Redacción

La nieve, hasta hace unos días, era simple belleza vista desde el Cuera. La nieve, cubriendo los hombros del inmenso macizo que adorna Porrúa, Parres, y el resto de las aldeas del oriente asturiano, que durante la primera mitad del día miran hacia el Cantábrico y la otra hacia las rocas y el cielo, era solo una postal. En pocas palabras, la nieve, hasta hace unos días, era estética a la distancia.

            La vacuna, hasta hace unas semanas, era una extraña forma de la esperanza: siempre utópica, siempre impalpable, pero una buena suerte, al fin y al cabo.

            Pero hoy la nieve, desde Madrid, es cercana y paradójica; y la vacuna, desde cualquier lugar del mundo, sigue siendo muy lejana.

            Hoy la Villa y Corte es acariciada por Filomena: la tormenta de moda que ha mimado y colapsado a la vez a la capital de España con sus gélidos encantos. Hoy la vacuna, aunque ya desarrollada, sigue siendo como la nieve hace unos días… estética, distancia…

            Las incontables toneladas de nieve que han caído sobre Madrid la han dejado en stand by: inoperante, pero feliz. Inútil, no obstante, festiva. Sí, la capital de nuevo se ha enfrentado a un fenómeno que la obliga a frenar. Pero en esta ocasión, la tensión, el miedo, la crisis y la desgracia, han quedado enterrados bajo la magia blanca que nace cuando el mercurio está bajo cero. 

            La Puerta de Alcalá, de alguna manera, recuerda a Berlín. Y el Ensanche de Vallecas a Wisconsin. Son días de postales anacrónicas; horas donde la vida luce irreverente. En los parques del extrarradio madrileño, donde hace unas semanas había liebres muertas y yonkilatas, hoy hay niños con trineos y chavales con snowboards. Las calles han sido devoradas por la nieve, pero la gente juega; todos ríen. Los barrios, muchos, son inaccesibles. Sin embargo, los madrileños parecen tan unidos, como sólo sucede en las desgracias.

            Ayer un labrador negro rompía lo inmaculado del inabarcable horizonte blanco. Lo hacía con un arranque de efusividad junto a un rottweiler. Eran como dos delfines bailando entre las olas del mar. Los supermercados estaban cerrados y una cola de veinte personas esperaba afuera de la alimentación del barrio: los mayores salían con pan, los jóvenes con alcohol.

            Por otra parte, la vacuna se esfuma en datos nada esperanzadores. Pero eso parece que ya no importa: o no interesa. Son, para muchos, tiempos dignos del olvido. Aunque hoy, precisamente hoy, Madrid parece estar de fiesta: como si la nieve fuese un pariente extranjero que ha llegado en una visita exprés y que como regalo ha traído la amnesia selectiva.

            La vida pasa y la nieve la adorna. Europa es (de nuevo) un caos y nadie sabe cuándo ni cómo podremos vacunarnos. Nos dicen que para verano la vida será «normal», sin embargo, yo ya no sé qué significa esa palabra. Hace un par de semanas creíamos que sabíamos: hoy queremos creer (en algo) de nuevo, aunque no sepamos absolutamente nada.

            Hace cien años la mitad de Europa bailaba borracha sobre las cenizas de la otra. El cabaret se erguía sobre el silencio de los muertos que nunca terminaban de ser contados. Eran los «locos años veinte»; eran días de carpe diem. Aquellas eran horas en las que las revoluciones fanáticas, las primeras guerras, el frío el hambre y las pandemias reducían a media Europa a un olvido sepultado bajo la blanca nieve (que ya había congelado la sangre derramada).

            Pero hoy Madrid permanece blanca, permanece en una postal de frigorífico. Y la vacuna quizás no pase de ser un buen propósito del año pasado. Claro, de esos que se hacen con ilusión en su momento, pero que vaya usted a saber si realmente son cumplidos.

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La nieve sobre el silencio