En un episodio de House, el médico protagonista explica a los estudiantes que lo bueno de decirle a alguien que se va a morir es que clarifica sus prioridades y muestra qué le importa más. Las situaciones críticas eliminan los grises y dibujan en negros y blancos las prioridades. Pasa con los gobiernos. No hay gobierno que no perore que la educación es una inversión de futuro y que no se puede dejar a nadie en la cuneta. Hasta que llegan los presupuestos y la política se reduce a esa gestión de la escasez que llamamos economía. Y entonces vemos cómo de grandes eran esas prioridades. Le pasó a la Iglesia. Cada cierto tiempo sale el tema del IBI que no paga, uno de esos privilegios de la Iglesia que le costeamos entre todos, en la salud y en la enfermedad. En uno de esos picos de cabreo por tanta regalía, Rouco Varela, desde esa posición en la sombra que ocupa a plena luz del día, dijo que si se cobraba el IBI a la Iglesia el recorte iría sobre Cáritas. Cáritas canaliza la acción social y solidaria de la Iglesia. La Iglesia también se dedica a los medios de comunicación, donde fueron pioneros en el insulto grueso, la diseminación de odio y el sectarismo extremo. Se dedica a muchas cosas. Ante la posibilidad de perder el momio de la exención millonaria del IBI, la Iglesia, como todo el mundo, clarifica sus prioridades: lo primero que sobra es Cáritas. Pero no quería hablar de la Iglesia y menos criticarla por sus prioridades. Sería injusto, porque el país cada vez se le parece más.

Las situaciones críticas no determinan las prioridades, solo las hacen más visibles. La tragedia de la pandemia quitó los grises y dibujó en alto contraste la foto de las prioridades que nos estamos marcando como país. Pero cuanto más se amplían los detalles más difíciles son verlos. Muchos niños pequeños creen que el termómetro cura la fiebre. De la misma manera, parece creerse que la lupa que muestra daños en un tejido es la que provoca esos daños. Y así se piensa que la pandemia es la que crea el paro, la desigualdad y la endeblez institucional, cuando en realidad solo los caricaturiza. El tiempo de pandemia avanza dejando un rastro de muertes, ruinas y aturdimiento, sin duda. Pero no es una catástrofe informe y caótica. La catástrofe tiene forma, la forma del país vista con muchos aumentos.

Las muertes se concentraron en residencias de mayores. No fue exactamente este Gobierno el causante. Ni tampoco Ayuso. Todas las actuaciones de Díaz Ayuso fueron variaciones de la indignidad. Pero no fue ella la causante del cuadro dantesco de las residencias madrileñas en los peores meses. La pandemia clarificó, como decía House, las prioridades del país que fuimos aceptando. Los ancianos se morían en las residencias porque llevamos mucho tiempo colocando la protección social en la cola de nuestras prioridades. Por eso estuvieron tan indefensas las residencias. Alcanzamos los cuatro millones de parados, pero Isaac Rosa nos recordó que en los meses de pandemia el paro aumentó en 750.000 personas, ya teníamos más de tres millones sin pandemia y ya había mucha gente que trabajaba y no podía vivir con su sueldo. La pandemia solo exageró los detalles hasta la caricatura.

La enseñanza alcanzó una cierta estabilidad por el esfuerzo casi misionero del profesorado y de las direcciones de centros. Pero en esta relativa estabilidad se renunció a los grupos diseñados para los que más atención necesitan. Y se hace depender la educación de medios y entornos familiares que dejan a la intemperie a quienes no tienen recursos o estructura familiar de apoyo. De nuevo la emergencia clarifica las prioridades, y la igualdad de oportunidades aparece donde la protección social: en la cola. Se dispara la desigualdad. Los ricos son más ricos y las colas del hambre son cada vez más largas. Cuando se habló de subir los impuestos a los más ricos para el descomunal gasto público, salieron en tromba voceros hablando de Venezuela y el comunismo. Pero no era el comunismo. Eran las prioridades. La pandemia es una lupa trágica que muestra las trazas de un sistema que acumula riqueza donde ya hay riqueza sin más beneficiario que quien la acapara. Los gobiernos cambian, pero hay prioridades básicas que se mantienen tozudas: siempre es el bienestar, los derechos y últimamente hasta el resuello de los de abajo lo que no es prioritario.

EEUU demostró la fortaleza de sus instituciones con la prueba de estrés que supuso tener a un energúmeno fascista en la Presidencia cuatro años. Aquí en cambio la pandemia muestra la quiebra social del país y también la de su estructura institucional. Como antes, solo amplía los detalles, no los crea. La Monarquía parece Alicia cayendo sin fin por el pozo de las maravillas. No recuerdo un solo gesto de las infantas, siquiera fingido, hacia el país que las malcrió a cambio de nada. El Rey emérito es ya un problema insostenible. Felipe VI tiene que cortar vínculos con su ascendencia familiar, es decir, con el fundamento de que él sea Rey. No tiene guion en la emergencia nacional. Ninguno. Fachas de distintos colores vienen reclamando golpes de estado con eufemismos nada creativos en nombre del Rey, sin que la Casa Real haya hecho nada que evite que el Viva el Rey se parezca cada vez más a Abajo el mal Gobierno, es decir, el Gobierno electo. Tenemos suelto por las calles a un comisario, referido ocurrentemente por Enric Juliana como una Logia P2 con boina y botijo, a la Fiscal General del Estado atravesada en reuniones con tufo mafioso con la Logia del botijo y a medios de comunicación insertos en tramas de gánsteres. El pobre Jordi Pujol creía tener documentos que harían caer la democracia si le tocaban un pelo. Estará en silencio y con el culo apretado deseando que nadie se acuerde de él, porque con lo que está saliendo de las cloacas poco material de chantaje le debe quedar. El enredo del Poder Judicial pone los pelos de punta. Qué gracioso es que culpen a Podemos de la descomunal crisis de la Monarquía y del Poder Judicial. Miento. Qué poca gracia tiene.

No sorprende que los fachas reclamen en río revuelto a un capitán (dicen «capitán», pero piensan «general»). Ese es su trabajo, reclamar capitanes o generales. La democracia les hace escoceduras y siempre hablan como víctimas. No sorprende porque encaja con el relato que nos repiten y que cada vez se nos hace más como esa bola de carne que hacen los niños en la boca cuando no la quieren tragar. Volvieron a decirnos el 23 F que la democracia fue posible por el capitán. Mucha gente perdió mucho o todo luchando contra la dictadura, muchos tuvieron que pactar y renunciar, hubo que aceptar la impunidad de muchos crímenes. Pero insisten en que todo fue gracias al capitán Borbón, por qué no van los fachas a reclamar ahora un capitán. Los que creen que el populismo de derechas y el de izquierdas es igual se equivocan. Los populistas de izquierda pueden atacar a los políticos en bloque como una casta, con razón o sin ella, pero siempre hablan de arriba y abajo y siempre señalan a la oligarquía económica como el antagonista de quien siempre pierde y de quien pierde hasta el domicilio. Los populistas fachas nunca señalan a los poderosos. Nunca señalan a las grandes fortunas, ni la banca, ni la falta de derechos laborales, ni la Iglesia. Siempre señalan a los «privilegiados»: cargos electos, funcionarios que trabajan en los servicios públicos de la población, humildes a los que quiere enfrentar con humildes (inmigrantes, minorías, mujeres…). Los ultras fingen indignación imitando el lenguaje de los humildes, pero no son nativos de ese lenguaje y siempre lo hablan con acento. Como digo, solo hay que ver que nunca son los poderosos y sus intereses los señalados. La receta que insinúa el estado del país amplificado por la pandemia es clara: más democracia, más transparencia, menos secretos, nada de capitanes que acaban siendo generales, más justicia social. La justicia social nunca fue un asunto de armonía, sino de legítima lucha. Con el país caricaturizado por la pandemia debe recordarse lo fundamental: lo que con lucha se consigue sin lucha se pierde.

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Capitanes y reyes. A mayor claridad, más distracción