Horrible accidente y morir por no cooperar (I)

OPINIÓN

15 de marzo del 2020. Ese domingo, cuando el coronavirus se había cobrado 292 vidas, España iniciaba su confinamiento. El primer día la respuesta ya fue ejemplar. La mayoría de la población se encerró en sus casas
15 de marzo del 2020. Ese domingo, cuando el coronavirus se había cobrado 292 vidas, España iniciaba su confinamiento. El primer día la respuesta ya fue ejemplar. La mayoría de la población se encerró en sus casas Sandra Alonso

07 mar 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

«Horrible accidente» fue el titular que atrajo la atención sobre un suceso asombroso. La noticia se publicó el 20 de septiembre de 1848 en el Daily Courier y el Daily Journal de Boston. Phineas Gage, competente capataz de 25 años de la compañía Rutland & Burlington, trabajaba en la construcción de una vía férrea en el estado norteamericano de Vermont, preparando la voladura de parte de un escarpe de roca a orillas del río Black, de camino al pueblo de Cavendish. Después de perforar la roca, introducir la pólvora y la mecha y, por un despiste, antes de añadir la preceptiva arena, empezó a retacar el explosivo con una afilada barra de hierro de poco más de un metro de longitud, 2,5 centímetros de diámetro y 5,5 kilogramos de peso.

Al haber olvidado la arena, las chispas producidas por la fricción de la barra con la roca prendieron la pólvora, que explotó. La barra salió disparada del agujero encontrándose en su trayectoria con la cabeza de Phineas, que atravesó sin apenas resistencia. Entró por debajo de la mejilla izquierda, pasó por detrás del ojo izquierdo y salió por la parte superior del cráneo cayendo a 30 metros de distancia cubierta de sangre y fragmentos de seso. La puntada debió ser tan veloz que, probablemente, cauterizó los tejidos a su paso, porque, y aquí viene lo asombroso, Phineas no solo no perdió el conocimiento sino que pudo hablar y andar con relativa normalidad al cabo de pocos minutos. Su cuadrilla lo llevó hasta una carreta de bueyes y con ella hasta un hotel de Cavendish para que fuera atendido por el médico del pueblo, el Dr. Harlow, al que recibió sentado en una silla de la galería del hotel como quien contempla una puesta de sol. No hace falta describir el asombro de los médicos que lo atendieron durante los días siguientes, teniendo en cuenta que le dieron de alta en menos de dos meses.

Este caso abrió una interesante línea de investigación en neurociencia hasta el punto de que el neurólogo Antonio Damasio, que describe con detalle el caso en su libro El error de Descartes, considera que dio inicio al estudio de las diferentes áreas y funciones cerebrales a las que apenas se les prestaba atención ni credibilidad, respectivamente. El interés radica en cómo la destrucción de determinadas áreas cerebrales, en este caso de parte de la corteza prefrontal, afecta a la conducta.