Elegancia y constancia

Álvaro González

OPINIÓN

Francisco Umbral
Francisco Umbral

13 mar 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

«Yo lo que tengo que hacer es contar mi vida, que es lo que han hecho los buenos, porque todas las vidas son iguales y tienen temas comunes a la especie humana», con estas palabras de Francisco Umbral, con esa voz ronca y única, comienza el documental Anatomía de un Dandy. Pero una vez más, el genial literato miente; su vida, pese a los más de ciento diez libros y ciento treinta y cinco mil artículos, casi todos ellos autobiográficos, seguía siendo un misterio. El Maestro hizo de sí mismo, no sólo de su obra, una impostura magnífica, delicada y perfecta: hombre y obra son un todo indisoluble y brillante. El dandismo y esa voz impostada, ronca y única, le sirvieron como máscara para asaltar el parnaso de las letras. Llegó a Madrid, cuando no era nada, y con su pluma creo la ciudad que es ahora; llegó a triunfar con sus largas bufandas, «un quinqui vestido de Pierre Cardin», y no sólo lo logró, sino que consiguió ser el Rey.

Él, que se meó en los muros de la Academia, porque la perfección no entiende de leyes y normas, es libre y heterodoxa. Umbral fue el último y el mejor de la gran fiesta de las letras y la mundanidad: se codeaba con políticos y modelos, con empresarios y artistas, con el lumpen y la aristocracia; pero todos se morían por salir en sus negritas, porque quienes no estaban no eran nadie. Tenía el poder que te dan más de un millón de lectores diarios, era como una droga para los españoles, y la inteligencia y las ganas de aquellos que siempre vieron desde lejos como otros se divertían. Con una máquina de escribir descerrajó todas las puertas y se hizo con el poder, quemándose en el traqueteo de las letras y la actualidad.

El documental de Charlie Arnáiz y Alberto Ortega trata de desenmascarar a Umbral, y lo logra. Cuenta su verdadero origen; la identidad real del hombre; la importancia de su mujer, María España; el cambio vital que supuso el nacimiento de su hijo Pincho, su enfermedad y su muerte; el alcanzar la gloria y su ocaso. Una película que si de verdad se entendiese de cine en este país -pero para esto hay que ver a los clásicos, leer a los clásicos e ir a los museos; y no lo hace nadie- se tendría que haber llevado el Goya de calle.

Su madre; los inicios de botones en Valladolid; esas pensiones oscuras y frías en las que sólo se entra en calor acompañado de una mujer; el camarote de locos magníficos que era el Café Gijón; La Movida; los saraos; las mujeres; la dacha de Majadahonda; la piscina llena de libros; los whiskys redentores; los amigos y enemigos; el Cervantes; vengo a hablar de mi libro; trabajo, trabajo y trabajo; lecturas y lecturas; y el fin. Todo el universo umbraliano está dentro de este largometraje, que sin ninguna duda tienen que ver.

Francisco Umbral es ese Dios absoluto de la literatura al que todos los letraheridos rezamos cada noche para obtener la capacidad de trabajo, el sacrifico diario de la ametralladora que es el teclado, el tino en la diana que es el folio en blanco y la constancia; que son mucho más importantes que la inspiración. «El que resiste gana» que decía Fernán-Gómez. «El premio es accidental, lo verdadero y glorioso es escribir y trabajar todos los días», y así se aferró a la columna diaria, como el que hace gimnasia matutina para mantenerse en forma mientras no paraba de escribir un libro tras otro.

Murió con el artículo en la boca, porque el párkinson ya no le permitía teclear. Aplicó sin miedo la rosa y el látigo, siempre aborreciendo la mediocridad y lo políticamente correcto. «No creáis nada de lo que diga, nada de lo que escriba, soy un farsante», fue Paco Umbral.