Redacción

Todos nos habremos mordido la boca alguna vez. Ese mordisco reflejo y punzante que a veces nos damos en el carrillo o en la lengua duele, pero sobre todo da rabia. Da rabia como dan ansiedad los verbos transitivos sin complemento directo del tipo: ayer por la mañana hice sin descanso. Hay cosas que piden a gritos transitividad, transferirse o proyectarse sobre algo. Morderse da rabia porque no puedes echar la culpa a nadie, es un enfado intransitivo, sin objeto al que volcarse y sin nadie a quien abroncar. Alguien podría tener la mala fe de hacer transitiva nuestra rabia para que la volquemos sobre otra persona. Por ejemplo, otro individuo podría haberse reído de nuestro percance (eso también da rabia, no puedes echar culpas y encima tienden a reírse). El de la mala fe tendría que mimetizar nuestra rabia y gritarle con furia al risueño como si fuera responsable. Esa furia impostada se acoplaría con nuestra rabia, la amplificaría y la llevaría en volandas hacia el sujeto que festejó nuestra mordedura. El mordisco duele igual, pero ya se hizo transitivo, ahora la mordedura ya es una ofensa y justifica una reacción agresiva. Lo importante no es el hecho de que nadie tiene culpa de tu mordisco, ni tampoco la sinrazón de tu cólera. No valen los hechos ni las razones. Tenías rabia y lo único que vale es lo que confirme esa rabia, por falso o irracional que sea. La transitividad de la rabia no es ciega. La rabia será más agresiva cuanto más débil sea el que se rio de ti. Todo esto son las hebras que recoge el fascismo. El fascismo en todas sus cepas y mutaciones está siempre ahí, como los microbios. Apenas cogemos frío y paralizamos las defensas, los gérmenes que siempre están ahí entran en el organismo. Y cuando hay frustración colectiva y sensación continuada de pérdida se está cogiendo frío.

Cualquiera puede hacer pequeñas pruebas. Cuando vuelva a haber espectáculos sin pandemia y para sacar las entradas vuelvan las colas de dar la vuelta a la esquina, podemos ir al final de la cola iracundos y decir que se están colando por la parte de adelante sin parar. Y nuestra gamberrada conseguirá enfadar a unos cuantos. Estar en una cola larga es desagradable, solo hay que detectar eso y decir lo que pueda inflamar ese desagrado. A partir de que consigues indignar a esa gente, tenderán a creer lo que confirme su indignación. La gente que anduvo gritando brutalidades racistas en Gran Canaria no es gente rica. Es gente con problemas y seguramente una presión migratoria mal gestionada haya creado nuevos problemas. La gente en una cola es inflamable porque estar en una cola es desagradable. Donde hay problemas hay riesgo de compulsiones irracionales. Una vez desatada la frustración y hecha transitiva la indignación, una vez señalados los causantes, solo se atenderá a lo que confirme nuestro enfado y justifique nuestra estampa airada. Las palabras que hablen de invasión de moros, de violaciones y robos de extranjeros, de señoritos de Madrid que hablan mucho, pero nos los encasquetan a nosotros y similares se acoplarán con nuestro estado emocional, lo amplificarán, lo confirmarán y lo proyectarán como siempre: hacia alguien con una imagen visual reconocible que facilite el prejuicio y, sobre todo, débil. Nunca será contra Ana Botín o Florentino Pérez.

Debe retenerse que esta es la ganancia política del odio. El odio no es más que ese estado en el que la rabia y la frustración se hacen transitivos y tienen sobre quién proyectarse. La ganancia política es que en ese estado no importan los hechos, no importa lo que sea verdadero o falso, ni lo que sea razonable o irracional: solo importa lo que confirma el odio. La crispación desmedida y la hipérbole enloquecida se cultivan en la vida política porque son hermanos menores del odio. Nadie en su sano juicio puede creerse las desmesuras que se vierten continuamente sobre Pablo Iglesias e Irene Montero, ni puede dar crédito al rosario de pleitos que siempre acaban en nada. Quien las dice y las vocea no lo hace porque crea que son verdad o porque crea lo contrario. Lo vocifera porque el coletas es un cabrón al que había que echar de España, lo grita porque es lo que expresa su aversión, la verdad o falsedad no se plantea. Cuando Nacho Prendes decía en campaña que con Sánchez en el poder el Ministro de Exteriores sería Torra o cuando Ayuso decía que el Ministro del Interior podría ser un etarra, ni ellos ni quienes los aplaudían creían tales desatinos. Las palabras no se acoplaban a los hechos sino a su inquina. La patraña de la conspiración del 11 M aireada por Aznar hubiera dejado en la calle a los asesinos de aquella matanza. Los voceros que aún hoy chapotean en aquella lamentable jácara no lo hacen porque crean el embuste. Aceptan la mentira porque los de ETA son unos hijos de puta y Zapatero es casi igual que ellos. Lo que importa es que son unos hijos de puta y la patraña de Aznar dibuja esa ira, qué importa la verdad o falsedad.

Los bulos sirven a este propósito. Hay que repetir que de momento el voto a Vox es cosa de barrios ricos, pero el odio y el desquiciamiento sí se extienden más allá de los nichos de pijos y sí es un hecho político. No estamos en una cola para sacar entradas, pero estamos en una pandemia, las incertidumbres son espesas y nada es lo que era. El ambiente es inflamable y el patógeno fascista está ahí, donde siempre, vertiendo odio y bajeza moral. La lucha de clases no se la inventa nadie, es un hecho. El fascismo es la cloaca de los ricos en esa lucha. Que nadie se lleve a engaño. Aunque haya gente de extrema derecha y de extrema izquierda, la razón de que no exista como hecho político la extrema izquierda y sí la ultraderecha es que tienen financiación y apoyo de quienes están en la lucha de clases a brazo partido. La ultraderecha política y los grupos religiosos fundamentalistas son parte estructural de la actividad de las clases altas por sus intereses. Una parte peligrosa que en EEUU se les fue de las manos. No se les puede combatir diciendo la verdad ni razonando. La verdad que hay que utilizar es la que dice lo que son, la que los desprecia y los combate. No hay rebatir sus acusaciones como si los escucháramos, sino solo reiterar lo que son. Y hay que ahogar su vocabulario enfermo con las palabras sanas. El enfado y el odio solo se sienten éticos desde la posición de víctima. Ellos atacan la libre convivencia y llaman a la resistencia de la democracia a sus ataques con los nombres de esos ataques. Por ejemplo, quieren imponer adoctrinamiento ultracatólico en los colegios y a la resistencia del sistema a sus propósitos la llaman precisamente adoctrinamiento, mientras usan para su ataque etiquetas propagandísticas como pin parental. Así parece que el acoso fundamentalista es el acto defensivo de víctimas hartas de adoctrinamiento. Así acaba siendo la democracia en sí un asfixiante «consenso progre». Hay que ahogar sus palabras tóxicas con las palabras que muestran lo que son, lo que oportunamente llamó Errejón estercolero moral.

El Chico de la Moto de la película de Coppola miraba fascinado a los peces de Siam en su acuario, tan agresivos que atacaban su propio reflejo. Se preguntaba si en su espacio natural serían tan violentos, si esa agresividad la provocaba su encierro en la pecera. El fascismo busca siempre que la frustración y la ira de los humildes vaya contra otros humildes, no contra la banca o los ricos del pueblo. La gente tiene que sentirse víctima para sentir ética su ira y por eso la propaganda y bulos ultras se inventan agresores, siempre entre gente débil y reconocible visualmente para que haya prejuicio grupal. En Oviedo un niñato que ostentaba desobediencia a las normas sanitarias le dijo al policía que lo detenía: «Usted no sabe de quién soy, te vas a enterar, tengo muchísima pasta, cerdo». La pandemia hizo bajar las aguas hasta hacer visibles lodos mefíticos y ahora ya dejan que oigamos lo que antes solo decían en privado. Mientras tanto, lo que vimos estos días en Gran Canaria es una maqueta: humildes contra humildes, débiles contra más débiles. Peces de Siam atacando su propia imagen.

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Peces de Siam (laboratorio del fascismo en Gran Canaria)