Las urgencias las carga el diablo. Tener pareja, leer con regularidad y hacer deporte parecen cosas buenas. Y lo son, pero las tres tienen la misma debilidad. No son lo más urgente de ningún día concreto. Si hoy, por lo que sea, apenas tengo trato con mi mujer, no leo o no salgo a correr, no pasa nada. Pero eso ocurre todos los días, no hay día en que esas cosas sean la prioridad. Por eso es fácil amontonar descuidos de las cosas más importantes y se acaba dejando de leer, dejando el deporte y con relaciones en niveles vegetativos. Con la vida pública pasa lo mismo.

La desigualdad de género afecta a la mitad de la población. Por eso es un problema importante, pero no es lo más urgente de ningún momento. Es un ejemplo. En la España de los 70 la matrícula de la universidad era menos de la cuarta parte del sueldo de un peón y en la más rica España de los 2020 la gente empieza a pedir créditos para acabar los estudios superiores. Quien nace en clase baja en clase baja se queda. Son asuntos importantes, pero no son la urgencia de hoy. Y así nos acostumbramos a desigualdades e injusticias igual que dejamos de oír un ruido de fondo continuo.

También pasa al revés. Igual que lo importante se descuida por no ser urgente, siempre hay algo accesorio urgente que secuestra nuestra atención. Las cosas urgentes crean ansiedad y viceversa, las cosas que nos producen picos emocionales parecen siempre urgentes. Una gotera está lejos de cualquier apetencia o ideal, pero es urgente. Y la inversa. El intento de que el lenguaje sea inclusivo lleva a convenciones como escribir ningunxs para no usar el masculino como genérico, o rasgos de neolengua como el singular ningune, para indicar ninguno o ninguna indistintamente.

Esto enciende la indignación de algunos y entonces es el subidón emocional lo que crea la sensación de urgencia, y parece más apremiante combatir la neolengua que atajar los refuerzos culturales de las desigualdades entre hombre y mujer. Curiosamente, molesta más la queja de quien tiene un problema menor que el nuestro que el abuso de quien nos crea el problema a nosotros. Si nos pagan un sueldo de miseria con condiciones de trabajo ilegales, nos irrita más la campaña que señala que los varones tendemos a ocupar demasiado espacio en lugares compartidos que el abuso de quien nos tiene en el subempleo.

Uno trabaja por un sueldo de pobreza y me salen con que los tíos abren demasiado las piernas en el metro. La verdad es que los varones sí hacen eso y la verdad es que el problema de que hagan eso es mucho menor que el que padece quien es maltratado laboralmente. Lo notable es que parezca más insultarte la queja por un problema inferior al tuyo que el abuso de tu jefe. Y este tipo de cosas crea esas urgencias que consumen nuestra atención y abren un flanco a la propaganda.

La extrema derecha está en guerra cultural. La expresión es suya y es correcta. Intentan cambiar los valores dominantes. Estos no son los valores que realmente rigen nuestra convivencia, sino los que configuran los convencimientos explícitos de la mayoría. Una cosa es el convencimiento de la mayoría de que el racismo es malo y otra distinta que haya o no racismo. La guerra cultural va hacia los convencimientos. Los ultras se encuentran con que la mayoría de la gente es demócrata y eso es lo que hay que cambiar. Ellos sí que crean una neolengua. Llaman progre o izquierdista a lo que los demás llamamos demócrata. Y llaman consenso progre a la democracia en sí.

La democracia es esencialmente pluralidad y continente de ideologías, pero en su neolengua la democracia es una ideología, la progre, y así la convierten en «pensamiento único» y a su sistema autoritario en democracia «auténtica». No buscan ya tumbar la democracia por la fuerza, sino disecarla y ejercer la fuerza desde dentro. La Iglesia en España fue pionera en estos recursos retóricos. En vez de consenso progre, hablaba de laicismo liberticida, pero era lo mismo.

La extrema derecha necesita enfrentamiento, polarización y conflicto. Cristina González recuerda las tres patas que sustentan al fascismo de nuestros días: la oligarquía económica, la religión y lo que llama derecha desafecta. La diferencia entre unos países y otros es de grado de maduración. La oligarquía suele preferir movimientos más educados y controlados que los ultras que, como Trump, se les pueden ir de las manos. Pero no debe olvidarse que no hay extrema derecha sin oligarquía económica detrás y que el fascismo es uno de los formatos políticos de esas oligarquías.

El fundamentalismo religioso es parte esencial de estos movimientos. Es como el plasma sanguíneo necesario para que circulen sus materiales ideológicos. El problema es que la parte «mainstream» de la Iglesia, que tiene trato con el Estado como parte normal de nuestra sociedad, y la parte «underground», que agita el sectarismo ultra, forman un conjunto sin divisiones claras. El fundamentalismo cohesiona el mundo ultra y lo comunica con sectores económicos y hasta judiciales. Los «desafectos» podemos ser cualquiera. La ultraderecha en España tiene pocos votos de clases bajas, pero su guerra cultural no busca directamente esos votos. Lo que busca es la desconexión del sistema y del conocimiento. La gente no tira piedras contra sus derechos, pero sí si los convences de que quienes los gestionan son privilegiados que te miran por encima del hombro. Cuando estimulan la ira contra los «poderosos», nunca se refieren a la banca, la Iglesia o grandes empresarios. Es contra electos o profesionales de los servicios públicos.

Su guerra cultural va contra todo lo que identifica a la democracia: respeto a las minorías, pluralidad ideológica, separación de poderes. Su guerra quiere «desenmascarar» los privilegios de extranjeros pobres aprovechados y los engaños de las feministas, hacer pasar por libertad religiosa meter el dogma religioso en las leyes y la entrega de la educación a la Iglesia, decir «toda la verdad» sobre las mentiras de la prensa y combatir la «impunidad» de los jueces. Las urgencias las carga el diablo, decíamos. Como las cosas importantes no son la urgencia de ningún día, la desigualdad no provoca suficiente movilización y se puede mantener fuera del foco de la bronca política.

Los picos emocionales son fisuras por donde entra la propaganda de esa guerra cultural. Cuanta más frustración se tenga, más picos emocionales se tienen y más indignación se concentra en ellos. Y más si la proliferación robótica de bulos multiplica nuestros arrebatos anímicos y nuestras sensaciones subjetivas de urgencia. Con las indignaciones puntuales se crea la desafección y la sensación de que tienen parte de razón. Hasta hay izquierdistas que manifiestan su acuerdo parcial sin comprender que el fascismo es fractal, está entero e idéntico en cada una de sus partes.

Es de temer que la actitud de cordón sanitario de Angela Merkel sea un resto de una época que acaba. Las derechas cada vez asimilan más las maneras ultras y tienen menos remilgos para pactar con ellos. Cada vez son más fachas. Y tienen sus razones. El Sporting prefiere muchos socios que paguen de golpe la temporada de fútbol que aficionados que vayan pagando cada semana. El dinero en mano es seguro, juegues bien o mal el resto del año. La polarización y el conflicto es un mecanismo parecido. Si consigues que los tuyos odien a los otros, son un apoyo seguro en mano. Da igual las mentiras que digas y las veces que te contradigas. Y si la disputa política es una trinchera, la elección se basa en estados de ánimo simples, sin razonamiento.

La propaganda de que aumentar la riqueza de los ricos beneficia a los pobres es laboriosa y complicada y puede ser rebatida racionalmente. El conflicto simplifica el mensaje. Es menos costoso. Trump era una fuente de energía, pero el episodio del Capitolio mareó a los fachas. Titubearon el primer día y se hicieron los moderados solo para hacer pie. Es una guerra cultural, eso es verdad. La confusión de la pandemia los ayuda, pero están descabezados. Es una guerra que requiere energía y que no hay que rehuir. Siempre fue así.

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Fachas en guerra cultural