla el fascismo, porque la nación y la religión no son males en sí mismos. Ahí el mal está en la dosis. La emoción nacional es funcional en su medida y se da en dosis inocuas en el mundial de fútbol. En dosis más altas el patriotismo es una horterada de bobos y en mayores dosis es una máscara de odio contra algunos compatriotas. Quien quiere salvar a la patria es que odia a compatriotas. En la religión el problema también está en la dosis. Las jerarquías religiosas cultivan el miedo, la culpa y el victimismo. La condición de víctima te libera de éticas y razones. Los obispos iniciaron en España los discursos de odio, siempre fingiendo ser víctimas que se defienden de ataques liberticidas. La emoción religiosa en dosis altas nos acerca a la amenaza inconcreta y al mal borroso. En EEUU y aquí el fundamentalismo religioso es una mancha de gasolina en el suelo de la democracia. Es la atmósfera en la que crecen los fascismos actuales y está bien financiada.

El 6 de enero en Washington el fascismo se quitó la última prenda, pero el estriptis llevaba años. Y aquí estamos viviendo parte de la función. La derecha delira analogías con las movilizaciones izquierdistas de «rodea el Congreso». Superficialmente todas las luchas son parecidas. Una persona defendiéndose se parece mucho a su atacante. Quien protesta porque le quitan derechos grita igual que quien se los quiere quitar. ¿A qué se parece más una guitarra, a una trompeta o a un metro de tela? La derecha pretende a que a un metro de tela porque las dos arden. Otros creemos que a una trompeta porque las dos son instrumentos musicales. Lo cierto es que hay tiendas de instrumentos musicales y no hay tiendas de objetos que arden. Lo cierto es que aquí se dijo que el Gobierno elegido es ilegítimo con las mismas palabras con que Trump lo dijo de Biden. Lo cierto es que aquí el diputado de Teruel Existe tuvo que dormir en lugar secreto y con custodia para poder llegar a la votación de investidura de Sánchez, se amenazó a diputados por lo mismo, se pidieron golpes de estado, se buscó el conflicto en plena pandemia y está en peligro la recuperación por un enfrentamiento casi bélico idéntico al de Trump. Lo que se desnudó en Washington fue el fascismo, no los exaltados «de cualquier signo». Aquí no hay más pulsión hacia el autoritarismo que el fascismo de Vox, del que el PP es un allegado. Trump fracasó. Pero sobre el fracaso inicial nazi, el inspector Bauer de El huevo de la serpiente dijo: «Lo de Hitler fue un fiasco descomunal. Subestimó la fuerza de la democracia alemana».

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Washington: Estriptis del fascismo (y allegados)