Populistas sin cuernos ni piel de lobo


Una semana después de la ignominiosa jornada en la que un grupo de bárbaros asaltó el Capitolio de Estados Unidos, tenemos en España a un nutrido grupo de ofendidos que no solo ponen el grito en el cielo cuando se les compara con el trumpismo, sino que dan lecciones de democracia. Y tenemos también a no pocos tertulianos y escribidores calificando de república bananera a la democracia más antigua del planeta por el hecho de que una horda de salvajes iluminados profanara la sede del poder legislativo para hacer el cafre. Conviene por tanto aportar algunos datos para que, quien quiera entender, entienda que en España tenemos motivos para no mirar a Estados Unidos con soberbia, sino más bien con preocupación. De entrada, hay que saber que en las pasadas elecciones generales un 38,9 % de los españoles votaron a formaciones populistas, bien sea en su versión genuinamente trumpista, en la bolivariana o en la ultranacionalista y xenófoba. Las tres, por cierto, maestras, como Trump, en la desinformación y las fake news. Fueron en total 9.265.129 de los votos contabilizados. Y ello, sin sumar a las formaciones extraparlamentarias, a los menores de 18 años que respaldan a esos partidos ni a los que, apoyando esas mismas ideas, no votan porque son aún más radicales. No es algo alentador.

No me extenderé en los partidos que apoyan directamente a Trump, hablan como Trump y tienen vínculos con algunos de sus asesores, ni sobre quienes se declaran ellos mismos populistas y lanzan una «alerta antifascista» cuando pierden las elecciones, porque su conexión con la deslegitimación de la democracia es una obviedad. Basta pensar en cómo reaccionarían algunos si en los próximos comicios ganaran sus adversarios. Pero, a un mes de las elecciones catalanas, sí interesa constatar que quienes allí no solo alentaron, sino que consumaron la sedición desde el poder, incitaron a las masas a asediar edificios públicos y a enfrentarse a la policía, y defienden desde hace décadas el supremacismo y la xenofobia, no son reprobados y pretenden dar lecciones. Son dirigentes que sostienen discursos incluso más repugnantes que los de Trump, pero se rasgan las vestiduras por el sectarismo del magnate y la barbarie de sus seguidores. «El andaluz es un hombre poco hecho, que vive en estado de ignorancia y de miseria cultural». No lo dijo Trump, lo dijo Jordi Pujol. «Los catalanes tienen más proximidad genética con los franceses que con los españoles». Lo dijo Oriol Junqueras. Los que no hablan catalán en Cataluña son «bestias con forma humana». Lo dijo Torra. «Los españoles son chorizos por el hecho de ser españoles». Lo dijo Joan Oliver, ex director de TV3, ante Junqueras.

Incluso una gran parte de los republicanos quieren juzgar a Trump e impedir que vuelva a la política. En Cataluña, los que azuzaron a las hordas violentas con el «apreteu», y aseguran que lo volverán a hacer, se presentan otra vez y exigen además que se les pida perdón. Lo cual confirma que no hace falta ponerse cuernos ni pieles de lobo para ser un populista antidemocrático.

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