Casado no sigue a San Ignacio


Pues sí que va en serio la ruptura del actual líder del Partido Popular con el pasado. Como se decía en alguna antigua profecía, Pablo Casado no dejará piedra sobre piedra de sus ancestros políticos. Empezó repudiando a cualquier persona, animal o cosa que tuviese el menor antecedente penal. Siguió censurando la actuación policial en el referendo ilegal del 2017. Se le ve levantando fronteras entre el mandato de Rajoy y el suyo. Se le contempla ante una pizarra borrando frenéticamente el nombre de Bárcenas y haciendo escribir cien veces a los alumnos de la ejecutiva: «No volveré a pronunciar ese sucio nombre». Y ayer, el no va más de la ruptura: anunció su intención de abandonar la mítica sede de la calle Génova de Madrid. Cuando escribo esta crónica, es la noticia que acapara todos los titulares de las ediciones digitales de los periódicos y las aperturas de los informativos de radio y televisión. 

Solo un detalle de la drástica decisión preocupa a este escribidor: ese consejo de abandonar Génova lo he leído en varios comentarios periodísticos después de las elecciones catalanas, y mucho antes en la pluma de Jorge Alonso, y resulta inquietante que la dirección del PP haya encontrado inspiración en esos escritos, como diciendo aquello de «ahí va, no habíamos caído». Satisfacer a la opinión publicada no suele ser la mejor medicina, como se demostró en la crítica a la política de Rajoy en Cataluña. Por lo demás, es una medida respetable. Este cronista es de los supersticiosos que mantuvo ya en tiempos de Fraga que, mientras este partido tuviese su sede en el número 13, jamás ganaría unas elecciones. Tuvo que abandonar la superstición cuando Aznar ganó, pero el meigallo volvió cuando le hicieron una moción de censura a Rajoy y nadie me escuchó cuando pedí que pusieran ojos en las ventanas del edificio, como los pusieron en Riazor cuando se torcían los resultados del Superdépor.

Ahora, la mudanza es más cara que los ajos, pero quizá tenga razón: es mucho edificio, mucha calefacción, mucho recibo de luz, mucho IBI para disminuidas subvenciones. Esas razones económicas quizá sean más decisivas que el argumento de que no se deben ocupar unas instalaciones que están sub judice, mancilladas por no sé qué dinero negro que también es del pasado, pero, como el señor Casado no las citó, no será este cronista quien las mencione. Dejémoslo en una cuestión ética, como si el edificio fuese el culpable de determinadas acciones censurables social o penalmente.

Y dejémoslo, finalmente, en la imaginaria estampa de un señor Casado que cogió la escoba y se puso a barrer antecedentes, impurezas y todo lo que había, no debajo de las alfombras, sino debajo de los techos. No quiso seguir el consejo de San Ignacio de Loyola: «En tiempos de tribulación, no hacer mudanza». Lo mismo es que don Pablo no siente ninguna tribulación.

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