Duro baño de realidad

SINC

Redacción

Escribía a comienzos de enero que me parecía más acertado comparar la situación de la lucha contra la pandemia con el giro de la Segunda Guerra Mundial en 1943 que con el desembarco de Normandía de 1944. No porque todavía quedasen dos años por delante para lograr la victoria, la emergencia sanitaria no durará cinco como el conflicto bélico, pero sí porque no era inmediata y todavía podían producirse retrocesos. Las semanas siguientes lo han confirmado.

A pesar del agotamiento general, no hay motivos para el desánimo. Probablemente la publicidad de las farmacéuticas y los deseos de insuflar optimismo de los gobiernos crearon la sensación de que se iba a producir un milagro, que el final estaba muy cerca, pero que la producción y la distribución de millones de vacunas presentaría dificultades era previsible y que la relajación volvería a aumentar los contagios también. Decía entonces que debíamos tener paciencia, quizá era pedir demasiado. Ni gobernantes ni gobernados estuvieron dispuestos a prescindir de las fiestas. Sabíamos que el virus era muy contagioso y, efectivamente, aprovechó la oportunidad. Demostró otra vez que una contención temporal no sirve de mucho si de inmediato se baja la guardia. Portugal pasó de ser un modelo a encabezar el ranking de contagios y muertes. España, que estaba entonces mejor que muchos de sus vecinos, no ha llegado a tanto, pero ahora destaca también negativamente.

Reciben críticas el presidente Barbón y el gobierno asturiano por la dureza de las medidas que aplican, es cierto que no han podido evitar el repunte, casi nadie lo ha logrado en el mundo, pero Asturias sigue entre las comunidades autónomas con mejores datos: 592 contagios por 100.000 habitantes en 14 días el 29 de enero, muy por debajo de los 887 de España y los 993 de Madrid, que, obsesionada en culpar de todo al gobierno central, ni los contiene ni salva a la hostelería o al comercio. Por cierto, el País Vasco y Cataluña, densamente pobladas, fronterizas con el exterior y con gran actividad económica, tienen 510 y 564, respectivamente. Eso no quiere decir que la situación sea buena ni en el Principado ni en el resto de comunidades que están por debajo de la media, tampoco garantiza que las cifras no empeoren, pero muestra, una vez más, cuál es la única política sensata hasta que aumente el porcentaje de personas vacunadas.

Se entienden mal algunas censuras políticas, la Xunta gallega aplica cierres de concejos y limitaciones a la actividad hostelera y comercial muy similares a los de Asturias y es del PP, también está por debajo de la media. Peores resultados tuvo Castilla y León, quizá debido a la influencia de Madrid, a que levantó demasiado pronto los confinamientos municipales, a falta de conciencia de la población o a otros factores.

Lo importante ahora es mantener la alerta y vacunar con rapidez. Las vacunas llegarán y todo debe estar dispuesto para que no haya cuellos de botella. Es comprensible el descontento de hosteleros, hoteleros y comerciantes, tienen razón al pedir ayudas, pero las medidas para limitar las relaciones sociales son indispensables. No sirve el argumento de que, en los relativamente pocos casos rastreados, el porcentaje de contagiados en bares y restaurantes es bajo. No se sabe cómo se produjo la mayoría de los contagios, por lo que esos datos son muy poco indicativos y lo que sí se sabe es que la mejor forma de evitarlos es no relacionarse con otras personas. Debería ser más prudente la ministra que ha planteado la posibilidad de reanudar los viajes en Semana Santa; ojalá, pero muy rápido tendría que aumentar la población vacunada para que eso fuese razonable. Lo que de verdad hundiría el turismo, la hostelería y el comercio sería otro repunte.

Por lo demás, la política sigue enredada y la altura de miras escasea. Al PP lo ha desconcertado la decisión de Vox de abstenerse en la votación sobre el decreto de la distribución de los fondos europeos, que lo ha puesto en una difícil situación. No creo que el argumento de la pinza populista tenga mucho recorrido y, aunque pudiera ser cierto que el gobierno ha tenido poca voluntad negociadora, lo que sucede con el Consejo General del Poder Judicial tampoco demuestra que la suya sea demasiada. Es inteligente por parte de la fuerza de extrema derecha aparecer como un partido que combina la firmeza con sentido de Estado, puede contribuir a que recorte votos a ese PP capaz de caer en el extremismo antifeminista en Madrid, o de destrozar como si fuesen Guerrilleros de Cristo Rey la lápida de Largo Caballero, mientras se empeña en decir que es centrista y moderado. Entre dos derechas radicales, es fácil que el electorado elija la más coherente, lo veremos en Cataluña.

Las elecciones catalanas no solo se han animado con la candidatura de Illa y el probable ascenso de Vox, la desmesura judicial también contribuye a complicarlas. Penas desproporcionadas y delitos mal justificados han convertido a los presos independentistas en mártires. Es evidente que violaron las leyes, pero ni hubo golpe de estado ni rebelión armada o violencia mayor que en muchas de las manifestaciones que se producen en España y en otras democracias. Los disparates de la fiscalía, con una actuación penosa en el juicio, solo fueron ligeramente atenuados por la sentencia, el resultado es un alimento emocional para el independentismo. Lo peor es que no solo está en juego el gobierno de Cataluña, también el de España.

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