Siniestro total del PP y de Casado en Cataluña. El abrumador sorpasso de Vox hace tambalear su liderazgo. Demuestra que la política de seguimiento y colaboración con la ultraderecha conduce al desastre. De poco valen escenificaciones de supuesta ruptura como la que hizo Casado cuando Abascal presentó la moción de censura, porque las alianzas en autonomías y ayuntamientos siguen incólumes y eso conlleva cesiones a las exigencias retrógradas de Vox. Este varapalo en Cataluña viene después del sufrido en el País Vasco, donde Casado eligió como candidato a Carlos Iturgaiz, de la línea dura y muy ligado con ese PP del pasado que dice que ya no existe. Ni ir en coalición con Ciudadanos le sirvió para evitar el desastre. En Galicia, la victoria popular fue un éxito personal de Feijoo, que tuvo que ocultar las siglas de su partido en la campaña. Nada tuvo que ver Casado. La alianza con Ciudadanos y la extrema derecha en Madrid, que hizo alcalde a Almeida y presidenta a Ayuso, le habían permitido salvar la cabeza. Pero su liderazgo es cada vez más débil, los barones se lo han comido, su equipo más próximo es muy flojo y, a nivel estatal, no aprovecha el desgaste de un Gobierno que hace frente a la gestión de una pandemia sin precedentes y una crisis económica brutal. Tras la debacle, surgen algunas preguntas: ¿Puede permitirse un partido llamado a ser vertebrador del Estado ser irrelevante, residual, en estas dos autonomías? ¿A que se debe esta sangría de votos? ¿Queda claro ya que las recetas del PP para Cataluña han fracasado estrepitosamente? ¿Es Casado alternativa de Gobierno? Abrumado por estos batacazos electorales y sin saber reaccionar a los casos de corrupción que cercan al PP, su situación es límite.

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Pablo Casado, siniestro total