23-F: felizmente, una chapuza

Europa Press

Impresiona el eco que todavía tiene el intento de golpe de estado del 23-F. Han pasado 40 años, han muerto muchos de sus principales actores y se siguen publicando reportajes y testimonios de aquella tejerada que dejó sin dormir a la sociedad en «la noche de los transistores» y desembocó felizmente en un estrepitoso fracaso. Se celebra que con aquel episodio se cerró la tradición golpista de dos siglos, hay un recuerdo para la nostalgia de los mayores y una novela histórica para los jóvenes, poco más. No hay grandes dudas sobre lo ocurrido ni sobre el papel de Juan Carlos I, el gran ausente hoy en el acto que se celebrará en el Congreso. Y queda también una pequeña lección del importantísimo papel de los medios informativos en una situación dramática como aquella. Mi tesis es que, si una emisora de radio no hubiera transmitido en vivo la información de lo que ocurría en el Congreso, en los cuarteles y en la calle, el desenlace de la intentona hubiera sido distinto. Muy distinto.

Después de todos los libros escritos con las teorías más insólitas y las tesis más conspiratorias, creo que se pueden hacer varias afirmaciones. La primera, que si Suárez dimitió para evitar la acción militar, no lo consiguió. Si el golpe se produce 25 días después de su dimisión es que determinados estamentos militares que se consideraban ganadores de la Guerra Civil y obligados a la lealtad a Franco usaban a Suárez como excusa, pero tenían una decidida voluntad de hacerse con el poder.

La segunda, que los dos golpes que confluyeron el 23-F eran cosa de militares de máxima graduación. Básicamente, coroneles y generales. La excepción fueron Tejero, teniente coronel de la Guardia Civil, y algunos capitanes que participaron o no en el asalto al Congreso. El resto del Ejército no era golpista. Hay casos de oficiales que se negaron ­-hay que decir que heroicamente- a cumplir las órdenes que recibían de sus superiores. El golpe, por tanto, tenía mandos, pero no tenía base social entre las fuerzas armadas.

Y la tercera, que todo fue una inmensa chapuza y fracasó por ser una chapuza. Se vio claramente cuando se conocieron las conversaciones que Tejero sostuvo aquella noche. ¡Es que no sabía siquiera a quién tenía que obedecer! Por una parte, creía que «el director» -por utilizar el título de Mola en 1936- era Miláns, a quien reportaba. Por otra, tenía a su lado al general Armada. Un golpe de Estado cuyo ejecutor visible no sabe quién está detrás ni qué se pretende es, con perdón, una coña. Si se añade que los golpistas no tuvieron la prevención de ocupar la emisora de radio que estaba retransmitiendo todo es que no llegaron ni a primero de graduados en conspiración. Gracias a Dios, porque, entre unas cosas y otras, el golpismo quedó conjurado por mucho tiempo. Quizá para siempre, salvo que los políticos sigan perdiendo sentido común.

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