El adiós del sembrador de cizaña


Millones de personas, dentro y fuera de los Estados Unidos, picaron como pardillos en el burdo eficientismo de Trump. Creían, y siguen creyendo, que la democracia está bien, y es muy estética, para tiempos de vacas gordas. Pero que si la urgencia viene de los graneros vacíos, del cuarteamiento de las sociedades, del racismo y la xenofobia, o de las crisis sanitarias, económicas y políticas, no hay mejor receta que una personalidad arrogante, claramente autoritaria, que, presumiendo de su rudeza social y política, gobierne el mundo a base de cortar por lo sano, llamarle al pan pan y al vino vino, decir en todas partes las verdades del barquero. A mucha gente le gustaba -y le sigue gustando- este rancio populista que no perdía su tiempo en protocolos, procedimientos y controles parlamentarios -aunque sí en jugar al golf-, y que, en vez de tomar sus decisiones urbi et orbi (para su país y para el mundo) en el despacho oval, gobernaba desde la escalerilla del Air Force One y en las redes sociales.

Por eso no debemos olvidar que Trump fue un sembrador de cizaña, al que le salieron palmeros en todas partes, y en distintos niveles y áreas de actividad, Y también conviene recordar que, aunque su caótica política no le permitió un segundo mandato -que hubiese sido el acabose-, dejó bien oxigenados a muchos políticos y formaciones políticas que, aunque en algunos casos -Boris Johnson o Mohamed VI- no tardarán en decir que no lo conocían, también le quedan devotos -en Israel, Polonia, Bielorrusia, República Checa, Brasil, el reino alauita y la mismísima Rusia- que lo consideran el fundador y gran maestre de la política posdemocrática. El sembrador se fue, pero la cizaña -una planta gramínea de ciclo anual, que se cría espontáneamente en los sembrados y produce una harina de semillas que es venenosa- sigue ahí.

Para conocer el alcance de este personaje hay que ir más allá de su balance de gobierno -que, aunque tiene más sombras que luces, puede ser atribuido a su ineptitud y estupidez-, y fijarse en cómo terminó su mandato, cuestionando el ser mismo de la democracia, incentivando las algaradas contra las instituciones de la democracia y del Estado, transmitiendo su personalismo irreflexivo a algunos de los problemas más críticos y complejos de la política internacional, repartiendo indultos para sus amigos y financiadores, sembrando de minas el inicio del mandato de Biden, y portándose como un maleducado en todo lo que tuvo que ver con la transmisión del poder.

Trump fue un tumor de muy grave pronóstico en las entrañas de la democracia americana. Y, aunque este viejo y vigoroso sistema logró extirparlo y librarse de él a la primera, todo indica que la operación de deslegitimación funcionó como un enorme aspersor de metástasis que siguen amenazando a la sociedad y a la política de América y de medio mundo. Por eso nos jugamos mucho en el éxito Biden, al que le deseo salud y habilidad para ir desterrando la cizaña del inmenso campo que tiene que gobernar.

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