Líbano y Túnez, otra vez a las calles


La crisis financiera mundial del 2008 tuvo un efecto dominó en las economías de todos los ciudadanos del mundo. Si grandes corporaciones financieras, constructoras y bancos sucumbieron al desplome de las hipotecas de alto riesgo, las penurias de los más desfavorecidos se agravaron, sobre todo, a partir del 2009. La falta de expectativas, el paro o el infraempleo con sueldos insuficientes para cubrir los gastos básicos de las personas, la corrupción, la incapacidad política y otra serie de males, empujaron a los ciudadanos a las calles para protestar contra la ineficacia de sus Gobiernos. De entre todos los movimientos, la denominada Primavera Árabe surgida a raíz de la autoinmolación del joven vendedor ambulante tunecino Mohamed Bouazizi en diciembre del 2010, fue la que provocó más desconcierto por inesperada y generó más expectativas. 

Las protestas iniciadas en Túnez se extendieron como un reguero de pólvora por todo el Magreb y los países árabes. Y, aunque se produjeron algunos cambios en las jefaturas de algunas dictaduras, el balance no ha podido ser más descorazonador.

Salvo Túnez, en ningún país se instauró una verdadera democracia. Por el contrario, Libia, Siria y Yemen, inmersos en los coletazos de sendas guerras civiles, son Estados fallidos, origen y destino de un agravamiento del fenómeno islamista más radical. En Egipto, el dictador Mubarak, tras un breve interregno islamista, ha sido sustituido por Al Sisi, quien, según muchos, es aún más tirano que su predecesor. Y Líbano, el Estado con la estructura social más diversa y compleja, apenas es capaz de moverse sin la influencia siria e iraní y todo su entramado de corrupciones.

Si entonces la economía era deficitaria hoy, diez meses después del inicio de la pandemia, agoniza. La desesperación es de tal calibre que tunecinos y libaneses prefieren arriesgarse al contagio que seguir muriéndose de hambre y por ello se están manifestando y enfrentando a la policía. La incompetencia y la corrupción de sus Gobiernos parece ser una enfermedad todavía más perniciosa que el terrible covid y más difícil de curar.

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