Salvador Illa y la Princesa Leonor

La princesa Leonor
La princesa Leonor

La Princesa estudiará su Bachillerato en un colegio de élite. Cuando se habla de educación, la palabra «élite» no tiene que ver con la calidad, sino con la exclusividad. Un sitio es exclusivo porque la mayoría no puede estar en él y en eso empieza y termina su encanto. Como se dice por aquí, pa’l que y preste. No es el tipo de cosa que yo podría envidiar de la realeza. No parece asunto mío ni de nadie dónde estudie Leonor. Puede estudiar donde quiera y, si no le convence lo que ve en España y en la Unión Europea, pues puede buscarlo fuera. Después de todo, los Borbones no van por la vida de patrioteros. Su tía Cristina vive en Ginebra y se fue susurrando a los periodistas las ganas que tenía de no volver a pisar este país. Su abuelo también se fue de aquí y también con ganas, él a Emiratos Árabes. Los Borbones cumplen con sus obligaciones de cobrar puntualmente del país, pero lo dicho, no van derrochando patrioterismo. Se me ocurre que Leonor no solo tiene derecho a estudiar donde quiera. También tiene derecho a ser católica o atea, a casarse por la Iglesia o a convivir con alguien sin casarse, o a tener hijos sin tener pareja o a casarse con alguien de su sexo. Lo que ella quiera. Quizá estoy exagerando y de esta lista improvisada solo son derechos suyos el estudiar en un centro muy exclusivo y ser católica. Y la lista de obligaciones y prohibiciones asociadas a la Jefatura del Estado sí son asunto mío.

Demos un rodeo pasando por Salvador Illa. No es fácil concretar por qué parece haber ganado tanto crédito popular. No es por la gestión. Se entiende que tengan buena fama Yolanda Díaz y Arancha González. Son dos ministras eficaces con resultados en sus tareas. Pero aunque no echemos muchas culpas a Illa, no se le pueden atribuir logros y sí errores. No es un gran orador ni un comunicador carismático, aunque tampoco torpe. La verdad es que Illa no destacó por tonto ni por listo. Y sin embargo el ministro que tenía que anunciar la impotencia del Estado, constatar la indefensión del país, enumerar los derechos que se nos quitaban y detallar los sectores que se arruinarían fue ganando popularidad y confianza. Creo que la razón es que, dicho aquí sin propósito de propaganda, el suyo fue el gesto del país, la cara que más se pareció a la gente, dentro de una relativa inocencia. La popularidad de Illa viene de los momentos más trágicos. En esos momentos, Illa parecía estar siempre con la camisa remangada, concentrado, amargado, pidiendo rigor a la oposición y como haciendo lo que podía. Ante una catástrofe, ante lo irremediable, la gente quiere ver su rostro en quien está al mando. No ocurre con todo. Nadia Calviño tiene también buena aceptación. Pero ella no gestiona lo irremediable, gestiona cosas complejas y ahí la gente no quiere verse a sí misma, ahí quiere a un superior en la cosa técnica y ella da esa sensación. Tiene buena imagen por lo contrario que Illa, por no parecerse a nosotros.

Volvamos a Leonor desde este rodeo. Una Jefatura de Estado hereditaria solo cabe en una democracia si es simbólica. Es decir, si es de mentira hasta cierto punto. El Presidente de EEUU puede vetar leyes del Congreso. El Rey sanciona y promulga las leyes, por lo que también podría bloquearlas. Pero en el caso de EEUU la cosa es de verdad y aquí de mentirijillas, las leyes que apruebe el Parlamento serán la ley, porque en EEUU el Presidente es elegido y aquí el Rey no lo es. Personalmente creo que un Jefe de Estado simbólico debería ser un profesional en lo que Illa hizo como aficionado. Igual que solo miramos los termómetros públicos cuando nos molesta el calor o el frío, solo buscamos nuestro rostro en el rostro de quien está al mando cuando hay catástrofe o confusión y ese debería ser el trabajo del Rey. Dije que es lo que yo creo (como republicano, cuando hablo de la utilidad de la realeza toco de oído). Recordemos que Calviño tiene buena consideración por lo contrario, por no ser como nosotros. Hay monárquicos que ven en la realeza un collar de perlas de la nación, un ornamento como de cuento que adorna el Estado y le da encanto y maneras. Algo así decía Woody Allen con aquello de que Oviedo era un ciudad de cuento con Príncipe. Vista así la Monarquía, ciertamente el Rey no debería ser un Illa profesional. Su función sería no parecerse a nosotros, como en los cuentos. Y ahí un colegio exclusivo en un castillo de Gales encajaría. Acerquémonos más.

Superado el pudor, todos sentimos cierto gusto en disfrazarnos en Carnaval sin ser reconocibles. A todos nos apetece a veces poder desaparecer sin dejar de estar ahí. Billy Elliot explicaba que al bailar sentía como que desaparecía. En los cómics del Doctor Strange me daba envidia cuando andaba por los sitios en forma astral, sin poder tocar nada y sin ser visto ni oído, una mera presencia oculta. Este impulso nos lleva muchas veces a juntarnos entre iguales, a buscar una colectividad en la que seamos solubles y trague nuestra individualidad como si desapareciésemos. A los ricos les gustan clubs exclusivos, donde se limiten a ser ricos y estar en el club, disueltos en el mero hecho de ser ricos. También les pasa a los frikis, a los cinéfilos, los sportinguistas o los surferos. No es que seamos borregos. Es que es humano ponerse en zapatillas y disolverse de vez en cuando y eso solo puede ocurrir en la colectividad en la que somos solubles y no un tropezón fuera de sitio. La Princesa Leonor puede estudiar donde quiera. Dudo que en ese colegio de Gales vaya a aprender cosas sustancialmente distintas que en otros sitios. Más que del colegio, su formación va a depender de si es inteligente o si es como su primo Froilán. Pero el colegio elegido nos muestra con qué clase de gente es soluble, en qué ambiente se siente desaparecer como Billy Elliot cuando bailaba. Nos muestra que no es como nosotros. A algunos les parecerá como de cuento.

Pero los cuentos de hadas disuenan continuamente en un país lleno de desajustes y asperezas. Si quieren proteger una Jefatura de Estado simbólica, tienen que darle la forma del país. En lugar de eso, la protegen con censuras, con opacidades, con impunidad sobre delitos y con trágalas de episodios tan inexplicables como el kafkiano caso del Rey Emérito. En lugar de simbolizar la unidad, es un elemento de enfrentamiento cada vez más agudo. El sesgo ideológico de la Monarquía la hace cada vez menos símbolo y más parte de la refriega partidista. Como la Casa Real no ponga coto a la instrumentalización de la institución que hace la ultraderecha, no solo no será símbolo de unidad, sino tampoco de la democracia y las libertades. La Monarquía ahora se parece más a un señor gordo muy grande delante de nosotros que nos obliga a hacer contorsiones para ver el camino que a una ayuda en ningún sentido. En vez de defenderla tanto de los malos españoles deberían hacer un plan para que se parezca a nosotros. Así se hizo con Juan Carlos I y funcionó y hubiera sido para bien si el personaje hubiera estado a la altura y hubiera merecido todo lo que le dimos (nosotros a él, no a la inversa). Debería darles un cursillo de iniciación Illa. El aceite y azúcar del Rey durante el confinamiento y el castillo encantado para los estudios de Leonor hacen temer que sea necesario más que un cursillo para hacer de la Monarquía algo armónico con España.

Otra posibilidad es emplear ese esfuerzo en diseñar un estado republicano con un Jefe o Jefa de Estado elegidos sin más complicaciones. Nos quedaríamos sin el cuento de hadas flotando como un ensueño por encima de las instituciones. Pero eso, como se dice por aquí, pa’l que y preste.

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