En Asturias tenemos un problema con el pretérito perfecto. Tiramos de perfecto simple para todo y nos trastabillamos cuando intentamos espolvorear el discurso con pretéritos perfectos que den color y sabor, como el azafrán. Y es que, como no se haya aprendido en la cuna cuándo ha llovido mucho y cuándo llovió mucho, la cosa es complicada. No se trata de si lo ocurrido fue hace mucho o poco tiempo. Igual llovió mucho hace una hora y ha llovido poco este año. Hay que decidir si el tiempo en el que suceden los hechos ya terminó o si aún estamos en él. Y puede ser peor. A veces no hay unidad temporal de referencia y es el tiempo verbal el que la crea. Si alguien murió hace tres meses, muerto está. Pero si ha muerto hace tres meses, no es un muerto, es un difunto, aún se está en el tiempo de duelo y conmoción. El presente puede ser una rodaja fina o un trozo grueso en el tiempo. Que se lo digan a Pablo Casado. Que nos lo digan a todos.

Casado ya había acreditado hace dos años cercanía con Asturias y un buen conocimiento de su sistema educativo, y por eso nos aconsejaba que dejásemos de dedicar las escuelas a los hórreos y los frixuelos y las dedicásemos a lo que importa: la caza y los toros que ellos están pactando con Vox en Andalucía. Así que con tanta asturianía le pasa lo que a nosotros, que todo lo ve en perfecto simple, la cantada de Bárcenas es sobre un momento pasado y terminado. Deja la sede de la calle Génova por si el espíritu de algún Maese Pérez merodease y como por encanto le hiciera a la gente martillear discos duros y distraer dinero robado en sobres para el reparto. Pero la corrupción del PP es pretérito perfecto y pertenece al tiempo en el que estamos todavía. Fue (ha sido) sistémica y estructural, no ocasional, con participación del aparato, por décadas y con el añadido de clientelismo y condicionamiento de gastos públicos. Sus principales cabecillas son mentores en activo de los actuales dirigentes. La corrosión del sistema judicial para lograr la impunidad sigue su curso. Los chalaneos empresariales siguen impunes y con fuelle. Es muy de temer que los elevadísimos fondos europeos que recalarán en Madrid aviven ententes corruptos del poder político con empresarios cortesanos para golferías y reparto de momios. Las alianzas viciosas de dineros y política en el PP son rigurosamente presentes y se necesitará algo más que un cambio de sede y un líder volátil cuyo único mérito fue no ser Soraya.

Pero a veces lo complicado puede ser cuándo empieza, y no cuándo termina, el pasado que engloba el presente en el que estamos. Con la Iglesia hemos dado, Sancho; no la de piedra de El Quijote, sino la institución. Viene a cuento porque parece estar de rabiosa actualidad el asunto de la normalidad democrática de España. Y nuestra dieta de normalidad no solo incluye el desaguisado desgranado por Bárcenas con las trapisondas del poder judicial que se dejan entrever. También asomó esta semana este otro ingrediente de normalidad democrática que empezó en un momento impreciso de un pasado y que se extiende por todos los presentes. Supimos las decenas de miles de apropiaciones que la Iglesia hizo estos años. La noticia nos recordó el clamoroso silencio y ocultación que hubo estos años sobre los detalles y volumen del expolio. Y la noticia viene con unas sombras que apuntan a la impunidad de tan gigantesco saqueo. La ley franquista de los años cuarenta no permitía a la Iglesia registrar como propiedad los templos dedicados al culto. Como esto resultó ser inconstitucional, Aznar dejó intactos los privilegios franquistas y añadió otros nuevos al botín. Y los obispos salieron a apañar a dos manos todo lo que pillaron. En una democracia normal como la nuestra, es inconstitucional que los obispos puedan actuar como fedatarios públicos y puedan registrar fincas y edificios sin acreditar su propiedad. Y lo normal sería que el Gobierno reclamara la ilegalidad de esas actuaciones. Lo que no es democráticamente normal es zanjar este desvarío abriendo la puerta a quien tenga tiempo para que inicie, si quiere, decenas de miles de pleitos contra la Iglesia, es decir, la impunidad. Lo que no es normal es que con la Iglesia la impunidad sea lo normal.

El caso del rapero Hasél también revuelve las aguas de la normalidad. Lo sustantivo del caso es que gente de mucho orden y conocimiento viene proclamando desde hace tiempo, y acaba de repetir en estos días, que el encarcelamiento de Hasél contraviene normas internacionales sobre libertades y libertad de expresión. Está internacionalmente amparado el derecho a mensajes ofensivos y perturbadores como forma de intervenir en la vida pública. El mal gusto y la estupidez no son delitos, según normas internacionalmente admitidas. Es perder el tiempo citarnos frases textuales de canciones de Hasél que nos hagan arrugar la cara. El que quiera palpar el odio y el mal gusto que revise los tuits que se le dedicaron a Zerolo según avanzaba su enfermedad. Eran odiosos, pero legales. Y el que repudie el matonismo con el que el rapero se dirigió a un testigo y le dijo que lo iba a matar (yo entre ellos), que repase las lindezas que le dijeron al coletas turbas enteras de gente blandiendo puños y jurando amenazas. Odioso, pero legal. Los adoquines con que se adorna Ayuso para señalar la violencia de las manifestaciones, los veíamos en mi barrio en las movilizaciones del sector naval y de Moreda, y siempre fueron tratados como lo que eran: gajes de protestas laborales amparadas por derechos internacionalmente reconocidos. La violencia hay que repudiarla siempre. Pero si es violencia. Altercados con contenedores volcados y acción policial no son una gracia, pero son situaciones habituales que las democracias no suelen describir como violencia. Las manifestaciones generalizadas por el caso Hasél, una abrumadora mayoría de las cuales son pacíficas, no son hasta la fecha un fenómeno violento como conjunto. Por supuesto que agresiones directas a policías o a quienes sean deben ser condenadas. La violencia que es violencia por supuesto que hay que condenarla, pero no las exageraciones sesgadas manejadas como propaganda. Quiero decir que hay que condenarla siempre, sea en Alsasua, en Linares o en la Puerta del Sol; y distinguiendo en la condena si hablamos de adoquines o de balas y de rasguños o de ojos arrancados. El episodio está en curso y en unos días se verá más claro lo esencial o se enredará más y lo que podemos decir hoy ya no servirá. De momento estamos ante una anomalía severa de nuestras leyes respecto a otras democracias.

Son graciosos los vahídos sobreactuados por si la nuestra es una democracia con anomalías. Nadie se desmayó cuando anduvo Pablo Casado por Europa diciendo que España era una dictadura y que no deberíamos tener fondos europeos. Y todos hicimos bien en no sufrir desvanecimientos por la afrenta, por lo evidente que era la estupidez y la fantasía. No habría tanto desmayo ahora si fuera tan normal nuestra normalidad democrática. ¿Cómo explicará Sánchez en el extranjero la situación del Rey Emérito? A nosotros no nos la explica de ninguna manera, pero ¿y fuera? ¿Está acusado, huido sin acusación, desterrado, exiliado, puede volver? ¿No hay anomalías en la Jefatura del Estado? ¿No hay anomalías territoriales? ¿Lo de Cataluña y lo de Madrid es un funcionamiento normal del Estado?

Da la sensación de que con los presupuestos aprobados y la oposición en el monte ultra persiguiéndose unos a otros, en el Gobierno creen que tienen margen de estrés. El PSOE es lo que es y tiene una enorme resiliencia para retornar siempre a lo que sabíamos que es. Podemos está en minoría, pero está en el Gobierno. Y a partir de ahí empieza el juego de las siete y media: audacia para acercarse al objetivo tanto como se pueda y perder si te pasas en el empeño. Y últimamente Podemos está jugando mal a las siete y media. En unos temas no llega y en otros se pasa. No estoy seguro de que los coaligados sepan la imagen que están dando. A su lado y por contraste, Esquerra empieza a parecer un notario circunspecto.

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El grosor del presente y la normalidad democrática