Muchos partidarios de Trump, los más fervorosos e irreductibles, tenían más moral que el Alcoyano que tumbó al Madrid en Copa. Esperaban que alguien, ejecutando un plan maestro del magnate republicano, arrestara al presidente Biden durante su investidura. Y se llevaron un chasco de los que hacen época.
Es lo que tiene comprar como verdades absolutas y divinas lo que son simples delirios y teorías disparatadas. Llega la realidad y te atropella. Y te quedas como si te hubiera pasado por encima un tren de mercancías cargado de troncos de pino gallego. Y vuelcas tu frustración en las redes.
«Se suponía que esto no iba a pasar»; «voy a vomitar»; «resulta que al final no había un plan» o «se ha acabado y nada tiene sentido» son algunos de los mensajes publicados por conspiranoicos que habían declarado su sintonía con los postulados del movimiento QAnon, recogidos por medios estadounidenses. El estado de ánimo reinante es de calamidad. No hay mejor forma de definirlo que con uno de esos comentarios: «Es como ser un niño y, en Navidad, abrir un regalo y encontrar solo carbón».
A los que soñaron con una restauración de Donald solo les queda buscar nuevas causas perdidas, tal vez más locas. No hubo milagro. Nunca pudo haberlo, salvo en forma de golpe violento. La «tormenta» nunca llegó. Sus profetas, más falsos que Judas, les fallaron.
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