Últimamente, mientras las restricciones de movilidad, horarios y aforos en las CCAA españolas son consideradas siempre laxas e insuficientes, cuando por el contrario si algo ha primado son las restricciones, por otra parte las decisiones de los países de nuestro entorno son calificadas siempre como confinamiento estricto, aunque no lo hayan sido e incluso hoy no lo sean tanto.

Algo similar ocurre con los datos de incidencia de la pandemia, que por sistema son peores siempre en España con respecto al resto de Europa, aunque también aquí haya habido de todo en las distintas fases de la pandemia, y en particular en esta tercera ola en que las palmas se han vuelto lanzas para los países otrora frugales que se ponían como ejemplo de contención de la pandemia. También aquí aparece una suerte de complejo de inferioridad en relación a la eficacia de centroeuropea, asiática y últimamente israelí. No acierto a entender, si se trata de ponderar a los que cuentan con los mejores datos, por qué no incluimos a buena parte del continente africano.

Es por eso que, dentro de las denominaciones más habituales en los medios de comunicación, se diferencian ya las medidas internas en España solo como «restricciones», de las medidas europeas que sistemáticamente son consideradas como «confinamientos», e incluso como confinamientos domiciliarios, en muchos casos sin serlo.

Porque, el llamado confinamiento estricto ante esta tercera ola en Portugal, Alemania, Francia, Italia, Inglaterra, Irlanda o los Países Bajos no tiene nada que ver con el confinamiento domiciliario, sino que por el contrario consiste básicamente en la restricción de horarios y el cierre de los establecimientos al público como los de ocio, la hostelería y el comercio, a excepción de los destinados a surtir productos o garantizar necesidades esenciales.

En el caso de las escuelas, éstas en general han seguido abiertas en toda Europa a lo largo de la pandemia en el tramo infantil, entre otras por razones de justicia y equidad, y solo ahora en plena tercera ola una parte de los países y no todos las mantienen cerradas más allá de las vacaciones. Pero sobre todo son la excepción y no la regla los países con confinamiento domiciliario, salvo casos particulares como el de Escocia, y es que además las abundantes excepciones al «quédate en casa» lo hacen difícilmente comparable al enclaustramiento vivido en España y en buena parte de Europa al inicio de la pandemia.

En definitiva, que las medidas europeas de restricción y cierres son muy similares a las llevadas a cabo por la mayor parte de las CCAA españolas, con alguna excepción muy concreta como es la Comunidad de Madrid, a lo largo de la segunda ola y ahora, aunque con cierta timidez, en los inicios de esta tercera.

Quizá sea también este otro de los problemas, que la visión de la pandemia sigue excesivamente centrada en la imagen de lo que hace, o más bien de lo deja de hacer el gobierno negacionista vergonzante de la Comunidad de Madrid, sin tener en cuenta lo que vienen haciendo la mayoría de los gobiernos las CCAA, al margen de su color político, en el marco de respuesta coordinada establecido en el decreto del tercer estado de alarma. 

Por eso, cada vez que repunta la pandemia o que entramos en una nueva ola cómo ahora, se ha convertido en un acto reflejo desde distintos medios de comunicación y por parte de algunos expertos el reclamar el confinamiento estricto, entendido éste como la vuelta al confinamiento domiciliario del mes de Marzo, aderezado además por el reproche, cuando no la descalificación de la política como única responsable de la tardanza y la debilidad de sus medidas frente a la Covid-19.

Sin embargo, si algo hemos aprendido después de la angustiosa y precipitada desescalada y del efecto rebote de la primera ola, es la dificultad de volver otra vez al confinamiento domiciliario. Pero sobre todo, lo que se ha demostrado ha sido la eficacia de la estrategia alternativa basada en la restricción de la movilidad, cierres de establecimientos y reducción de aforos de acuerdo a los indicadores de incidencia y de presión sanitaria previamente acordados. Y así ha sido en general en la segunda ola, salvo la relativa flexibilización de las restricciones con motivo de las fiestas navideñas, de la que tampoco han sido ajenos la mayor parte de los países europeos.

El problema entonces es que la imagen idealizada del confinamiento domiciliario y su exigencia casi dogmática, al igual que antes ocurriera con su rechazo negacionista, nos viene impidiendo entrar en las medidas concretas y valorar su menor o mayor utilidad en las distintas fases de la pandemia, precisamente cuando sabemos por la evidencia científica que la transmisión de la pandemia está ligada sobre todo a los lugares cerrados y mal ventilados en los que no se mantiene la distancia social ni la obligatoriedad de la mascarilla.

Por eso hoy, lejos del mantra del confinamiento domiciliario estricto, el debate ante el descontrol de la tercera ola, deberían ser la adecuación de los horarios de toque de queda o el cierre perimetral para reducir la movilidad alterada durante las navidades, pero sobre todo las medidas relativas al cierre temporal de los interiores de los establecimientos hosteleros, de ocio y de culto, que es donde se habla, se canta y se come sin garantías de la distancia requerida y sin el mantenimiento de la mascarilla. Todo ello conllevaría lógicamente las correspondientes líneas de apoyo a los sectores más afectados desde las respectivas administraciones. Aunque también puedan especialmente útiles, sobre todo en el contexto de la vacunación de los más vulnerables, las recomendaciones de autoconfinamiento a los mayores u otras medidas como el apoyo al teletrabajo, el incremento de la frecuencia de los transportes públicos, la ventilación y purificación de aire en las escuelas y el control de las medidas de aislamiento.

Sin embargo, por unas razones o por otras, las primeras medidas tan solo de reducción de horarios comerciales, de hostelería y de toque de queda anunciadas por los gobiernos autonómicos parecen, salvo contadas excepciones, excesivamente coyunturales, tímidas e insuficientes en relación a la gran velocidad y la contundencia y potencial gravedad de la tercera ola. En este sentido resulta contradictorio que, al tiempo que no se apura hasta el límite el margen de sus competencias, por parte de gobiernos de distinto signo de estas mismas CCAA, se reclame reiteradamente del gobierno central el confinamiento domiciliario como panacea.

En resumen, que lo mejor es enemigo de lo bueno, y sobre todo de lo posible, en general en política pero también en pandemias. Porque con el actual cansancio pandémico, unas elecciones en perspectiva y el clima de polarización política, una modificación del estado de alarma para aprobar un confinamiento domiciliario no parece que se encuentre dentro de lo posible ni siquiera de lo efectivo. Lo que por otra parte tampoco resulta tan lógico es agitar al mismo tiempo la exigencia al gobierno de confinamiento estricto y alentar las protestas de los sectores afectados, a no ser que desde una estrategia populista se pretenda promover la desafección y el malestar frente al difícil equilibrio entre evidencia científica y realidad que es la materia de la política.

En este clima populista, y a pesar de la esperanza que supone el inicio de la vacunación, tal parecería también que a tenor de las informaciones de mayor impacto, fuésemos de los países con peores datos en su aplicación, cuando por el contrario nos encontramos en la parte alta del nivel de la administración de la vacuna, y en particular el caso de alguna Comunidad Autónoma como Asturias, a la cabeza de las regiones europeas. Otra vez nos puede el pesimismo, la visión miope madrileña y el complejo frente a Europa.

Es verdad que en esta pandemia letal no hay base para la autosatisfacción, pero tampoco ayuda el complejo de inferioridad y el catastrofismo.

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Mito y realidad del confinamiento domiciliario en la tercera ola