Messianismo

A poca distancia de donde se maquinaba el acuerdo con el 10 del Barça, se fraguaba el procés, otra burbuja. En un lado se declaraba la dependencia de un club que quedaba atado a un jugador, y en el otro se diseñaba la independencia.


Messi no es un tulipán pero lo que pasa con él tiene mucho que ver con la flor que ocasionó la primera burbuja económica. No fue en Argentina sino en Holanda donde la gente perdió la cabeza y el patrimonio por tulipanes que pasaron en poco tiempo de la jardinería a las finanzas. Aquellos adustos caballeros pintados por Rembrandt seguramente pensaban en tulipanes mientras posaban y el propio artista haría lo mismo. Sin que los economistas hayan logrado dar una explicación convincente (¿cuándo la dan?), los bulbos multiplicaban su valor, se hacían operaciones extravagantes, se amasaban fortunas, se arruinaban peculios. El valor teórico del producto y el real nada tenían que ver. Nadie se lo explicaba y aún así todos deseaban estar dentro de aquel cuento de hadas en el que volvía a producirse el milagro de la multiplicación de los panes y los peces.

Sorprendidos estarían los holandeses de entonces si les dijeran que cuatro siglos más tarde el tulipán solo sería una flor ornamental, y que en cambio el precio de algunos artesanos dedicados a patear un balón rebasaría el tesoro de Alí Babá. Está visto que la humanidad va de burbuja en burbuja, hipnotizada unas veces por tulipanes, otras por compañías Puntocom, por el inmobiliario o por futbolistas. El mérito corresponde al primer hipnotizador que convence de la realidad de lo irreal al primer incauto, no con números sino con ilusiones que sacian la necesidad de creer. El mérito, en este caso, es de quien negoció en nombre de Messi para hacer del delantero un nuevo tulipán. ¿Será el mismo tahúr que representa a AstraZeneca?

Aparte de esa tradición de economía mágica que se remonta a la Holanda del XVII, el abordaje contractual de Messi también se explica por la Cataluña surrealista que sirve de escenario. A poca distancia de donde se maquinaba el acuerdo con el 10 del Barça se fraguaba el procés, otra burbuja. En un lado se declaraba la dependencia de un club que quedaba atado a un jugador, y en el otro se diseñaba la independencia. Mientras se hacía balance con el Estado para concluir que «España nos roba», se le entregaba al astro un botín que haría desequilibrar cualquier balanza fiscal. El nacionalismo tiene hambre de símbolos y resiste mal territorios neutrales como puede ser el fútbol. Donde alguien no afectado por la fiebre ve un equipo, un gol o una final de copa, el devoto de las glorias nacionales divisa ocasiones para exhibir la fuerza de la nación. ¿No fue Vázquez Montalbán quien definió al Barça como el ejército desarmado de Cataluña? Aun siendo argentino Messi opera como una moreneta laica cuya pérdida sería más dolorosa que el 155. ¿Cuál es el precio justo de un dios? ¿Cómo se tasa a un héroe? Una trama parecida a la de su contrato está en la historia de los Oscar: El golpe.

¡Inmersión!

¡Inmersión! Cierto día la orden que se oyera tantas veces en las películas del submarinos pasó a las políticas lingüísticas. Los escolares tenían la obligación de practicar la apnea una vez que ingresaban en el aula. Eran sacrificios humanos en el altar de la normalización del catalán. Si bien la patente fue del nacionalismo, más adelante la asumió también el híbrido PSC para no verse tratado como los charnegos de Juan Marsé. A partir de ahí cuestionar el dogma de la santa inmersión en Cataluña suponía el ostracismo cívico. El bilingüismo pasó a la clandestinidad. Normalizar equivalía a excluir cualquier pluralidad lingüística en la escuela, una tendencia que se exportó a Galicia y provocó una gran algarabía contra el plurilingüismo de la Xunta. Ahora Illa cae del caballo camino del Palau para darle la razón, con bastante retraso, al Gobierno gallego. Hay que emerger con la bandera de la enseñanza trilingüe. El gran tabú se agrieta por culpa de alguien con ocho apellidos catalanes, y no con ninguno como Rufián.

Castigo sin crimen

El abogado de Besteiro confiesa implícitamente ser un lector de El conde de Montecristo. Ve en su representado al Dantés que, tras ser injustamente condenado, regresa del castillo de If y logra reparar todo el daño que le causaron los Pilar de Lara de la época. «Podría volver a ser el gran candidato que era en el 2016», dice el letrado añadiendo una congoja más al actual líder del socialismo gallego. Tan cierto como que Besteiro fue el aspirante más gallardo que tuvo el partido después de Touriño, es que cinco años equivalen a la eternidad. El vacío que dejó cuando entró en el limbo judicial se ha ido llenando con otros intereses y alianzas. El tren del que lo apearon las «sospechas vanas» no se detiene. Los lectores de Dumas cierran el libro reconfortados con el final feliz. Este capítulo judicial tiene un epílogo amargo que debiera aleccionar a quienes arrojan la presunción de inocencia al baúl de los recuerdos. Besteiro desmiente a Dumas y también al Dostoyevski de Crimen y castigo porque aquí hubo un castigo sin crimen.

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