«Desoposición» y desgobierno

OPINIÓN

E. Parra. POOL

18 feb 2021 . Actualizado a las 09:39 h.

El concepto de desgobierno es tan antiguo como el de gobierno, y su origen coincide con la aparición del homo sapiens. Pero el concepto de desoposición lo inventé yo ayer por la mañana, mientras paseaba mi estupefacción existencial por las orillas del Sar. El término desgobierno fue profusamente usado por historiadores, filósofos y juristas desde el inicio de la historia, ya que, al no haber ninguna sociedad sin una autoridad y un gobierno, también el desgobierno floreció de manera correlativa en todos los tiempos y en todos los regímenes, en países enormes y en tribus diminutas, y en los regímenes autoritarios y democráticos. Pero el término desoposición no se usó hasta hoy, porque el concepto fundante -la oposición- no tiene más de tres siglos, y porque, para generar esta clave interpretativa, tuvieron que suceder tres cosas: el asentamiento de las democracias avanzadas; la proliferación inusitada y pertinaz de las oposiciones ineficientes o desestructuradas, incapaces de cumplir su función; y la aparición de un politólogo libre y lúcido como yo, que, además de llamarle a las cosas por su nombre, gusta de ponerle nombre a las cosas que no lo tienen.

El desgobierno es la carencia radical de la acción de gobernar, y su materialización concreta puede adoptar tres formas diferentes: la ineptitud de los gobernantes; la falta de mecanismos sistémicos para componer mayorías democráticas estables y coherentes; y, cuando no existe la democracia, la falta de autoridad para hacer operativos los gobiernos dictatoriales. Y la desoposición, correlato negativo de la oposición, es la carencia de una oposición efectiva, que pueda cumplir los cuatro objetivos que la definen: impulsar y orientar el control del gobierno; contribuir de forma determinante a la elaboración y las prioridades de la agenda pública; mostrar las trazas programáticas e ideológicas de un futuro gobierno, y alimentar una estructura partidaria que sea capaz de llegar al poder por vías legales y democráticas. La materialización de la desoposición puede adoptar también varias formas diferentes, entre las que cabe citar su fragmentación y debilitamiento electoral; su incapacidad para comunicar con los votantes, y la falta de recursos sistémicos para crear un grupo opositor suficiente y coherente.

Dicho lo cual, ya tienen suficientes claves para darse cuenta de que, si ya llevamos mucho tiempo sumidos en un palmario desgobierno, también estamos entrando -por los mismos motivos- en la desoposición, para meter nuestra democracia en el más absoluto marasmo. Los defectos que hemos achacado a Sánchez -debilidad electoral, imposibilidad de formar alianzas coherentes, creciente y acelerada fragmentación del sistema de partidos, e incapacidad para programar y ejecutar un plan de acción coherente-, definen también, con exactitud casi matemática, a la desoposición popular, cuyos fracasos y desnortes se parecen, por antífrasis, y por las mismas causas, al desgobierno de Sánchez. Y nosotros así, con estos pelos.