Anatomía del caos


El caos acaba de mostrar todo su esplendor en Madrid. También en otras ciudades y paisajes de España, que lo han sufrido con mayor crueldad, pero es que Madrid produce un caos televisivo y cinematográfico, un caos que se puede retransmitir en directo. Cuando Madrid se paraliza, los medios informativos hacen que parezca que se paralizó el universo. Un árbol caído en un pueblo de España no es más que un árbol caído. En Madrid tiene categoría para salir en el telediario. Si al caer corta una calle, se convierte en desastre y en el árbol más fotografiado del mundo. Con las nevadas ocurre lo mismo, y es natural: los sufridores son 6,6 millones de habitantes de la comunidad autónoma. El caos de Madrid es centralista. Y grandioso. Como diría Rajoy, es descomunal.

No hay nada que atraiga más cámaras que un embotellamiento fenomenal en la M-40, ni más llamativo que una mujer de parto en el atasco, ni más solidario que un grupo de conductores empujando un coche, ni más humanitario que los conductores de 4x4 llevando enfermos a los hospitales, ni más cómico que gente esquiando por la Gran Vía, ni más nostálgico que un grupo de chavales haciendo un muñeco, ni más subdesarrollado que repartir mantas en un poblado chabolista, ni más patriótico que unos militares socorriendo a los atrapados. Todo eso no se ve en una nevada de provincias. El caos de Madrid tiene algo de selectivo y clasista.

Y tiene cierta emoción. A mí me llegó un mensaje telefónico diciendo que el municipio donde resido tiene restringida su movilidad desde ayer. Ya no sé si me confinan por el covid o por los hielos, que son la prolongación de la nevada, o por las dos cosas a un tiempo. Debe ser por el virus, porque el resto ya lo veo: por mi calle solo pasó un operario con una motosierra para cortar ramas de árboles caídas sobre los coches. Las quitanieves y la sal deben haberse quedado en algún atasco. Doy gracias al alcalde y al eficaz Ministerio de Fomento por prolongarme el disfrute del caos.

Tampoco hay nada que ponga más a prueba los reflejos de los poderes públicos. Se dice que esta nevada de este fin de semana fue la mayor de los últimos 50 años. Nadie recuerda nada igual, o eso dicen, pero yo sí recuerdo que no hubo ministro de Fomento o de Transportes que no haya padecido alguna, y siempre en Madrid. Es como un examen de aptitud de los políticos para darles el carné de buenos gobernantes. Este año los ministros han aprendido mucho. Grande Marlaska y Ábalos dedicaron casi tanto tiempo a explicarse y decir lo bien que lo estaban haciendo como a gobernar. Y Pedro Sánchez se hizo ver a la puerta del Ministerio del Interior, para que el secretario general del PP no le diga que estuvo de manta y peli. La función de gestores del caos es una nueva categoría política. Pablo Iglesias debe estar desolado, porque no tiene ministros de Podemos para lucir.

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