El sesgo optimista


Tali Sharot -una neurocientífica que trabaja en el University College de Londres- enunció el concepto de «sesgo optimista». El sesgo optimista es el fenómeno por el que cuando se trata de predecir lo que nos ocurrirá en el futuro, sobrestimamos la probabilidad de sucesos positivos y subestimamos la probabilidad de los negativos. Esta semana se publicaba el informe del CIS en el que se desglosa la factura del 2020 para la salud mental de la ciudadanía. El 24 de mayo del mismo año escribía desde este tonel un artículo: «Infodemias y Pandemias», dónde ensayaba las consecuencias psíquicas esperables de todo esto, de modo que ninguna sorpresa. El sufrimiento mental comienza a emerger con la sintomatología característica del llamado trastorno adaptativo: ansiedad y depresión con sus habituales trastornos del sueño. La verdadera sorpresa es que nadie pensara estrategia alguna para abordar esta secuela del confinamiento que era del todo predecible (la salud mental nunca se ha considerado prioritaria en nuestro país). La angustia se desata por la incertidumbre del «no saber qué...» Se expresa con los síntomas de ansiedad y si dura mucho, nos abate el ánimo.

Esta habitual reacción psíquica coexiste con gente imprudente, ebria de sesgo optimista. Ellos piensan que no puede pasarles nada malo porque solo se mueren los ancianos o los que tienen patologías previas.

El sesgo optimista no es una emoción es una actitud, es una forma de estar en el mundo y maquillar la realidad que la evolución ha seleccionado para nuestra especie y, gracias a la cual, podemos vivir de espaldas a la muerte, la enfermedad, la vejez, la soledad o la locura.

Cuando perdemos el sesgo optimista nos deprimimos porque la depresión siempre es más realista. La hipótesis realista de la depresión sostiene que los depresivos ven el mundo como es en realidad, mientras que los sanos tienen una visión distorsionada de la misma. Algo de eso hay, pero afortunadamente disponemos del sesgo optimista que nos ayuda a vivir razonablemente felices durante mucho tiempo (no mucho ni a todos).

El dicho de que un pesimista es un optimista bien informado, podría reformularse como que el pesimista es un optimista menos sesgado que ve la realidad más como es.

Informar desde el primer momento de la realidad sin sesgo optimista, sin promesas ni mentiras, sin contradicciones, sin réditos ni despistes, sin juegos ni maquillajes de políticos y expertos. La verdad sin sesgos nos fortalecería. Esa es la medida preventiva más eficaz y más barata, porque la angustia de la incertidumbre se transforma en miedo concreto con nombre y apellidos -el miedo se soporta mejor que la angustia- y frente a un enemigo con cara, se pueden elaborar estrategias psíquicas individuales de lucha y resistencia.

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