El sábado tratamos sobre la esencia de ingobernabilidad y desorden que genera una coalición de izquierda que está protagonizada por dos líderes que no se soportan, que pescan votos en el mismo lago, y que dependen de un enjambre de secesionistas que ven la debilidad del Gobierno como su última oportunidad de éxito. Y a ese inquietante panorama hemos opuesto la tímida estrategia de recrear una gobernabilidad centrada, a la que Casado puso nombre, y a la que Sánchez, molesto por el agresivo juego de Iglesias, ya no le hace los ascos acostumbrados. Y de este débil giro hablamos hoy.
La propuesta de Casado -atenazado entre el temerario pactismo de Sánchez y la euforia de un Abascal obsesionado por el sorpasso al PP-, apunta a la reconstrucción de un espacio de gobernabilidad que, con el PSOE y el PP en el centro del sistema, y distanciados electoralmente de los demás, se convertirían en las únicas alternativas de gobierno. Con esa posición garantizada, piensan -ya unidos- Casado y Sánchez, el juego de alternativas podría reducirse a una competencia entre dos -es decir, gobernaría el vencedor de las elecciones-, mientras que la forma de hacerlo -con mayoría absoluta o suficiente, en coalición o con apoyos puntuales- dependería de pactos congruentes, que el más votado podría hacer y controlar sin la presión que genera la necesidad de formar bloques de mayoría absoluta, ya que es aquí donde se empoderan y se hacen intratables todos los extremos, todas las minorías y todos los terueles que existen.
Es tan obvia esta solución que, formulada por Duverger hace sesenta años, y conocida como bipartidismo imperfecto -aunque también se usa la perífrasis multipartidismo limitado a dos opciones de gobierno-, funcionó en España como una seda entre 1977 y el 2015. Siento mucho, sin embargo, aguarle la fiesta a Casado. Porque, mientras las mayorías Frankenstein -de bloques ideológicos dominados por los más radicales- son construcciones pactistas orientadas a la lucha inmediata por el poder, la creación del espacio centrado de gobernabilidad es potestad exclusiva de los electores, cuya resultante solo se obtiene cuando el contexto electoral se caracteriza por la confianza en el orden sistémico; por la convicción de que la gobernabilidad es una condición esencial de la democracia avanzada; por la confianza en los políticos; y por los acuerdos básicos que definen el espacio político, los valores asentados, la información de interés público, y la legitimidad del orden constitucional e institucional que crean y desarrollan la legalidad del Estado.
Es obvio que este orden, cuando quiebra, ya no se puede reconstruir desde la pura política, porque su recuperación o reformulación comprometen a toda la sociedad y a sus estructuras pensantes, educativas, comunicativas y éticas. Y, teniendo en cuenta que España está muy lejos de aceptar este diagnóstico, aún no tiene en el horizonte la tarea de reconstruirse, por lo que los años de dificultad y zozobra serán largos e inciertos.
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