Angela Merkel ya tiene sucesor


A Merkel se la puede suceder (porque, cuando uno se va, viene otro), pero no se la puede sustituir, porque para eso habría que tener la inteligencia, la fortaleza, la moral, la prudencia, la autoridad y la capacidad de trabajo que ella tuvo. Por eso lamento que su mandato termine cuando Alemania y Europa la necesitan más, y cuando el orden del mundo -muy maltratado por populismos, banalidades y falsedades- depende no solo de la fortaleza de los sistemas democráticos, sino de liderazgos capaces de compactar una sociedad amenazada por la dilución de la conciencia colectiva.

Angela Merkel tuvo la fortuna de gobernar un gran país en el momento en que más liberado estuvo de sus demonios imperialistas, de sus veleidades racistas y supremacistas, y del desvío inmoral de su impresionante capacidad laboral, técnica y científica. También gobernó esta nueva Alemania que cambió su militarismo compulsivo y su obsesión por adueñarse de Europa por la voluntad de cooperar con la UE, de identificarse con ella, y de poner sus mejores cualidades y recursos al servicio de una unidad continental que ya no se puede concebir sin el antiguo fulminante que cebaba todos los conflictos. Y eso le dio a la carrera de Merkel una brillantez y una eficacia que está a la altura de los cuatro mejores gobernantes europeos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Pero a Merkel no la hicieron líder ni sus circunstancias ni sus serendipias, sino una cualidad personal muy singular que dos grandes intelectuales expresaron a la perfección. Primero lo dijo Séneca, el romano cordobés que formuló la idea de que «ningún viento es favorable para el que no sabe a dónde se dirige». Y después lo dijo Gibbon, el gran estudioso de la ascensión y el colapso del Imperio Romano, que lo dijo en términos positivos: «Los vientos y las olas favorecen siempre a los navegantes más expertos».

Merkel sabía a dónde quería llegar; y tenía la fuerte voluntad, la sólida virtud y la necesaria preparación y experiencia para hacer su singladura. Y, aunque ahora está terminando su mandato en un tiempo gris -bastante oscurecido por la pandemia, la crisis general y la sensación de pato cojo que genera su largo proceso de retirada de la Cancillería y de la presidencia de la CDU-, es evidente que solo los ciegos que no quieren ver pueden ignorar la colosal talla política de esta mujer a la que nunca se la vio improvisar, presumir o dejarse llevar por los dulces halagos del poder.

La CDU eligió el sábado, como nuevo líder, al centrista Armin Laschet, cuya admiración por Merkel, con voluntad continuista, disipó casi todas las nubes que se cernían sobre Alemania y Europa en este cambio de liderazgo. Pero eso no es más que una sucesión. Porque la dura verdad es que Europa, de momento, se queda sin la líder moral y efectiva que arbitró todos los conflictos que hemos vivido en los quince últimos años. Y mucho me temo que viene un tiempo de derivas, ocurrencias e improvisaciones que tendremos que pasar huérfanos de referentes.

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