Las elecciones al rectorado de la universidad llariega son rutinarias, pero por un rato fijarán nuestra atención en la institución y su desconcierto. Llamó la atención que Google empezara a organizar unos cursos baratos y rápidos cuya certificación tendría para la multinacional la misma validez que los caros y largos títulos universitarios. Lo interesante no es el impacto de esas certificaciones exprés y low cost que va a expedir. Después de todo, se refieren solo a tres áreas de tecnología digital.

Lo interesante es que Google reta y en cierto modo desenmascara genéricamente a la universidad. Google proclama al ancho mundo que en seis meses y con cuatro duros se puede formar con alta cualificación a la gente y que, por tanto, los interminables años de carrera universitaria y el dineral que cuesta recorrerlos, o son una gigantesca disfunción, o un monumental camelo. Y además no puede estar vendiendo humo ni diciendo simplezas de ignorante. Google pretende contratar y pagar altos salarios a quienes se formen en esos cursos. Deben estar seguros de lo que dicen.

En realidad, no estoy seguro de si Google ataca a la universidad o involuntariamente la reivindica, reduciendo al absurdo aquello que la socava. La enorme concentración de recursos de investigación y conocimiento de las universidades hace inevitable su relación con profesiones y procesos productivos. Es evidente que lo que se aprenda en la universidad tiene que tener efectos en las profesiones que se ejercen después. Y es evidente que lo que se investiga en la universidad tiene que tener resultados tangibles en la vida social y económica de la sociedad que la financia. Siguiendo con las evidencias, la universidad tiene que organizar su investigación en proyectos evaluables con vínculo con las empresas y las estructuras sociales. El problema de las verdades a medias es que, como son verdad, pasan fácilmente por verdades completas y desfiguran los hechos.

El neoliberalismo rapaz viene royendo las murallas de la universidad con singular dedicación. La universidad ofrece tres frentes a la codicia ultraliberal. La primera es genérica. La enseñanza superior es uno de los servicios públicos que se pagan con los impuestos que las clases altas no quieren pagar y que de hecho están dejando de pagar. Por eso hay un fuerte impulso privatizador y tasas cada vez más altas. El que quiera estudiar que lo pague y que no los cargue sobre los impuestos.

Por supuesto, el efecto es una desigualdad creciente. El segundo frente es el del lucro y también lleva al ansia privatizadora. Cuanto más se retire el estado de los servicios básicos, más espacio hay para hacer negocio con los servicios básicos. Y el tercer frente es que la universidad es una estructura muy golosa para el tejido empresarial si su actividad de investigación y formación se pone al servicio de sus demandas inmediatas. No tiene nada de malo que la universidad dé formación que necesitan las empresas y ofrezca investigación que puedan aprovechar.

El problema es que se considere sobrante todo lo que no sea eso, que se crea que la naturaleza de la universidad es ser la despensa de necesidades inmediatas y cambiantes de las empresas y que su puesta al día consista en volantazos al hilo de demandas del momento; el problema es que se concentren los recursos en proyectos con empresas y que las estructuras de funcionamiento ordinario estén cada vez más desdibujadas y la institución sea cada vez más gaseosa; el problema es que los grados sean un nivel de estudio cada vez menos reconocible y que los másteres sean una jungla desregulada de títulos a granel que el estudiante tiene que poner sobre la mesa, como mi madre ponía las lentejas para escogerlas entre impurezas; y que en ese desorden parezcan másteres lo que en la práctica son agencias privadas de empleo.

Así que Google se deja de retóricas y es coherente. Si de lo que se trata es de formar al especialista cualificado y productivo de usar y tirar que necesito, no me hace falta tunear titulados universitarios. Para eso me bastan seis meses y ya iré cambiando los cursos según lo que vaya necesitando. Para reducir la universidad a eso, mejor ciérrenla porque no hace falta. Es lo que parece estar susurrando Google. Por eso decía que quizás involuntariamente este reivindicando la universidad. Si la intuición nos dice que cerrar las universidades es perder algo importante, es que las universidades deben ser más cosas que esa despensa de la cambiante demanda empresarial. Google nos muestra que eso es tan pequeño que cabe en seis meses. Manuel Castells soltó hace poco que las universidades privadas en España están creciendo sin control y que muchas de ellas no deberían tener consideración oficial de universidad. Debe ser el paso intermedio. La formación rápida para la demanda inmediata sin más aditamentos no necesita interminables carreras docentes ni grandes armatostes de investigación. Google solo lo hace de manera más decidida y eficiente.

La universidad no tiene sentido como una torre ensimismada al margen de los procesos productivos y los oficios de la sociedad, pero tampoco reduciéndose a eso. La universidad tiene que ser lugar de mantenimiento, transmisión y creación y recreación del conocimiento. El conocimiento está en las cosas (libros, nubes digitales, laboratorios), pero solo tiene vida renovándose en nuestros cerebros. Tiene que haber sitios donde se compendie, se repita, se renueve, se discuta y se transmita. El mantenimiento del conocimiento no es como el mantenimiento de un edifico. Se parece más al mantenimiento de una lengua. Una lengua no está viva si no hay gente que la hable y el conocimiento tiene que renovarse en la mente de individuos y cambiar su resonancia con los cambios sociales para que la sociedad sea una sociedad de conocimiento. Y eso exige estructuras docentes, de estudio e investigación y exige que no toda la financiación sea una inversión en el sentido más habitual del término. Y exige que no todo lo que se estudia y se renueva se haga porque se requiere para una conveniencia del momento.

El almacenamiento del saber (mapas, historia, obras literarias, tratados científicos) en grandes servidores a los que podemos acceder desde el móvil es un beneficio que no anula la necesidad de su transmisión, discusión y recreación en las mentes de los sujetos. Una masa oceánica de datos históricos sin historiadores corre el riesgo de acabar como la ciudad de los inmortales de Borges. Los inmortales, como disponían de un tiempo infinito para todo, fueron cayendo en la indolencia y la dejadez. La ciudad se hizo un conjunto de desatinos (pasillos sin salida, ventanas a alturas inalcanzables, escaleras que acababan en paredes) porque ya nadie recordaba el propósito con el que se hacían las cosas. Podría ser una alegoría de interminables enciclopedias digitales sin conocedores que recuerden a qué venía todo. Una de las preocupaciones de Julio Casares cuando concibió su diccionario ideológico era que buena parte del diccionario convencional eran materiales sin vida.

El DRAE tiene la definición de palabras como isagoge, bahorrina, eutrapelia o ñuzco: un trabajo baldío, decía Casares, porque la gente solo leerá esas definiciones si se encuentra con esas palabras y eso no ocurrirá; gran parte del diccionario no será leído nunca. Así serán las gigantescas bibliotecas digitales, desmemoriadas y sin vida, si hacemos desaparecer una institución donde el conocimiento viva y se renueve. Y la hacemos desaparecer si aceptamos que modernizar la universidad es adelgazarla y reducirla a píldoras formativas para especialistas de pronto uso.

Asturias tendrá que pensar en esto con especial cuidado. No solo tendrá que decidir, como en todas partes, si debe mantener un coste que no se justifica solo por el rendimiento inmediato. Es que la despoblación hará que tampoco se justifique el gasto de su funcionamiento por el número de estudiantes. Tendrá que apreciar o desdeñar el valor del conocimiento en la sociedad y sus costes. Google está dando pistas para hacer lo correcto.

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Google, la universidad y el conocimiento