La carta robada


Edgar Allan Poe escribió en 1844 un cuento titulado La carta robada, un relato de género policial protagonizado por el detective Auguste Dupin. 

El prefecto de policía de París contrata al astuto Dupin para que recupere una carta robada en el despacho de la reina por un ministro de la Corte. La carta es comprometedora y rápidamente utilizada como chantaje. La policía la busca por todos los lados sin éxito, hasta que contactan con el detective Dupin, quien, tras pactar con el prefecto una cantidad importante de dinero, se compromete a devolverla al día siguiente.

Dupin visita al ministro y encuentra la carta aplicando la lógica de buscarla en el lugar menos sospechoso, allí donde lo que se quiere ocultar está a la vista de todos, encima de la mesa del despacho.

Igual que hizo el ministro en las estancias reales, Dupin sustituye el sobre por otro, dejando dentro una nota escrita: «Destino tan funesto, si no es digno de Atreo es digno de Tiestes».

Atreo, en la mitología griega, fue rey de Micenas y, junto a su hermano gemelo, Tiestes, fueron expulsados de Pisa por asesinar a su hermanastro Crisipo para conseguir el trono de Olimpia. La historia continúa en una serie de intrigas, infidelidades, incestos y traiciones entre los dos hermanos que, como suele ocurrir en los relatos mitológicos, acaba dramáticamente para ambos.

Esta historia sirvió al psicoanalista Jaques Lacan para desarrollar todo un seminario, pero mi intención al traerla a colación es ilustrar las andanzas de nuestro Dupin doméstico: el comisario Villarejo.

Villarejo, esa madame de la corte, ese superagente especial de tirios y troyanos, ese astuto y perspicaz malote capaz de encontrar todas las cartas robadas y comprometedoras a cambio de un cheque en blanco; capaz de bucear a pulmón libre por las alcantarillas y calzarse la gorrilla antibalas y un parche en el ojo bueno para despistar intenciones y planificar venganzas.

Villarejo ha salido de la mazmorra a la que fue condenado por la traición de los prefectos, reinas, ministros, bufones adúlteros, jueces pederastas, ventajistas financieros y gentes de bien vivir.

Villarejo tiene todas las cartas/grabaciones suficientes como para garantizar un destino funesto a todos ellos digno, si no de Atreo, de Tiestes, y no es de extrañar que todas las pruebas las tenga ocultas en un lugar a la vista de todos.

Por eso amenaza a sus expatronos con un quevediano: «No he de callar por más que con el dedo señalando ya la boca o ya la frente, avises silencio o amenaces miedo».

Por eso, todos a quienes sirvió muestran una mirada camaleónica, con un ojo al futuro y otro al pasado robado del que ahora Villarejo es el dueño.

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