Se abrió un gran debate en nuestro país con las recientes declaraciones del vicepresidente primero del Gobierno Pablo Iglesias, en las cuales lamentaba la falta de normalidad democrática existente en el momento actual, con el siglo XXI bien avanzado ya. Poco tardaron en salir al ataque de estas declaraciones, todos aquellos que defienden por sus propios intereses de que España es un país, en el cual los derechos y libertades están garantizados para todo el mundo.

Pues hay infinidad de casos que demuestran todo lo contrario y que serían imposibles de enumerar, pero solo tenemos que mirar los últimos acontecimientos que estamos viviendo, con una Ley Mordaza aplicable sólo para unos pocos, aquellos que se atreven a alzar la voz contra las grandes injusticias sociales que a diario se producen.

Quien dice y defiende que hay plena garantía democrática, debería de preguntar a todas las personas que viven en una grave situación de vulnerabilidad social.

No, señores, la Justicia y la «democracia» no es igual para todos, como nos decía el rey emérito corrupto, escapado con una gran fortuna a otro lugar del mundo. 

No hay democracia que valga en un país como el nuestro, cargado de injusticias y desigualdades. No hay democracia mientras se encarcele a personas por opinar o escribir letras en sus canciones que van contra un sistema podrido de corrupción y menos la puede haber en una sociedad donde las diferencias entre ricos y pobres, es asquerosamente brutal.

En muchas ocasiones, cuando participo en actos sociales en defensa de unos u otros derechos, casi siempre y como es lógico, suelo coincidir con antiguos compañeros/as, luchadores en otros tiempos por las libertades democráticas y haciendo un repaso por el pasado, siempre surge el mismo comentario. Esta no es la democracia por la que hemos luchado, y no es para menos que todas estas personas se sientan decepcionadas viendo cómo se desarrollan los acontecimientos en la vida actual.

El Capitalismo se ha apropiado del término Democracia, utilizándola para sus propios fines e intereses de clase, cubriendo el verdadero carácter del régimen político en el que se asienta su denominación, que es la dictadura de la clase que tiene la propiedad y el control de todos los medios de producción, sobre la inmensa mayoría de la sociedad que no posee otra cosa que su trabajo, «eso quien tenga la suerte de tenerlo», como medio de vida para sobrevivir en este mundo de corrupción política, monárquica y de desigualdad social.

Para analizar la denominación de clase, el capital que ya tenía el control económico de la aristocracia decadente, cuyo régimen se había hecho incompatible con las necesidades y el desarrollo de la gran burguesía, sólo lo podía mantener, utilizando para ello a las masas oprimidas, poniéndolas al servicio de su causa, y bajo una bandera común: la bandera de la democracia; es decir, el estandarte de la falsa libertad y  de la igualdad.

Esa tarea de la organización de las masas necesita, a su vez, de una prolongada preparación de las condiciones ideológicas en las que había que sostener la acción social y política.

De ello se ocuparon los intelectuales burgueses, extendiendo las nuevas ideas republicanas y democráticas entre los oprimidos.  La exaltación de los nuevos valores hubo de asentarse en la posibilidad de establecer un nuevo orden de cosas, sin aristocracia, monarquía y orden de estados. 

El verdadero rostro descarnado y corrompido del régimen de denominación imperialista, se esconde bajo la cosmética y retórica de la democracia, mientras le es eficaz, pero su tendencia inherente es resquebrajar la máscara de maquillaje y aparecer con su monstruosa cara bestial y criminal.

La verdadera democracia, comienza más allá de la propiedad privada, sobre los medios de producción y distribución de la burguesía, más allá del régimen de producción capitalista, más allá de la democracia formal, del festival de elecciones, de la floreada retórica parlamentarista y de los gobiernos corruptos. La verdadera democracia tiene su auténtica expresión en la expropiación de los expropiadores, en la socialización de los medios de producción, de la planificación social de todas las personas que sufren las consecuencias de un modelo económico desastroso, en la desaparición de toda explotación, en la superación de la obligada bajo el régimen de mercancías, competencia entre los trabajadores/as, en el establecimiento del régimen social, en el que se tengan en cuenta las necesidades de las personas, no se tema al paro, la seguridad en el mañana, el abandono ante la vejez y la enfermedad, etc.

Llámenlo como quieran, señores del poder económico, político y mediático. Nunca habrá democracia plena mientras existan personas sin libertad, sin pan, sin techo y sin trabajo.

Democracia, ¡qué hermosa palabra para descubrir las desnudeces del poder en la desigualdad! Qué vergüenza.

Cándido González Carnero es exsindicalista del sector naval

Conoce nuestra newsletter

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Comentarios

Sin libertad, pan, trabajo y techo... no hay democracia