Debía de ser un jueves, porque en el Rivero ponían la esperada La furia del hombre lobo, con Paul Naschy. Mis padres tenían cara de gravedad cuando llegué a casa. Pregunté y me dijeron que habían matado a Carrero Blanco. -¿Quién es? -El Presidente de Gobierno -¿No es Franco? Tras ese tipo de preguntas desganadas, llegué al meollo y me confirmaron lo que temía. Cerraban los cines, adiós hombre lobo. No hubo más, el suceso se disipó en mi memoria sin secuelas. Por entonces no se me habla de aquellas cosas. Por entonces en mi barrio a veces llamábamos a una niña de nuestra edad «la comunista», porque era testigo de Jehová. Jehová, comunistas, todo bailaba en la confusión de nuestra inocente puericia.

Lo del 23F ya fue distinto. Compartí el estupor con amigos que pegaban la oreja a la misma radio que yo. En Radio Nacional y Televisión Española solo se oía música militar. Estaba en cuarto de carrera y tenía amigos y conocidos que estaban en la mili, alguno dentro de un tanque en Valencia a las órdenes de Milans del Bosch. El cine Rivero había cerrado un año antes o dos, según versiones (así eran aquellos cines de barrio; se iban como un rumor, sin que nadie supiera exactamente cuándo). Aquello sí lo entendí, porque no había mucho que entender. Lo que fue atacado se llama democracia. El agresor se llama fascismo. Ya había pasado antes, pero esta vez ganó la democracia y además en paz. No hubo guerra.

El futuro solo existe como conjetura y, como la base de las conjeturas es movediza, se puede decir que el futuro cambia muchas veces. El pasado ya ocurrió y el sentido común dicta que no hay quien lo cambie. Pero no es verdad. Para eso está lo más parecido a la magia que tenemos: los relatos. Ted Chiang recuerda en Exhalación que los bardos y juglares de todas las épocas cantaron siempre el pasado retocándolo para las necesidades del presente.

El 23F es uno de esos pasados retocados y tuneados para encajar en tópicos inofensivos algo dulzones por momentos. El del 23F es un relato para todos los públicos que se puede contar en horario infantil. Dije antes que fue un ataque fascista a la democracia. Una afirmación tan obvia y tan poco necesitada de erudición y estudio ya se aparta de la manera en que el relato oficial acomodó ese hecho pasado a las necesidades del presente. Y es que se asocian en mi memoria el atentado a Carrero Blanco y el 23F, porque las dos veces fui tratado como un niño. En el primer caso porque lo era. En el segundo caso, porque era español, es decir, el tipo de individuo del que hay que proteger a España. Creo que parte del éxito de la figura del Rey y de la vocación europeísta de España durante la transición y más acá fue esa sensación generalizada de que hay que proteger a España de los españoles. Aún hoy algunos bardos de la transición pegan puñetazos en la mesa gritando la versión del 23F para todos los públicos, abominan de los escépticos y, a la vez, y siempre pegando puñetazos en la mesa, se niegan a desclasificar documentos, como si solo debiéramos estar pendientes de cuándo echan La furia del hombre lobo.

Estos relatos que retocan el pasado tienen su función. No cabe duda de que la forma más indolora de salir de aquel episodio era con una versión que lo convirtiera en pasado remoto de manera inmediata y que tuviera sus héroes de leyenda al día siguiente. El olvido parece a veces una virtud, pero no lo es cuando deja malformaciones de esas que duelen cuando va a cambiar el tiempo. Quien se haya roto un hueso debe curarlo y no echar una capa de olvido. Tampoco es una virtud el olvido cuando es impotencia, falta de compromiso o simple cobardía. Decían Les Luthiers en uno de sus diálogos que si alguien que dice ser tu amigo te clava una navaja en barriga debes desconfiar de su amistad; hay cosas que no hay que olvidar, no por rencor, sino por eficiencia. La capa de ocultación y olvidos y la resistencia a llamar a las cosas por su nombre dejaron crecer el 23F en la memoria como uno de esas malformaciones que molestan cuando cambia el tiempo.

Se pueden apreciar algunos síntomas:

1- Según una encuesta publicada por La Razón, tres cuartas partes de los jóvenes menores de treinta años no saben que hubo ese intento de golpe de estado. Hay un momento en la película Maravillas, de Gutiérrez Aragón, en que el personaje de Fernán Gómez le hace a su hija una mención a los Reyes Católicos y le añade entonces con solemnidad y gesto de trascendencia, que es que en España «¡hace 500 años hubo una dictadura!». En la película hacía gracia.

2- Esta semana, el 23 de febrero en que se cumplían 40 años de aquella infamia, Cayetana Álvarez de Toledo dijo que el referéndum ilegal del 1 de octubre de Cataluña fue peor que el 23F. La cuestión no es que lo diga, es que se pueda decir sin escándalos ni rifirrafes. La cuestión es que lo cree y que eso no es un problema político. No es un problema porque un pasado tan retocado hace olvidar que mucha gente se ocultó aquella noche. Lo hacían porque los fanáticos asaltantes, en su demencia, los consideraban terroristas y antipatriotas, como Cayetana al padre de Pablo Iglesias. Ya dijo Ortega Smith que los enemigos de España siempre son los mismos aunque cambien de nombre.

3- Casado celebró el cumpleaños del 23 de febrero sugiriendo que debería ilegalizarse a Podemos. Es lo que pasa con tanta ocultación por nuestro bien.

4- El partido que lleva a sus mítines imágenes de Tejero se proclama a sí mismo, y es proclamado por sus vecinos de la derecha, constitucionalista. Para los menores de 30 años y mayores desmemoriados: Tejero fue el que entró pegando tiros en el Parlamento para derogar la Constitución. Se proclaman y son proclamados por sus vecinos como constitucionalistas, porque pretenden que eso es lo que los contrasta con la izquierda; es decir, con los que el 23 de febrero tenían que ocultarse. Es la locura a la que lleva la memoria tuneada por los bardos.

5- Lejos de prestar atención a estos detalles, la prensa se llenó de juglares que cantaron que el peligro de la democracia estaba en las algaradas gamberras en que derivaron algunos flecos de las movilizaciones por el inexplicable encarcelamiento de un rapero nada memorable. No hay democracia que no haya visto contenedores ardiendo. Y esta democracia, más normal que ninguna según recitan los bardos, los vio muchas veces. Y no fueron los chalecos amarillos ni otros desórdenes de alto voltaje que pasó Francia sin que su democracia se despeinara.

Están distorsionados los perfiles de atención, se sobredimensiona lo banal y se normalizan los brotes autoritarios. Con un contenedor ardiendo la derecha y sus bardos empiezan a repartir carnés de demócrata y de terrorista, mientras hablan de censuras en las escuelas y de prohibiciones de partidos en nombre de la democracia. Si los relatos retocan el pasado para las necesidades del presente, este presente reclama que se retoque ese pasado con un relato que empiece a tratarnos como a personas adultas. Las democracias europeas están sufriendo acosos autoritarios. En Hungría y Polonia son algo más que acosos. En España ya circulan dosis de autoritarismo en su torrente sanguíneo. No es el comunismo el que acecha. Es la extrema derecha. Este presente necesita un pasado que haga visibles las mutaciones del fascismo.

Al acabar la guerra en el 39, ya no hubo guerra ni dos bandos pegando tiros. Las muertes de las siguientes décadas fueron crímenes. España no conoció violencia más sostenida en tiempos recientes que el franquismo. Eso buscaba el 23F hace cuarenta años, eso se homenajea en los mítines en que se invoca la figura de Tejero. No se necesitan bardos, nos bastan historiadores y escuelas donde los jóvenes estudien historia. Las falsedades gruesas suelen ser interesadas. Si el presente que se quiere es de justicia, el trabajo de los bardos casi siempre consiste en retocar el pasado para acercarlo a la verdad. No es rencor, es eficiencia.

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23F, el pasado cambiante