La sociedad en la que vivimos lleva mal las situaciones de incertidumbre. Necesita seguridad para estar tranquila. Los médicos estamos acostumbrados a trabajar sin certezas absolutas, basando muchas veces nuestras prescripciones en la ponderación del riesgo y el beneficio. Los pacientes entienden con dificultad esa dicotomía, por lo general muestran perplejidad y acaban, por mucho que intentemos compartir la decisión con ellos, pidiéndonos que seamos nosotros los que la tomemos. Así es nuestro trabajo en la intimidad del acto médico. Y así lo asumimos: en medicina, por mucho que hayamos avanzado en tecnología y conocimiento, no existe el riesgo cero. Es posible que no lo hayamos explicado bien en el pasado, pero nunca es tarde para intentarlo de nuevo.
Y en esto, llega la pandemia y obliga a la comunidad científica internacional y a los diversos agentes políticos implicados, a bailar en la oscuridad, sin tiempo de consolidar la evidencia, con la obligación de decidir ya, rodeados de dolor, muerte y miedo a lo desconocido. Con el incesante ruido exterior de la economía reclamando normalidad, los cantos de sirena de los diversos negacionismos -interesados legítimamente algunos o simplemente conspiranoicos, otros-. Y con la incontestable pregunta diaria de una sociedad atemorizada: ¿cuándo acaba esto?
Es cierto que la gestión de la pandemia ha sido mejorable, que algunas de las restricciones que se han implementado son cuestionables y en ocasiones aleatorias, que la compra de las vacunas por la UE se hizo deprisa y corriendo, concediendo demasiado a las multinacionales farmacéuticas… Es cierto que los continuos cambios en la estrategia de vacunación, generan confusión y evidentes agravios comparativos…
Todo eso es cierto, y podemos -seguramente debemos- insistir en la justa crítica y el justo cabreo, en la libertad de opinión, por supuesto. Pero los muertos apremian, las uci deben vaciarse de covid-19 y el sistema sanitario necesita un respiro para poder seguir atendiendo al resto de las patologías y resetearse. La pandemia ha hecho más evidentes los problemas que ya existían antes de su aparición (salud pública, atención primaria, coordinación sociosanitaria…) y, si ya era ineludible afrontarlos con cambios contundentes y valientes, ahora toca hacerlo sin demora.
Por tanto, solo nos queda prepararnos para seguir trabajando en los próximos meses, con la incertidumbre a nuestro lado, con posibles e inesperados cambios de guion quizás vinculados a las nuevas variantes del virus o, por el contrario, con la aparición de tratamientos realmente efectivos para la infección grave.
Y hacerlo con las dos armas que a día de hoy tenemos claras y de las que ya disponemos de evidencia científica sobre su efectividad: la vacunación universal -sí, también de los países pobres- con la mayor celeridad posible y la desescalada razonable y bien implementada sin semanas santas ni veranos que salvar.
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